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¡Padre nuestro!

La única cosa que nunca podemos olvidar es la siguiente: Dios es Padre y nos ama con todo el corazón. Esta es una certeza que el mismo Jesús nos enseñó con la oración del Padre nuestro. Nuestro corazón pide y necesita del Amor de Dios. Jesucristo en su oración empezaba diciendo: ¡Abba!, es decir, ¡papá! Esta es una relación muy íntima de un hijo con su padre y así también nosotros debemos relacionarnos con Dios. Reconocer a Dios como Padre es reconocernos a nosotros como hijos. Es una realidad que hemos recibido en el Bautismo. Si supiéramos qué significa ser hijos de Dios…el mundo sería diferente, pues nos esforzaríamos por reflejar esta imagen y semejanza de Dios en todo lo que hiciésemos. El Amor de Dios es un amor paterno y a la vez materno; es un amor misericordioso que nos protege y nos guía; es un amor capaz de realizarnos y de hacernos plenamente felices; es un amor fiel que nunca nos abandona; es un amor eterno que nos ha creado por amor y gracias a Él existimos y vivimos; es un amor gratuito que solo busca nuestro bien y nuestra felicidad; es un amor lleno de confianza, que respeta nuestra libertad y confía en nosotros. Él mismo a través del profeta Isaías nos dice como es su amor: “¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré”. Dios conoce cada rincón de nuestro corazón. Conoce nuestra historia y como somos. Nos conoce perfectamente y sabe lo que necesitamos. Como dice el salmo 139:

“¿Adónde iré lejos de tu aliento, adónde escaparé de tu mirada? Si escalo el cielo, allí estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro; si vuelo hasta el margen de la aurora, si emigro hasta el confín del mar, allí me alcanzará tu izquierda, me agarrará tu derecha… Tú has creado mis entrañas. Me has tejido en el seno materno. Te doy gracias porque me has plasmado portentosamente, porque son admirables tus obras: mi alma lo reconoce agradecida, no desconocías mis huesos. Cuando, en lo oculto me ibas formando, y entretejiendo en lo profundo de la tierra, tus ojos veían mi ser aún informe, todos mis días estaban escritos en tu libro, estaban calculados antes que llegase el primero”.

Dios escribe el libro de nuestra vida en su corazón. Es un padre que se interesa por sus hijos y no pasa indiferente ante sus necesidades.

Aunque en esta tierra solo podemos ver el reflejo del cielo, sabemos que Dios escribió en lo más íntimo de nuestro corazón el deseo de felicidad eterna. Esta felicidad que es sentirse amado por Dios. Si conociéramos cuanto nos ama Dios…seríamos las personas más felices del mundo. Señor enséñanos a mirar la vida desde tu corazón. Enséñanos a vernos como Tú nos ves. Enséñanos a ser lo que tenemos que ser: hijos tuyos con un corazón lleno de amor, de alegría y de paz.

¡Santificado sea tu nombre! Señor, Tú nos amas desde siempre y nos amas como somos. Ayúdanos a agradarte en todo lo que hacemos. Que nuestro amor a Ti sea auténtico, sincero, filial, agradecido. Tú nos has amado primero, ayúdanos a corresponder tu amor por nosotros. Señor, cuando miramos al cielo, vemos las obras de tus manos. El universo nos lleva al infinito, a la inmensidad de tu poder. Contemplar la belleza de la creación nos impresiona y nos eleva a Ti. ¿Quién es el hombre para que te acuerdes de él? Todas esas cosas nos trascienden y nos llevan fuera de nosotros mismos para encontrarnos contigo. Pero, cuando dentro de nosotros mismos descubrimos otra infinidad y profundidad, nos maravillamos pues vemos que hemos sido creados a tu imagen y semejanza. Sin embargo, muchas veces nos olvidamos que somos templos del Espíritu Santo y necesitamos de purificación. Nos olvidamos quitar las sandalias, pues la tierra que pisamos es tierra sagrada. Te pedimos, Señor, entra en nuestro corazón y quita de nosotros todo lo que sea pecado, todo lo que son raíces de nuestro orgullo, egoísmo y sensualidad. No queremos hacer de nuestro corazón una cueva de bandidos, sino, una casa de oración, un templo santo para que Tú habites en nosotros y nosotros en Ti. Que el celo de tu casa nos devore de tal manera que en todo lo que hagamos lo hagamos por Ti, para agradarte a Ti, porque tu nombre es Santo. Que nuestros actos ofrecidos por amor suban como el incienso de nuestra oración a Ti.

