México, tierra de volcanes.

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Por Javier Gaxiola, LC

Era 1926 y México gritaba y sangraba a borbotones. México, tierra de volcanes. Así lo llamaría años más tarde Mons. Schlarman para referirse no solo a que el territorio del país es volcánico, sino sobre todo a lo explosiva que ha sido nuestra historia nacional. En ese entonces pasaban cosas aberrantes. El gobierno había limitado drásticamente el número de ministros religiosos. Podían ejercer sólo uno por cada 50 mil fieles como promedio, dependiendo del estado. Y la Constitución, vale. Desde que fue promulgada en 1917 no se respetaba. Pero es que no le bastó al gobierno con dejar las letras muertas en el papel. El presidente Calles mandó decir a los Obispos del país que tenían dos opciones: o acudir al Congreso, o las armas. Es así como comenzó la persecución y el derramamiento de la sangre mexicana de todo aquel que no cumpliera con estas imposiciones. La persecución religiosa callista quería arrancar del pueblo lo más precioso que tenía. Su motor. Lo que calentaba sus corazones y les daba identidad. Arrancarían el nombre de Cristo de las bocas de los mexicanos, y una vez arrancado debían asegurarse de que no volviera a ser invocado jamás.

No es casualidad que 8 años antes, en la Catedral de México, el pueblo cristiano mexicano alzara por primera vez el grito de Viva Cristo Rey. Lo hacían con fe y con devoción, con garbo y energía, después de que el Papa Pío X hubiera aprobado la consagración de México a Cristo Rey. Cristo, Rey de México y de los mexicanos. Y todo el pueblo con orgullo lo aclamó como tal. Cristo preparaba a México para lo que vendría. Sus fieles se convertirían en ejército. Y esta vez no sucedería como en Jerusalén, cuando los que lo aclamaron un domingo lo crucificaron el viernes siguiente. Esta vez, los que lo aclamaban, morirían en lugar de su Rey, con una pasión sin precedentes.

De 1926 a 1929 el ejercito de cristeros se consolidó, hasta alcanzar casi los 25,000 miembros. Hombres y mujeres, incluso algunos niños. El valor de las mujeres también fue ejemplar: repartían propaganda, llevaban avisos, acogían prófugos, cuidaban heridos y ayudaban clandestinamente con alimentos y armas.

En 1929, por obediencia a Roma y por unos arreglos diplomáticos a los que se llegaron después de largas y accidentadas negociaciones, los cristeros dejaron las armas. Según muchos, después de haber regado sangre estéril por todo el país. Pero los frutos de la cristiada aún hoy seguimos saboreándolos. Porque el gobierno mexicano aprendió a respetar la religión católica y a la Iglesia. Aprendió que México no se contentaba con decirse católico, sino que necesitaba serlo. Se dio cuenta que la práctica religiosa de su pueblo tenía el mismo valor que su vida misma. Aprendió que había en su Constitución cosas absurdas que no se cumplían, y que tampoco se podían cumplir, porque eran parrafadas de unos cuantos y el pueblo entero las rechazaba.

¿Qué nos pasó? ¿Dónde quedó el México cristero? ¿Dónde quedaron esos héroes? ¿Dónde quedaron esos soldados que salían al campo porque, según decían, iban a buscar a Dios?

Es verdad que Jesús no es un rey como los otros que conocemos. No lo es, porque es un rey que respeta, que da espacio y que no invade. El profeta Zacarías lo describe en el capítulo 9 como un rey humilde, montado en un asno. En un burro. Un rey, sí, majestuoso, pero humilde, que no impone y reina sólo si se le deja reinar.

2014. Hoy cada quién practica su fe y sus costumbres como le viene en gana. Ya nadie puede defender su fe en público porque está faltando al respeto al pluralismo. Nos limitamos a hablar de nimiedades con las que todos estén de acuerdo, porque si no, somos unos retrógradas. Hablemos del clima, entonces. Porque lo demás es opinable. ¡Basta! Llamemos a las cosas por su nombre. Como dice el Papa Francisco en su exhortación “Evangelii Gaudium“: “¡Cuántas palabras se han vuelto molestas para este sistema! Molesta que se hable de ética, molesta que se hable de solidaridad mundial, molesta que se hable de distribución de bienes, molesta que se hable de preservar las fuentes de trabajo, molesta que se hable de dignidad de los débiles, molesta que se hable de un Dios que exige un compromiso por la justicia. (…) Estoy convencido de que a partir de una apertura a la trascendencia podría formarse una nueva mentalidad política y económica que ayudaría a superar la dicotomía absoluta entre la economía y el bien común social”.

