Necesidad actual de una razón alargada: estribillo de estos 7 años de pontificado

Por Ismael González, LC

En la época moderna comenzó una crisis de la razón que fue separando cada vez más las ciencias, la filosofía y la teología. El siglo XIX representó una etapa culminante de este conflicto. A la fe cristiana la estaba sustituyendo otra especie de fe en el progreso científico. Se sostenía que la fuerza de la inteligencia humana bastaría para abarcar y explicar la realidad completa. El positivismo de Auguste Comte era uno de los bastiones de este ideal.
En este contexto se comprende el interrogante de si es válido y racional el conocimiento que nos viene de la metafísica. Parecíaque no, pero a inicios del siglo XX la teoría de la relatividad de Einstein venía a tambalear la confianza absoluta en la razón científica. A este respecto afirmaba Benedicto XVI en su segunda encíclica: «El hombre nunca puede ser redimido solamente desde el exterior. Francis Bacon y los seguidores de la corriente de pensamiento de la edad moderna inspirada en él, se equivocaban al considerar que el hombre sería redimido por medio de la ciencia. Consemejante expectativa se pide demasiado a la ciencia; esta especie de esperanza es falaz. La ciencia puede contribuir mucho a la humanización del mundo y de la humanidad. Perotambién puede destruir al hombre y al mundo si no está orientada por fuerzas externas a ella misma (Spe salvi, n. 25).
Tales reflexiones escandalizaron a más de algún racionalista en quien todavía subsisten los esquemas decimonónicos. Sigue en pie la pretensión de reducir todo al razonamiento científico, relegando todo conocimiento meta-empírico. En cambio, el magisterio reciente de la Iglesia ha impulsado una reflexión bien argumentada sobre la armonía entre la fe y la razón. Este ha sido uno de los estribillos del pensamiento de Benedicto XVI en sus siete años de pontificado. Se trata de la necesidad actual de una razón alargada, que sea auténtica, que no se cierre en sí misma y responda así a las aspiraciones profundas del ser humano.