Sentimos nostalgia de algo muy íntimo que Dios ha escrito en nuestro corazón. Es algo poderoso que revoluciona nuestro corazón y nos impulsa a obrar y vivir por Él. Esto que llevamos escrito en nuestros corazones es el deseo del Reino de Dios. Sabemos que este mundo corrompido por el pecado es un mundo imperfecto y sentimos en nuestro corazón el deseo de una vida plena, una vida de amor sin límites, de una felicidad eterna. ¡Señor, que venga a nosotros tu Reino! Reina en nuestros corazones, Tú que eres el verdadero Rey y el único Omnipotente. Tú con tu infinita misericordia y amor nos gobiernas a todos. Nuestras vidas solo tienen sentido en Ti, Señor. Tu Reino es vida, tu Reino es verdad. Somos herederos del Reino celestial. Que Tú seas nuestro único tesoro, pues donde está nuestro tesoro allí estará nuestro corazón. En medio de nuestras dificultades y caídas, hacemos nuestras las mismas palabras de san Pedro: Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo! Deseamos un mundo nuevo, donde todos vivan como hermanos y sean felices; donde no exista el pecado ni el sufrimiento; donde cada persona ame a Dios con todo el corazón y al prójimo como a sí mismo. Deseamos un Reino sin injusticias, sin barreras, sin guerras, ni discriminaciones. Deseamos un reino de paz y de amor. Deseamos tu Reino, Señor.

Hágase tu voluntad y no la nuestra. La voluntad de Dios se cumple cuando el hombre en lo más íntimo de su corazón responde a Dios: Aquí estoy, Señor, hágase en mí según tu voluntad. La voluntad de Dios se cumple, cuando nuestra vida se basa en el “sí” sincero de amar a Dios sobre todas las cosas. ¡Señor, que dura es la vida cuando la vemos solo desde nuestra perspectiva! Perspectiva meramente humana y en la mayoría de las veces llena de egoísmo. “Donde uno o más estén reunidos en mi nombre ahí estaré yo”. Señor, que no vivamos sumergidos en nuestro egoísmo, en nuestros caprichos o en nuestra óptica mundana, en los deseos de la carne. Que nuestro alimento sea siempre hacer tu voluntad. Tu voluntad que es la armonía de nuestra vida. Tu voluntad que respeta nuestra libertad porque nos amas y nos amas de verdad y en la verdad. Señor, que en cada corazón se haga según tu voluntad. El mundo se arriesga y quiere romper con las leyes naturales, morales, divinas. El mundo quiere destruir el deseo de felicidad plena que Tú tienes pensado para cada uno de nosotros. El mundo nos lleva a otras voluntades, nos esclaviza, nos encadena a sus criterios, nos deja ciegos y nos aleja de Ti. Señor, que no se haga nuestra voluntad, sino, la Tuya, porque es así que seremos felices, es así que abrazaremos el Amor eterno prometido a nosotros en el Cielo.

Señor, muchas veces no entendemos el porqué del sufrimiento, el porqué de ciertas pruebas y problemas de la vida. Enséñanos a ver todo esto confiando en Ti. Queremos amarte con todo nuestro corazón, pero, cuando algo nos exige un acto de desapego o de renuncia, no sabemos dar este paso de confianza en Ti. El sufrimiento es un misterio que hace parte de la pedagogía divina, del amor misericordioso de Dios. Señor, que en esos momentos difíciles, sepamos seguir el ejemplo de tu hijo Jesucristo en el huerto de Getsemaní a decirte con todo el corazón: “Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya”. Señor, danos la fortaleza necesaria para cargar con amor y alegría nuestra cruz de cada día.

