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Lucas sale a la mar

Corría el año 1828 cuando en una ilustre mansión del Medio Día francés, Helena una dama casada con Don Julien dio a luz a su décimo hijo. El nuevo bebé era recibido con gran alegría en casa de los Fanjaux. Todos sus hermanos rodearon el lecho donde estaba acostado asomando sus cabecitas en progresivo ascenso según las edades. Fátima parpadeaba sus ojitos sobre sus deditos que parecían lombrices amarrados a la cuna. Marcos lo miraba embobado y parecía ofrecerle su pulgar para chupar. Lourdes le tocaba las manitas. Jean iniciaba sus infantiles recelos, Matteo se frotaba la mejilla contemplando a su nuevo compañero de batallas. Isabelle con su instinto maternal abrazaba a todos sus hermanos. Pierre quería hacer cosquillas al recién nacido con sus rizos. François se deshacía de la mano que Isabelle insistía en poner en su hombro y por su parte. Y Lucas, el mayor, también estaba muy feliz de la llegada de Doroteo pero descansaba en una mecedora con Pulot a sus pies. En su cabeza se inflaban sueños de juventud para hacer realidad y ahora con su nuevo hermanito y sus 16 años recién cumplidos podría realizar.

Llegó la noche y tras ella el día. Lucas tomó sus bártulos y sin decir palabra a nadie salió por el camino que lleva al sur dejando en la cómoda de la entrada una carta para su familia. En ella escribió:

Querida familia: Primero de todo quiero deciros que os amo mucho y sé que vosotros también. Ya soy mayor y quiero realizar mi sueño que tantas veces me habéis escuchado. Quiero ser marinero, surcar nuevos mares, descubrir tierras lejanas y despertar por las mañanas y tener el amanecer por alcoba y el horizonte por límite de mis aspiraciones. Lanzarme a la mar con la confianza puesta en Dios. Rezad por mí para volvernos a ver. Regresaré hecho un famoso capitán. Os quiere mucho: Vuestro Lucas.

P. D. Me llevo a Pulot para que me haga compañía.

Creí haber notado salir una lágrima al cruzar el umbral de mi hogar. Pero pronto desapareció porque Pulot juguetón, vino a lamerme la mano. “Suerte que se me ha ocurrido tomarte por compañero porque aunque no respondas, puedo charlar con alguien.”

Después de cerca de una hora de camino, un carromato transeúnte me brindó la oportunidad de subirme. Se dirigía a St. Pierre. Agradecí la invitación y monté a Pulot. Lo conducía un señor mayor de joven espíritu. Tenía la cara curtida por el tiempo y arrugas por doquier que no dejaban lugar a dudas: “Durante 78 otoños me he dedicado a una sola cosa: Buscar qué quiero”. Me explicó que era un barón que había abandonado su opulenta vida de fiestas parisienses. Lo que no me levantó la más mínima duda por la riqueza de su carruaje. Sus rentas le permitían vivir viajando. No necesitaba nada ni a nadie. Había recorrido los parajes más insólitos del viejo continente desde el finisterre hasta las profundidades del país del Danubio y los suburbios más importantes de Roma, Amsterdam, Barcelona…

En todos esos lugares conversaba con sus oriundos para encontrar la motivación para vivir. Cada cual le daba motivos muy diversos. Ninguno le convenció como universal pero sí le sorprendió que en cada comarca que visitaba una capilla con un cirio rojo encendido velaba inmutablemente. Como le había escuchado al capellán de su familia en esos lugares se retiraba para meditar y elaborar toda su sabiduría. Desconocía qué era, ni siquiera si quería representar algo. Sólo sabía que allí encontraba la paz y la serenidad que su alma anhelaba. Dado que no pudo encontrar el sentido de su vida se dio cuenta que su búsqueda había llegado a ser el motivo de su existencia y “llego ya a la vejez y todavía no lo encuentro. Pero tú, querido caminante, busca. Quizá tengas más suerte”- me dijo.

