Madre de Dios y Madre nuestra – LC Blog

Madre de Dios y Madre nuestra

“Fueron corriendo y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho. Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.” (Lc 2,16-21 / Santa María Madre de Dios)

 

Me encanta la película de La Pasión de Cristo. Una de mis escenas favoritas es la caída de Jesús en que María le sale al encuentro. Mel Gibson inserta en ese momento un flashback a una caída del pequeño Jesús. María ve cómo su hijito se tropieza y cae… En ese momento, no le importa que sea el Hijo de Dios, que sea el Mesías, que vaya a caminar sobre el agua y multiplicar los panes, que vaya a curar enfermos y resucitar muertos: en ese momento ella sólo ve a su bebé que cae y le da un infarto a su corazón de Madre.

María sale corriendo y agarra a Jesús en sus brazos. Lo abraza, lo besa y le susurra palabras de amor y consolación al oído. No hay mejor medicina para una de esas caídas: el amor y el cariño de una madre pueden curar lo que sea. Y ese es el amor que celebramos el día de hoy.

No sé qué sea más impresionante: que María pudiera ver en Jesús a un niño normal, a su hijito… o que toda madre vea en su hijo a su pequeño Dios. ¡Quizá y sea todo parte del mismo misterio! Si para nuestra madre de aquí abajo, somos como dioses… ¡cuánto más para ella, María, nuestra madre del cielo, que en cada uno de sus hijos ve a su Primogénito, Jesucristo, Nuestro Señor!

Espero que hoy nos podamos dar unos minutos de este año que empieza para agradecerle a Dios por tener una mamá tan grande y tan buena, y por compartirla con nosotros. Que nos podamos acercar a los brazos de María, Madre de Dios y madre nuestra para que ella nos arrulle y nos susurre palabras de amor al oído. Y que al final del día, nos podamos retirar como lo hicieron los pastores: dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que hemos visto y oído.

 

Foto: William-Adolphe Bouguereau, The Virgin with Angels

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