¡Danos hoy nuestro pan de cada día! Basta pensar que hay gente que no tiene lo necesario y vive en condiciones precarias, ya sería lo suficiente para dirigir nuestro corazón a Dios pidiendo su divina providencia para estas personas y agradecer a Dios todo lo que tenemos. Te pedimos, Señor, con todo el corazón el pan de cada día, que nunca nos falte lo necesario para vivir. A veces relacionamos esta petición solo con el alimento que satisface nuestra hambre y nuestras necesidades materiales. Pero hay algo mucho más profundo que estamos pidiendo a Dios con esta oración. Señor, Tú conoces perfectamente nuestro corazón y sabes qué y cuales cosas necesitamos. Tú conoces nuestros secretos y nuestros deseos más íntimos. Tú conoces nuestra historia, nuestras heridas, nuestros éxitos y fracasos. Tú nos conoces y sabes lo que necesitamos, por esto te clamamos con todas nuestras fuerzas: ¡danos hoy nuestro pan de cada día! Tenemos hambre de este pan de tu Misericordia; de este pan de tu Amor; de este pan que solo Tú nos puede dar. Señor, una sola cosa es necesaria. ¡Ayúdanos a escoger la mejor parte! ¡Que Tú seas nuestro único necesario! Henos aquí, Señor, mendigos de tu Amor. Extiende tus manos sobre nosotros y bendícenos para que nuestro único apoyo seas Tú, nuestro Dios, nuestro único necesario. Danos este pan Eucarístico, este pan del cielo, de tan sublime sacramento. Pan para la eternidad, que nos da fuerza y ánimos para seguirte.

Te pedimos nuestro pan de cada día y también te pedimos que perdones nuestras ofensas. Somos pecadores, Señor, heridos por el pecado. Somos débiles y hemos caído muchas veces en el lodo del pecado. La herida del pecado nos hizo sentir como ovejas sin pastor, pero, Tú, Señor, rico en misericordia, con tu amor infinito, nos perdonas siempre. Tu misericordia es eterna y tu perdón es pleno y total. Purifícanos del pecado. Restituye nuestra alianza contigo. Danos un corazón nuevo para amarte más y no ofenderte más. Enséñanos a vivir tus mandamientos. Ayúdanos a acercarnos con más frecuencia y humildad al sacramento de la Reconciliación, para recibir tu perdón y restaurar nuestra alianza contigo. Tú eres fiel y siempre nos perdonas. Tu misericordia infinita no mira nuestros pecados, sino a nuestro corazón. Ten piedad de nosotros, Señor. Perdónanos, te suplicamos arrepentidos con confianza en tu divina misericordia.

Somos hijos pródigos y erramos por esta vida en búsqueda de lo que pensamos significa para nosotros la verdad, la felicidad, la libertad. Una libertad falsa con máscara de felicidad y contaminada por el pecado. Como el hijo pródigo nos damos cuenta que algo pasa en nuestro interior, pues aunque hagamos todo lo que quisiéramos hacer, sabemos que no estamos haciendo lo que deberíamos hacer. Hemos desperdiciado nuestra herencia de amor. Hemos traicionado y abusado del amor del padre. Hemos cambiado nuestra herencia por un plato de lentejas y en el caso del hijo pródigo, por la comida de los cerdos. Hemos tocado fondo y nos hemos preguntado: ¿quién soy? ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿por qué he hecho esto? He traicionado al amor!!! Sentimos la necesidad de volver al padre, de regresar a casa y pedir perdón. Tú, Señor, siempre respetas nuestra libertad y siempre esperas nuestro regreso a casa. Mira nuestro corazón dolido y arrepentido. Ya no somos dignos de ser llamados hijos tuyos, trátanos como uno de tus empleados. Pero, Tú, con Amor misericordioso sales a nuestro encuentro, nos abrazas con alegría, nos revistes con el vestido de tu gracia, nos dignificas con tu misericordia y nos haces sentirnos otra vez hijos tuyos. Gracias, Señor, por tu misericordia. Gracias por tu perdón que tanto y siempre necesitamos. Tu misericordia siempre nos establece la herencia que habíamos perdido con nuestros pecados. Señor, tu amor no pasará en vano en nuestras vidas.