Entonces le expresé que el motivo de mi vida era ser marinero, surcar nuevos mares, descubrir tierras lejanas y despertar por las mañanas y tener el amanecer por alcoba y el horizonte por límite de mis aspiraciones para llegar a ser un famoso capitán. Y que éste era el impulso que me había hecho dejar esa misma mañana mi casa. Con sus toscas manos me revolvió mi pelambrera sonriendo y me proveyó una paternal cachetada:

* Veo que tienes un ideal claro. Es noble y bueno. La mitad del camino lo tienes recorrido.

* Lo debo haber aprendido de Isabelle que siempre está obsesionada con que quiere ser mamá.

* Sin embargo, querido caminante, el ideal no es una obsesión; Una obsesión es una idea fija que con tenaz persistencia te asalta a la mente o una perturbación anímica producida por ella. El ideal es más bien, una aspiración alta siempre presente a la que van encaminadas todas tus acciones y cuya continua conquista a lo largo de la vida te provee de una realización profunda.

* Entonces, -intervine resuelto- tú no estás realizado.

* Sin embargo, fíjate lo que te digo. ¿Ves mi rostro?

* Sí –contesté pestañeando-.

* Te descubre, ciertamente, la edad que tengo. Pero mira mi alma. Lozana y fresca como toda mi vida. Lo único que se ha consumido es esta casaca con el paso de los años. Para el alma, la única manera de envejecer es la erosión de los ideales y yo los tengo juveniles como antaño.

Pulot que había estado escuchando absorto durante todo el camino ladró por un instante y me indicó que el carro iba a tomar la ruta del oeste. Agradecí al gentil hombre su compañía y sabiduría y proseguí mi camino hacia la mar con mi fiel amigo.

“El primer paso para ir a algún lugar es decidir que no te vas a quedar en el sitio en que estás. Y esto ya lo estamos realizando.” Pulot husmeaba la tierra como si siguiese un rastro ya trazado. “Y no lo estamos haciendo como François, cuando se escapó de casa. ¿Recuerdas? …Me imagino que no porque eras un cachorro. Él no sabía a dónde iba. Estaba enfadado porque papá no le había llevado al hipódromo a ver la final de la temporada hípica, por su indisciplina en las lecciones. Mamá hizo recio su corazón y no salió en su búsqueda. Comenzó a lloviznar y ya lo teníamos en casa con cara apenada”. Chuté una piña tras la cual salió Pulot. “Quizá mi madre haya encargado ya varias novenas para encontrarme”.

Ya se acercaba la noche. Para la comida no recuerdo cómo lo hicimos. El caso es que no tuvimos hambre como tampoco estábamos cansados. Parecía que sólo nos quedaba una suave cordillera más de montes cuando Pulot comenzó rugir a un arbusto. De ella salió un joven de piel dorada. Agarré fuertemente a Pulot por el collar antes de que se abalanzase sobre él. Por atuendo llevaba unos calzones verdes que desafiaban el frío enero que estaba por terminar. Los últimos rayos de sol le hacían brillar de una manera muy peculiar.

* ¿Qué hace un joven a tan altas horas fuera de su hogar? –me preguntó el injerto dorado con gran curiosidad- ¿A caso eres un delincuente a tan tierna edad? ¿O has escapado de la miseria de tu hogar? –Me examinó por un instante- No veo mucha miseria en este ajuar que no carece de presupuesto.

Sacó de detrás de su espalda una vianda y se la ofreció en mano a Pulot. Desde ese instante dejó de gruñir, se tranquilizó y retozó a su derredor como si se tratase de mi hermanito Jean.

* ¿Acaso debo hablar con un desconocido que embauca a mi perro y puede hacer lo mismo conmigo?

* Jamás accedas a las propuestas de un farsante. Eso sería temerario. Pero yo no soy un embaucador de niños. Además, tú no eres un niño. Y de ser un farsante, llevaría harapos y tendría cara de loco…

* Llevas un solo harapo y tienes la cara amarilla.

