Mis ramitas

“Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, en el monte de los Olivos, envió a dos discípulos diciéndoles: «Id a la aldea de enfrente, encontraréis enseguida una borrica atada con su pollino, los desatáis y me los traéis. Si alguien os dice algo, contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto». Esto ocurrió para que se cumpliese lo dicho por medio del profeta: «Decid a la hija de Sión: “Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en una borrica, en un pollino, hijo de acémila”». Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. La multitud alfombró el camino con sus mantos; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. Y la gente que iba delante y detrás gritaba: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!». Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad se sobresaltó preguntando: «¿Quién es este?». La multitud contestaba: «Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea».” (Mt 21,1-11 / Domingo de Ramos)

 

 

Por si quedaba duda, el sentido de los mantos y las ramas de los árboles que alfombraban la calzada delante de Jesús es muy sencillo: el pie de una persona tan importante no puede tocar la tierra. Es un signo de honor y respeto que seguimos usando el día de hoy cuando ponemos una alfombra para que caminen sobre ella quienes entran a un evento. Con un gesto tan sencillo, le estoy diciendo: sos importante para mí.

Quizá vivimos 2,000 años después, pero este domingo también nosotros estaremos a las puertas de Jerusalén. También nosotros colocaremos ramitas y nuestros mantos a los pies del Señor. La pregunta del millón será: ¿qué tipo de ramas? ¿Qué tipo de mantos?

Si a lo largo de esta cuaresma me he esforzado por acompañar a Jesús, por prepararme para morir y resucitar con él, mis ramitas serán retoños de cerezo, pétalos de rosa, tulipanes de cientos de colores. Quizá a lo largo de esta cuaresma he logrado preparar un manto hermoso, con bordados de oro y plata. Estos detallitos le gritarían al Señor un “TE AMO”, así: con mayúsculas.

Pero quizá lo único que llevo en mis manos son ramas secas o, Dios quiera que no, espinas. Quizá mi manto está tan descuidado que parece colador desteñido y maloliente. No sé qué tanto amor pueda transmitir un regalo así. Pero al Señor no le importa: si estamos dispuestos a darle lo que tenemos y trabajar por ofrecerle un poquito más, él lo acepta con alegría y agradecimiento.

Si llegamos a esta Santa Semana bien preparados: ¡Animo, adelante! ¡A disfrutarla al máximo! Y si se nos pasó la cuaresma y no nos dimos cuenta… todavía estamos a tiempo para voltear a ver a Jesús en esa cruz, para acercarnos a su corazón y consolarlo, para morir con él y el próximo domingo, poder también resucitar con él a una vida nueva.

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