Padre virginal

El sacerdote no puede tener hijos. Debe tenerlos… y muchos.

Ante el misterio de la paternidad virginal, San José se nos presenta como figura paradigmática. Se podría decir que él en su matrimonio virginal con María, inauguró esta nueva fecundidad “que viene del Espíritu”, de la cual surgió la mayor fecundidad, la Fuente de Vida, la Vida misma. Ellos dos fueron –en palabras de San Juan Pablo II- los primeros testigos de una fecundidad diversa de la carnal. Diversa, pero no por ello menos verdadera.

Un hombre se vuelve padre cuando da vida donándose a sí mismo. Solo esa donación realiza en plenitud el sentido esponsal del cuerpo y consuma aquella honda aspiración de ser padre que late en todo ser humano. Una aspiración a la que el sacerdote ciertamente no renuncia. Todo lo contrario. El suyo es precisamente un llamado a colmar esos deseos de manera sobreabundante. El sacerdote está llamado a donarse, a usar su cuerpo y su corazón para evangelizar y, de este modo, se convierte en padre. Una tal donación no puede no ser fecunda. La vida funciona así: solo si te partes como el grano, solo si mueres, puedes dar fruto. Como diría un gran predicador romano: se non sai morire non sai vivere.

El sacerdote, actuando in persona Christi, actualiza el misterio de Jesús que ama y se entrega a su esposa la Iglesia. El sacerdote dona su masculinidad y ama a esta mujer, la Iglesia, la comunidad, con la mentalidad de fecundar, de engendrar hijos en la fe. Y de esta entrega surge, como don del Espíritu, la vida nueva de los hijos de Dios que el sacerdote engendra, ama, acompaña, levanta, guía, enseña, alienta, corrige, protege…

Es una fecundidad que, además, será siempre fuente de gozo para el sacerdote. Por ello, el Papa Francisco asociaba la falta de alegría en algunos célibes con esta infecundidad: “la raíz de la tristeza en la vida pastoral está precisamente en la falta de paternidad y maternidad, que viene del vivir mal esta consagración, que, en cambio, nos debe llevar a la fecundidad. No se puede pensar en un sacerdote o en una religiosa que no sean fecundos”. La antigua maldición de la esterilidad continúa siendo válida también para el sacerdote.

El sacerdote no puede olvidar que es padre, con todo el alcance e implicación de la palabra. La paternidad espiritual, como misterio que es, no se llega a comprender del todo, pero se conoce por sus frutos.

San José, experto en paternidad, experto en donación, intercede por nosotros.

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