* …Sólo quiero tu bien.

Y sacó de la mano izquierda una esfera de vidrio rellena de un líquido transparente con un buque de cristal en el interior. Esto me hizo entrar en cordialidad.

* ¿Cómo sabes tú que…?

* ¿Que quieres ser marinero, surcar nuevos mares, descubrir tierras lejanas y despertar por las mañanas y tener el amanecer por alcoba y el horizonte por límite de tus aspiraciones para llegar a ser un famoso capitán? –dijo acompañando sus palabras de mímica representación-

* ¿Pero, cómo…?

* El gran ideal que tienes vocifera indiscreto por todos los poros de tu piel. No porque sea en sí mismo una gran cosa… ¡Ser marinero! –me expresó despectivo-.

Sentido y con irritación bajé la mirada.

* Sino porque lo deseas con gran ardor. ¿A qué esperas?

Repentinamente, el terreno comenzó a temblar. Pulot se encogió bajo mis piernas. Las cumbres del monte que había iniciado a ascender se hicieron más lejanas. Se desencadenó un colosal movimiento de tierras y las cimas se cubrieron de nieve.

* ¡¿Qué ves?! – Me gritó el duende firme en medio del estruendo.

* Ya es de noche -le contesté inseguro- tengo miedo y en mi casa están mis hermanitos con mis papás.

* En la vida se aprende la virtud de la perseverancia. Si hay un reto, ánimo. Si hay que tumbar una muralla, ¡hazlo! ¡¿Has visto esta montaña?!

El escenario empezó a calmarse. Pulot sacó la cola de entre sus piernas y volvió a olfatear los aledaños. El joven permanecía inalterado.

* Me parecía haberla visto más asequible desde la otra ladera. De hecho no tenía nieve y tras ella podía divisar el mar.

* ¡¿Has visto esta montaña?! – Me gritó de nuevo.

* ¡Sí! -Dije desesperado.

* Pues, ¡corónala! Cuando se desaten las tormentas y lleguen las primeras dificultades y contratiempos podrás pensar que no deberías haber llegado hasta aquí. Que nunca deberías haber comenzado… Pero hete aquí. Pasa lo mismo en las grandes historias, Lucas, las únicas que importan. Siempre están acompañadas de oscuridad y de constantes sacrificios. En ocasiones no querrás saber el final porque, ¿cómo podría acabar bien? Pero al final, todo pasa y la victoria es para el que lucha sin desfallecer y sabe esperar. Como esta montaña, antes inofensivo monte por la fuerza del ideal. Pero incluso la noche se acaba para dar paso a un nuevo día. Y cuando amanece, el sol brilla y brilla con más intensidad. Esas son las historias que realmente importan y llenan el corazón. Porque tienen sentido, ¡porque tú les das sentido! Te rendirías si quisieras pero no lo harás porque estás luchado por algo. ¡Sígueme!

El duende dorado comenzó a ascender con gran presteza campo a través. Le seguí como pude por medio del devastado panorama y Pulot me adelantó

Mis queridos lectores, como ven, todo lo que vale la pena, cuesta. El ideal exige de cada uno de nosotros lo mejor y no admite términos medios: o lo tomas o lo dejas. Sólo quien lucha por un ideal gustará la dicha que alcanzarlo proporciona.

Con el amanecer, Lucas alcanzó la cima cubierta de fresca nieve. Desde ella admiró Marsella con el barco que le había mostrado el duende esperándole radiante en el puerto. De pronto Pulot le relamió abundantemente la mano y apareció en el salón de su hogar. Sus hermanos le rodeaban y tenía a Doroteo en su regazo. Don Julien acababa de hacerles una instantánea con un aparato revolucionario en la región: la cámara fotográfica.

* Un sueño muy profundo, ¡campeón!

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