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¿Por qué ella sí…?

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por Jorge del Campo

Hace unos días tuve que ir a un colegio para dar una clase; al finalizar la hazaña me dirigí al patio del plantel para conocer y platicar con los niños. En un momento dado me puse a jugar básquetbol con Andrés, un niño muy simpático que ponía todo su esfuerzo en hacer llegar la pelota a la canasta, llegando a conseguirlo pocas veces.

En eso una niña más pequeña que Andrés se acerca llena de curiosidad, y con cara de duda me pregunta: «¿Los padres juegan?» Aquella inocencia me sacó una sonrisa y fue la causa de una pequeña conversación.

Hay que decir que los niños son personas muy especiales; la simpleza, la alegría, la sinceridad y sobre todo la sencillez, son características muy propias de los infantes, como también la espontaneidad, la curiosidad y la obediencia; cómo me gustaría ser como uno de ellos.

En un momento de la charla, María Paola —así se llama la niña— me dijo que le gustaban mucho las galletas; siempre que podía iba a la despensa por unas cuantas. Lo “malo” es que su mamá, a ciertas horas, no la dejaba. Aun así ella comía a escondidas, pero su madre siempre la descubría. Lo que mencionó me llamó la atención; dijo: «mi mamá siempre lo sabe todo».

¡Pues claro! A la pobre la delataban —ella misma me lo contó, pues se fue dando cuenta— las migas en la cara, el aliento al saludar a la madre y obviamente, la desaparición de las galletas.

Lo que le dije la ruborizó un poco; fue algo así: «Pero aunque tu mamá no te vea, hay alguien que siempre te ve…» Ella, con la pena propia de los niños que no saben dónde esconder la cabeza, completó la frase: «…Dios»

Aunque no parezca que nuestros padres —un superior, maestro o guardia— estén ahí todo el tiempo y “lo sepan todo” sobre nosotros, Dios siempre está ahí y ‘lo sabe todo’, pero no como el que te vigila sino como el que te cuida. Así, cuando caemos, Él es el primero en estar a nuestro lado para levantarnos; cuando le ofendemos, presto está a perdonarnos; cuando nos alejamos, siempre está esperándonos; cuando nos comemos unas galletas que tanto nos gustan, le da risa y ternura, pero se preocupa… no precisamente porque esté desapareciendo su despensa, sino por el que su hija —detalles que cuidan los padres de familia—  esté comiendo a destiempo.

La parvulita, con una sencillez extraordinaria, podía darse cuenta de esta verdad tan grande ¿Por qué ella sí… y nosotros muchas veces no? ¿Será que nos falta sencillez?

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