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Mitología secular: Creo porque no leo

Me gusta caminar cuando leo. El rumor de la naturaleza, el perfume de las plantas y el roce del aire estimulan mi intelecto. No lo sé, me concentro más. Además, nada como elevar la mirada, contemplar una idea y reposar el espíritu en la belleza de este mundo.

 

Hace unos días, en mi caminata, un padre me salió al encuentro y me dijo: «¿Ahora qué anda leyendo, carísimo?» Le mostré la portada con una sonrisa comprometida. Estaba leyendo un volumen de 1,034 páginas sobre la interpretación de Nietzsche según Heidegger. Resulta que Nietzsche es uno de los filósofos más anti-cristianos de la historia y Martin Heidegger es un filósofo anti-metafísico afiliado al nazismo en obras y en palabras. Me miró con aire de preocupación, entornó sus ojos y me dijo: «Cuidado, hermano, no vaya a perder la fe». Reímos, le pedí oraciones y continué mi camino. Seguí leyendo sobre la Voluntad de potencia y el eterno retorno, pero una pregunta me distrajo: «¿Puedo perder mi fe leyendo a Nietzsche? ¿En qué se basa mi fe, entonces? ¿En la ignorancia? ¿Creo porque no leo?»

 

Primero que nada, admito que no hace falta leer para creer. Esto lo demuestran miles y miles de personas sencillas con una ignorancia del mundo científico, pero una fe de gigantes que ya quisiera compartir. No hay que leer para creer, pero tampoco creo porque no leo.

 

A lo largo de la historia, grandes intelectuales han abrazado la fe. No por nada, las universidades nacieron en un ambiente de Iglesia. Durante siglos, los monjes fueron los custodios de la cultura occidental. Bibliotecas enteras transcritas a mano para mantener vivo el pensamiento. Basta con echar una mirada a los papas de los últimos cien años o meterse en la biblioteca de un seminario. La ignorancia no es condición de posibilidad para el creyente.

 

Obviamente, no vas a escuchar a un sacerdote recomendando al Marqués de Sade en la homilía dominical (espero…). Tampoco se trata de anteponer la Fenomenología del Espíritu al Evangelio de San Marcos o de canonizar a Maquiavelo. Estoy hablando de ser un poco más como Ratzinger o Chesterton que como las caricaturas de monjes-quema-libros presentadas en El Nombre de la Rosa. Los grandes intelectuales, convencidos de su fe, poseen una libertad interior que les permite entrar en diálogo con los pensadores que difieren en ideas y en ideales. Ateos que leen las Confesiones de Agustín y la Suma de Tomás. Católicos que leen a Sartre, Buddhadasa o Savater. Separados por su fe, unidos por su humanidad y su condición de buscadores.

 

La fe es un don. Viene de Dios. Esto explica que existan muchas personas religiosas, sinceramente religiosas, que nunca conocen a Cristo. Es un don semejante al fuego. Es decir, si no se alimenta, se apaga. Se alimenta con la oración, el culto, la formación y el apostolado, entre otros. La fe no se trata de leer o no leer. La fe se trata de creer. Creer en la Verdad, en el Bien y en la Belleza de este mundo. Se trata de creer en el Amor y, sobre todo, creer que fue Dios quien me amó primero.

 

 

Hijo de Dios. Católico convencido. Buscador del Bien, de la Verdad y la Belleza.

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