Dios siempre toca la puerta de nuestro corazón y no se cansa de esperar. Señor, muchas veces escuchamos que tocas nuestra puerta, pero, no podemos abrirte porque muchas veces no sabemos perdonar a los demás. “El que dice amar a Dios, pero no ama a sus hermanos es un mentiroso”. Señor, ¡qué difícil es perdonar! Tú que eres Amor y Misericordia, enséñanos a perdonar. Enséñanos a pedir perdón. “Donde hay caridad y amor, allí está Dios”. Verdad y mentira son opuestas y no pueden vivir juntas. El egoísmo, el pecado nos hace vivir en la mentira y no nos permite amar al prójimo. Señor, enséñanos a amar al prójimo como a nosotros mismos. Ayúdanos a construir un mundo de amor, donde Tú seas el centro y que todos seamos “uno” contigo. Purifica nuestro corazón de toda impureza, de todo odio, de todo rencor y orgullo. Señor, nunca dejes de tocar la puerta de nuestro corazón y ayúdanos siempre a perdonar. El perdón sana y cicatriza las heridas. ¡Cuántas heridas, Señor! ¡Enséñanos a perdonar! ¡Enséñanos a pedir perdón! Danos un corazón como el del buen samaritano para que no seamos indiferentes ante las necesidades de los demás y sepamos vivir como hermanos la caridad, reflejo de tu misericordia, fruto de tu amor por nosotros.

Si amar fuera fácil no existirían matrimonios rotos, no existirían escándalos, no existirían injusticias. Si amar fuera fácil no existiría el aborto, la eutanasia y todos los ataques contra la familia. Si amar fuera fácil, sería fácil perdonar y olvidar las injusticias. Si amar fuera fácil, no existirían las guerras, no existiría la violencia, ni cualquier tipo de esclavitud, no existirían abusos de poder ni cualquier desenfreno impuro. Si amar fuera fácil, no existirían personas muriendo de hambre, perseguidas por su fe, personas sin familias y sin un hogar para vivir. Como amar exige donación y entrega, es difícil amar. El amor como dice san Pablo: es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva en cuenta del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. ¡El amor no pasa nunca!

Señor, tenemos sed de este amor pleno, pero, continuamente somos tentados por el enemigo. El mundo atrae, la carne nos encadena a las pasiones y el demonio nos tiraniza con sus tentaciones. Nuestro corazón creado para amar, sediento de tu amor, muchas veces busca saciar esta sed en otras fuentes, como la fuente del poder, la fuente del tener y la fuente del placer. Enséñanos como la samaritana a decirte: ¡Danos de esta agua viva para que no tengamos que ir a otras fuentes! Danos de esta agua pura, limpia, cristalina. Que escuchemos el susurro de tu voz en nuestro corazón: ¡dame de beber! Que escuchemos los latidos de tu corazón herido de amor por nosotros que nos dice desde la cruz: ¡tengo sed! Señor, aunque caigamos en las tentaciones, porque somos débiles, ayúdanos siempre a levantarnos y seguir adelante confiando siempre en tu divina misericordia. Que tu misericordia sea la fuente donde saciemos la sed de nuestro corazón.

¡Líbranos del mal! El mal es la ausencia del amor. Tú no creaste el mal. El mal fue ocasionado por el pecado. Señor, vivimos en un valle de lágrimas y nuestras lágrimas muchas veces no sabemos enjugarlas en el manto de tu divina misericordia. ¡Nos falta confianza! Pensamos a veces que la situación del mundo es terrible y que no hay solución. Señor, por el pecado nos separamos de Ti y el hombre pensando ser “dios” quiere manipular la creación y esto trae malas consecuencias para la sociedad. Señor, Tú nos creaste por amor y para amar y como decía san Agustín: “inquieto está nuestro corazón mientras no repose en Ti”. Señor, que Tú seas el centro y el primer lugar de nuestras vidas. Líbranos de todos los males que vemos en el mundo. Derrama el bálsamo de tu divina misericordia sobre este mundo tan necesitado de tu amor, de tu perdón. La cruz es pesada y te pedimos ayuda para cargarla con valentía y amor. ¡Líbranos del mal, Señor! Reina en nuestro corazón. Danos la paz. Renuévanos por dentro. Renuévanos con un espíritu firme. Porque Tú eres nuestra fortaleza, nuestro refugio, nuestro escudo contra todo tipo de mal. Señor, Tú eres nuestro libertador, nuestra roca, nuestro único necesario. Tú eres Amor y contigo podemos caminar por este mundo haciendo el bien y venciendo el mal. La paz es la resonancia de tu voz en nuestro corazón. Que tu voz vibre en nuestros corazones para que en cualquier lugar que vayamos llevemos en nosotros la fuerza de tu AMOR!

 

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