Querido México: la solución a tus problemas no está principalmente en tu gobierno. Lo sabemos porque se han ido sentando en la silla miles de gobernantes por centenares de años y las historias, unas más otras menos, siguen apestando. De nada sirven los cambios estructurales, las reformas políticas y los discursos avasalladores en las cámaras y congresos, si en los corazones de los mexicanos siguen reinando la mezquindad, el egoísmo, la indiferencia y la desigualdad. Esas cosas, todas, se fraguan poco a poco, en tu interior y desde muy temprana edad. No son consecuencia de ningún sistema político; se gestan en tu corazón humano. Porque somos mezquinos cuando en la escuela damos el mínimo indispensable para pasar o quedar bien, y nos contentamos con no desentonar. Somos egoístas cuando nos preocupamos por nuestras salidas los fines de semana, valiéndonos soberano cacahuate que la gran mayoría de la población no tiene qué comer. Somos indiferentes cuando no nos importa que hayan sido asesinados 43 estudiantes normalistas y cuando nos hacemos los sordos al grito mudo de las víctimas del narco, o cuando tu asquerosa y deprimente corrupción  es alimentada por nuestro conocido “qué mas da” o “¿qué querías que hiciera?”. Todo bien, mientras en mi círculo no se vea ni se note la violencia. Desigualdad porque nos seguimos creyendo mejores que el niño que nos limpia el parabrisas del coche todos los días, o el que nos vende el periódico, o el que nos pone gasolina o el que nos hace de comer, cuando somos todos iguales, igual de dignos e hijos de Dios. Siendo que muchas veces nosotros, los que nos creemos más, somos en realidad mucho menos dignos y rectos que ellos.

Por eso, México, mi querido México: hoy en el día de Cristo Rey del universo y Rey tuyo, a quien te consagraste hace 97 años, recapacita de una vez por todas. ¡Recapacita, México! ¡Deja de perder el tiempo con reformas de escaparate y barniz. ¡Reforma tu corazón! Manifiesta tu descontento en la caridad auténtica con tus hermanos mexicanos más necesitados. Manifiesta tu preocupación con la rectitud en tu trabajo y construyendo una cultura de legalidad. Manifiesta tu tristeza viviendo una vida ejemplar y no dejándote llevar por el consumismo y placeres egoístas. Mira la sangre de tus padres, de tus hermanos. La de aquellos mártires que gritaron con su vida lo que sí era capaz de solucionar los problemas del país. Porque el movimiento cristero ha sido lo mejor que le ha pasado a México. Mejor que cualquier manifestación o denuncia social. Era un movimiento que apuntaba a los corazones. Una reforma del corazón, la única y verdadera reforma social, capaz de penetrar y cambiar las estructuras del país con garantías de éxito. Sólo así nos podremos aliviar de los lastres que otros reinados nos han introducido casi sin darnos cuenta. Sólo así nos libraremos de las cadenas indignas que el materialismo, el consumismo y el relativismo a ultranza nos han impuesto. Sólo dejando que el Reino de Dios se encarne en cada uno de nosotros. Hoy es un día para recordarlo, y hacerlo vida. México: ponte de pie. Deja de echarle la culpa a los demás. Hoy grítalo fuerte, y no sólo en tu interior o en un estado de facebook. Deja que las palabras se hagan carne y grita con todas tus fuerzas:

¡México! ¿Quién vive? ¡Viva Cristo Rey!

 

 

* Este artículo está dedicado al Padre Miguel Romeo, LC, que falleció el lunes pasado en Suiza, en un accidente. Un verdadero hermano y pastor, hombre de Dios y profeta de la renovación de la Legión. D.E.P.

 

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