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Nuestro Dios es un Dios callejero

Semana Santa. Megamisiones 2017. Vas caminando por la calle de un pueblo llamado Yaonahuac. Todo el ambiente de un pueblo bastante “fresa” como decían algunos. Muchos coches, cibercafés y canchas de basquetbol recién pintadas. Huele a tortillas, los perros callejeros se te quedan viendo y al parecer no hay nada de especial en la bolsa negra que llevas abrazada al pecho. Lo que nadie se imagina y ni siquiera tú mismo puedes acabar de entender es que en esa bolsa negra dentro de un recipiente “Ziploc” está el Creador de todo cuanto existe, el Omnipotente, el Omnipresente, el Redentor de toda la humanidad, Dios mismo en unas insignificantes hostias de pan sin levadura.

Muchas veces pensamos que si tan solo hubiera un milagrito: “que la estatua de María me guiñe el ojo”, “que se apague la vela”, o “solo un, … ni abro los ojos Dios, solo un …”. Buscamos lo extraordinario y, sí, ya lo hemos escuchado muchas veces… Dios está en lo ordinario. En la sonrisa manchada de chocolate de un niña, en el beso de un viejito a su esposa moribunda, en pedazos de pan del tamaño de una bola de ping-pong y que se confunden perfectamente con hostias de sacristía sin consagrar.

Sí, me lleve a Jesus mismo de una parroquia a otra. De la forma más sencilla y no-divina que pueda existir. Y, me repetía la siguiente pregunta: “¿si sucede algo darías la vida por lo que tienes en tus manos?”… Luego, como no había tabernáculo (cajita en las iglesias donde se mete a Dios) nos quedamos con Jesús en el cuarto donde dormíamos los misioneros. Salíamos y entrábamos del cuarto como si no hubiera nada de interesante dentro más que los tenis que olían bastante mal.

Si algo he aprendido en estas misiones (las primeras de mi vida) es que Dios es cercano. Esto me recordó a la capilla Sixtina y la obra maestra de Miguel Angel. Para la escena de la creación pone a Dios totalmente estirado tratando de alcanzar a Adán (que representa a la humanidad), y Adán sentado con el brazo apoyado sobre una pierna, destilando una postura de comodidad, desgana y pereza. Un sacerdote me dijo que la diferencia entre el Cristianismo y las demás religiones es que en las demás religiones es el hombre buscando a Dios, y en el Cristianismo es Dios quien busca al hombre. Yo diría más. Nuestro Dios no solo nos busca. Viene hasta donde estemos, huele a smog, tiene las manos sucias, escucha U2, le encanta un buen café en la mañana, usa “Ziploc”, y debe odiar los lunes; en resumen nuestro Dios es un Dios callejero. ¡Un Dios que se hizo hombre! No toma “Uber”, camina.

Es difícil de creer y es tan cercano que si no nos fijamos no lo vemos. Pero si pones un poco de atención lo puedes sentir, escuchar, casi ver callejeando a tu lado.

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