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No sólo el qué, sino el cómo…

“Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló muchas cosas en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta. El que tenga oídos, que oiga». […]” (Mt 13,1-23 / XV Domingo Ordinario A – Evangelio completo al final)

 

 

“Si no le podés explicar algo a un niño de seis años, todavía no lo has entendido bien.” Algunos le atribuyen esta cita a Albert Einstein; otros protestan por su falsedad… Independientemente de quién lo haya dicho – o que no esté del todo de acuerdo con ella – podemos aplicar esta frase al evangelio para aprender una lección muy importante. Llevamos años hablando de una Nueva Evangelización. Nos quejamos de que las nuevas generaciones ya no se enganchan con los métodos tradicionales; hay que buscar nuevas maneras de presentarles el Evangelio. Y Jesús, una vez más, nos viene a demostrar cómo se hace… a fin de cuentas, él es el Maestro.

Jesús vino a anunciarnos el Reino de los Cielos, a revelarnos los misterios de Dios… y lo vemos hablar de sembradores, semillas y campos. Él sabía que las personas que tenía delante no entenderían de inmediato eso de la hipóstasis o de la transubstanciación. También tendrían alguna dificultad para comprender que era eso de ser trino y uno al mismo tiempo. Y casi ni haría falta mencionar el problema del tiempo o de la predestinación: incluso ahora, después de siglos, seguimos batallando para comprender un poco mejor cada uno de estos conceptos.

Jesús sabía que lo importante era que entendieran para que lo pudieran vivir. Por eso les habló con un lenguaje que pudieran entender, un lenguaje sencillo, un lenguaje visual y concreto. Quizá la semilla y la tierra no le llegan ni a los talones de lo que es el Reino de los Cielos, pero la gente inmediatamente entendía que la Palabra de Dios siempre puede dar fruto… pero a veces no logra fructificar porque la tierra no es buena. A veces, nuestro corazón no se abre a la acción del Espíritu Santo y por eso se parece a la tierra mala… Pero cuando nuestro corazón se abre y se dispone a escuchar la voz de Dios, cuando le presenta una tierra fértil y generosa, la acción de Dios en nuestra alma produce frutos abundantes y maravillosos: una conversión, una luz espiritual, alegría en la entrega, fortaleza en la dificultad… a veces treinta o sesenta o ciento por uno.

¡Cuánto podemos aprender de Nuestro Señor! Él nos mandó a llevar su mensaje por todo el mundo: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos” (Mt 28,19-20). Y no sólo fue un ejemplo vivo del mensaje, sino que nos enseñó cuál es la mejor manera de transmitirlo: con el ejemplo de la propia vida y haciéndolo comprensible con un lenguaje accesible a todos. Él fue tierra fértil que dio y sigue dando, en cada alma generosa, no el treinta ni el sesenta ni el ciento por uno… ¡sino el infinito por uno!

 

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“Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló muchas cosas en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta. El que tenga oídos, que oiga». Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: «¿Por qué les hablas en parábolas?». Él les contestó: «A vosotros se os han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumple en ellos la profecía de Isaías: “Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure”. Pero bienaventurados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron. Vosotros, pues, oíd lo que significa la parábola del sembrador: si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe. Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno».”

"Me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad!" (Sal 15,6) Nací en El Salvador. Sólo Dios sabe cómo llegué a la Legión: lo que importa es que ya estoy donde quiero estar. Ahora trabajo en la promoción vocacional en Centroamérica, mientras me acerco cada vez más al sacerdocio.

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