Nuestra Reina Inmaculada

¡Alégrate, llena de gracia! (Lc 1, 28)

En aquella hora, el ángel Gabriel la llamó de parte de Dios a una sublime misión. Dios la preparó para ser Madre de su Hijo: la quiso inmaculada, toda hermosa, por encima de cualquier otra creatura… ¿Y qué pasa con nosotros, la humanidad entera herida por el pecado original? ¿Acaso María ha sido apartada de nuestra realidad tan imperfecta?

Parecería que la Virgen, inmune de toda mancha, vive lejana e indiferente hacia los pecadores. Pero, en realidad, es todo lo contrario: María no podría ser más “nuestra”, y justo por su pureza ella está más cercana a nosotros de lo que podríamos imaginar. Gracias a su privilegio único, el amor en su corazón no tiene límites.

¡Qué hermosa es María! Es ella “como rosa en los días de primavera, como lirio junto a un manantial” (Eclo 50, 8). El Espíritu Santo, al plasmar su alma, se enamoró de ella y la vistió con toda su gracia. Creció así como la esposa amada de la Escritura:

Como un lirio entre los cardos es mi amada entre las jóvenes (Cant 2, 2)

¡Qué prodigio tan admirable! La Santísima Virgen floreció sin perder su blancura. Creció rodeada de cardos, sin apartarse de sus hermanos los hombres y , sin embargo, las espinas en su alrededor no la tocaron. ¡Vivió entre nosotros, como una de nosotros, como la mejor de todos nosotros!

Dice el Catecismo de la Iglesia Católica que el pecado “es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo” (n. 1849). El pecado es una ruptura, es una separación de los demás. Más aún, el pecado  -continúa el Catecismo- “hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana”. Si así están las cosas, no hay persona más apartada que aquella que vive en pecado. Y volviendo la mirada a María, no encontramos una mujer que haya sido tan perfectamente preservada de toda separación. Ella está más unida a nosotros que nosotros a ella.

María vivió no sólo con los demás. Su corazón brillaba  de manera única para los demás. Vemos, por ejemplo, que justo después de la Anunciación camina presurosa al encuentro de su prima: Isabel necesitaba la ayuda y compañía de una mujer joven. Unos años después la encontramos participando de una boda. Tan cercana estaba a los novios que se dio cuenta de cómo iba la marcha de la fiesta: “No tienen vino…” La encontramos sobre todo en los momentos cruciales de Cristo y de la Iglesia: ahí está, al pie de la cruz, una de las pocas que no dejaron solo a Cristo. Ahí está en Pentecostés, rodeada de los apóstoles, perseverando con ellos en la oración.

Muy seguramente ella misma reunió a la naciente Iglesia en un solo corazón y una sola alma. Ella, la Mujer por excelencia, genera armonía entre los hermanos, como enseña el Papa Francisco (Homilía, 9 de febrero del 2017). Ella da cumplimiento a la imagen de aquella otra mujer de Israel. Ella es en efecto la nueva Judith, capaz de convocar a su pueblo para vencer la batalla contra el pecado. Pues mirándola a ella, concebida ya como nueva creatura en atención a los méritos de su Hijo, todos los redimidos por Cristo nos sentimos llenos de esperanza y ánimo en el camino de la santidad. Y podemos cantar como los ancianos del pueblo judío:

¡Tú, orgullo de Jerusalén! ¡Tú, gloria de Israel! ¡Tú, honra de nuestra nación! (Jdt 15, 9)

Movidos por el ejemplo y la intercesión de María podemos ir rompiendo las barreras del pecado. Con su ayuda se supera todo lo que nos aparta de Dios, de ella y entre nosotros. El nuevo Reino de Cristo nos une íntimamente como hijos de Dios; ella,  nuestra madre, es la Reina que intercede ante el Rey, como la nueva Esther. Una dice con los labios lo que la otra lleva en el corazón:

¿Cómo podría yo ver que el infortunio alcanzara a mi pueblo? ¿Cómo podría yo ver el exterminio de mi raza? (Est 8, 6)

María Inmaculada no nos deja solos. Ha sido “adornada por Dios con los dones dignos de un oficio tan grande” (Lumen Gentium, 56). Gracias a su pureza gozamos de su compañía íntima como Madre nuestra, como Reina nuestra y sobre todo como Madre de Jesucristo, nuestro Rey y Señor.  Ella está llena de gracia para poder darnos a Dios hecho hombre y, con Él, todas las gracias necesarias para alcanzar la caridad perfecta.

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