NATURALEZA Y DIGNIDAD HUMANA EN EL ARTE DEL RENACIMIENTO

Por Carlos Antonio Ramírez Castellanos, LC

Una de las características del movimiento Renacentista fue el llamado “giro antropocéntrico”, esto es, la promoción de una visión del mundo no ya teocéntrica, sino desde el punto de vista del hombre como centro del cosmos. Efectivamente, una visión así de la realidad puede traer consecuencias negativas como la de considerar al hombre como autosuficiente, y por tanto, sin necesidad alguna de Dios, comenzando de este modo un lento pero profundo proceso de “secularización” de la Civilización Occidental.

Dejando empero de lado estas consideraciones negativas, me gustaría detenerme en algunos aspectos positivos de una correcta visión antropocéntrica de la realidad.

Como cristiano, y por tanto manteniendo firmemente que Dios es el centro absoluto del cosmos, no me parece contradictorio sostener que el hombre es, por designio y orden divino, el centro y cúspide del mundo creado.

A mi parecer, ha sido precisamente esta consideración del hombre al centro de la creación, la que ha inspirado a dos de los grandes artistas del Renacimiento a plasmar, con delicada perfección y profundidad, la naturaleza humana sea en la escultura que en la pintura. Me refiero a Rafael Sanzio y Miguel Ángel Buonarroti.

Sin duda, estos grandes artistas han sabido reproducir la complejidad que el hombre encierra en sí mismo en maravillosas obras de arte, que todavía hoy, siguen fascinando a quienes se detienen ante ellas.

Cuántos no se admiran hoy ante la bellísima armonía de la Transfiguración de Rafael, o ante el majestuoso Juicio Final de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. Quien quiera que las mire con un poco de atención, no puede menos que sentirse pequeño ante el gran misterio de este micro-cosmos que es el hombre.

Esta perfección y profundidad en las representaciones artísticas del hombre en Rafael y Miguel Ángel, se debe no solamente a su genio artístico, que sin duda lo tenían, sino también a un conocimiento profundo del hombre como un ser no a imagen y semejanza de sí mismo, sino de Dios. En efecto, el hombre no es grande por sí mismo, es grande porque participa de la imagen y la semejanza de Dios.

Esto queda claro contemplando al Cristo de la Transfiguración de Rafael. Rodeado de nubes y vestido de blanco, el Cristo suspendido en el aire resplandece con una gran luz que ilumina toda la escena. Los tres apóstoles, Pedro, Santiago y Juan, cegados por la gran luz se protegen la vista. Esta luz que el hombre no puede soportar con sus ojos naturales, es la gloria del Dio-Hombre transfigurado, que nos revela la grandeza del ser hijos de Dios y que nosotros participamos. Sólo «Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre»[1].

El Verbo Eterno del Padre, encarnándose, asume consigo plenamente la naturaleza humana elevándola a la dignidad divina. Él «es el centro del cosmos y de la historia»[2], en sus manos está la vida del hombre, y al final de los tiempos Él juzgará con justicia y rectitud. Esta visión de Jesucristo como Señor y Juez del Universo, está maravillosamente representada por Miguel Ángel en el Juicio Final.

Cristo, al centro de la composición, está representado como un hombre joven y robusto, dando una sensación de vigorosidad.  La belleza de su cuerpo, bien proporcionado y delineado, representa la belleza del Hijo del Hombre. Ya Resucitado y en la Gloria, Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, es la expresión visible del Padre Invisible. En Él, el misterio del hombre queda esclarecido en toda su belleza.

Este legado artístico, da testimonio en el mundo de hoy de la intrínseca dignidad del cuerpo humano, hoy tan rebajado y casi reducido a una mercancía. El cuerpo humano es cada vez más objeto de instrumentalización y víctima de una desenfrenada “erotización” de la sociedad.

Siendo Dios «la fuente de la belleza integral del cuerpo»[3], es preciso defender su dignidad contra la trata de personas, la prostitución y la pornografía, pues como afirma San Juan Pablo II, «sólo ante los ojos de Dios el cuerpo humano puede permanecer desnudo y descubierto, conservando intacto su esplendor y su belleza»[4].

Tomando ventaja de la importancia que la imagen tiene hoy en nuestra sociedad, es preciso revalorar y ver con nuevos ojos las obras de arte que no únicamente son el legado artístico del pasado,  confinado en un museo, sino vivo testimonio de una sana y correcta visión del hombre para respetar y defender su dignidad.

[1] Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, 22.

[2]  Juan Pablo II, Redemptor Hominis, 1.

[3] Juan Pablo II, Homilía con motivo de la inauguración de la restauración de los frescos de Miguel Ángel, 8 de abril de 1994.

[4] Ibid.

Previous post
The Church Is Bigger
Next post
Until an Opportune Time...

1 Comment

  1. Larellano
    6 marzo, 2016 at 17:21 — Responder

    !Muy buen artículo! El arte es un medio que, si se conoce con profundidad, puede ayudar mucho en la Nueva Evangelización.

Deja un comentario

Back
SHARE

NATURALEZA Y DIGNIDAD HUMANA EN EL ARTE DEL RENACIMIENTO