Este pensamiento se encuentra en sintonía con su predecesor Juan Pablo II, quien en 1998 escribió la encíclica Fideset Ratio. En efecto, en el número 47 recordaba el cambio que ha experimentado la filosofía en la cultura contemporánea: de sabiduría y saber universal se ha ido reduciendo a una parcela del saber, cada vez más marginal de la realidad. Conello, se refería a las formas de racionalidad que, «en vez de tender a la contemplación de la verdad y a la búsqueda del fin último y sentido de la vida, están orientadas (o al menos pueden orientarse) como “razón instrumental” al servicio de fines utilitaristas, de placer o de poder».
Estas formas de racionalidad constituyen el positivismo denunciado en repetidas ocasiones por Benedicto XVI. El 12 de septiembre de 2006, Ratisbona fue la primera de una serie de intervenciones que han marcado su pontificado en este tema. Allí se preguntaba por la armonía de la razón con la naturaleza de Dios y analizaba cómo en este punto se manifiesta la profunda consonancia entre lo griego en su mejor sentido y lo que es la fe en Dios según la Biblia. Así reafirmaba las palabras citadas del emperador bizantino Manuel II Paleólogo: «No actuar “con el logos” es contrario a la naturaleza de Dios».
Comentó que desde sus inicios la fe cristiana acogió el patrimonio griego, críticamente purificado, estableciendo una síntesis fecunda durante siglos, pero que ya en la Baja Edad Media se empezó a alterar con algunas tendencias teológicas. Esbozó cómo desde la época moderna tomó forma la pretensión de la deshelenización del cristianismo, que ha contribuido a separar la fe de la razón.
El recorrido del Sumo Pontífice fue un intento de crítica de la razón moderna desde su interior. Reconocía los aspectos positivos de la modernidad y de la ilustración, pero señalaba sus peligros y preguntaba cómo los podríamos evitar. Él mismo respondía: «Sólo lo lograremos si la razón y la fe se reencuentran de un modo nuevo, si superamos la limitación que la razón se impone a sí misma de reducirse a lo que se puede verificar con la experimentación, y le volvemos a abrir sus horizonte en toda su amplitud».
El Papa invitaba a ampliar los horizontes de la razón, a no contentarse con el cómo de las ciencias modernas y a plantear en otro ámbito el porqué del mundo y del hombre. Alertaba de una amenaza al respecto: «Occidente, desde hace mucho, está amenazado por esta aversión a los interrogantes fundamentales de su razón, y así sólo puede sufrir una gran pérdida». Sin olvidar que estaba hablando en un foro universitario, concluía justamente: «En el diálogo de las culturas invitamos a nuestros interlocutores a este gran logos, a esta amplitud de la razón. Redescubrirlaconstantemente por nosotros mismos es la gran tarea de la universidad».
Más adelante, en el discurso preparado para la lección inaugural en la Universidad La Sapienzade Roma, Benedicto XVI reflexionaba sobre la misión de la universidad: «Creo que se puede decir que el verdadero e íntimo origen de la universidad está en el afán de conocimiento, que es propio del hombre. Quiere saber qué es todo lo que le rodea. Quiere la verdad» (discurso preparado para el encuentro con la Universidad de Roma La Sapienza», 17 de enero de 2008; la visita se canceló tres días antes). Y en relación con la estructura de la universidad medieval, recalcaba la tarea de las facultades de filosofía y teología, «a las que se encomendaba la búsqueda sobre el ser hombre en su totalidad y, con ello, la tarea de mantener despierta la sensibilidad por la verdad».
Siguiendo un recorrido cronológico, el Santo Padre añadía el desarrollo moderno de las ciencias naturales y de las ciencias históricas y humanísticas, por el que «se ha abierto a la humanidad una cantidad inmensa de saber y de poder; también han crecido el conocimiento y el reconocimiento de los derechos y de la dignidad del hombre, y de esto no podemos por menos de estar agradecidos». Sin embargo, advertía que con este desarrollo el camino del hombre aún no estaba completado: «Hoy, el peligro del mundo occidental —por hablar sólo de éste— es que el hombre, precisamente teniendo en cuenta la grandeza de su saber y de su poder, se rinda ante la cuestión de la verdad […]. Dicho desde el punto de vista de la estructura de la universidad: existe el peligro de que la filosofía, al no sentirse ya capaz de cumplir su verdadera tarea, degenere en positivismo».
En su patria natal y en otro tipo de foro público (el Parlamento Federal de Alemania), Benedicto XVI seguía estimulando la sensibilidad por la verdad completa: «El concepto positivista de naturaleza y razón, la visión positivista del mundo es en su conjunto una parte grandiosa del conocimiento humano y de la capacidad humana, a la cual de modo alguno debemos renunciar en ningún caso. Pero ella misma, en su conjunto, no es una cultura que corresponda y sea suficiente al ser hombres en toda su amplitud» (discurso en el Reichstag, Berlín, 22 de septiembre de 2011).
Ante el peligro de reducir al hombre y amenazar su humanidad, comparaba la razón positivista con los edificios de cemento armado sin ventanas y exhortaba: «Es necesario volver a abrir las ventanas, hemos de ver nuevamente la inmensidad del mundo, el cielo y la tierra, y aprender a usar todo esto de modo justo». No es indiferente cerrarse a esta apertura, pues «donde rige el dominio exclusivo de la razón positivista –y este es en gran parte el caso de nuestra conciencia pública– las fuentes clásicas de conocimiento del ethos y del derecho quedan fuera de juego». El Papa hacía ver que la mera lógica positivista no bastaba para servir a la justicia, que el criterio de la mayoría no era suficiente para discernir entre el bien y el mal en las cuestiones fundamentales. Por ello, aludía a la necesidad de encontrar criterios sólidos de orientación, desafío cada vez más difícil a pesar de la abundancia de conocimientos.
Con estas y otras intervenciones (Verona, Los Bernardinos o El Escorial) Benedicto XVI ha impulsado el servicio que quiere ofrecer la Iglesia a todo el hombre, lejos del actual «ofuscamiento de la auténtica dignidad de la razón, que ya no es capaz de conocer lo verdadero y buscar lo absoluto» (Juan Pablo II, Fides et Ratio, n. 47). Su voz no deja de ser escuchada por todos, creyentes o no, y hoy por hoy es un gran referente moral e intelectual de Occidente. Como bien apuntaba Vittorio Messori, «nada en él suena a retórica eclesial. Sabe lo que dice, y lo argumenta, este líder de una Iglesia que parece haberse convertido en el mayor baluarte de la razón» (V. Messori, «El profesor Ratzinger ha convertido a la Iglesia en el mayor baluarte de la razón», La Razón, 22 de octubre de 2006).
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