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Los tres pilares del hombre

por Javier Rubio

Creo que, de alguna forma, todos tenemos nuestra fiesta preferida del calendario litúrgico: una misa, una ceremonia, un rito que nos conmueve más, que nos toca más profundamente. Para algunos es la Navidad, para otros puede ser la Encarnación, la Asunción de la Virgen o Pentecostés. Los misterios de dolor la Semana Santa no resultan atractivos en el mismo sentido. No gustan en el mismo sentido en el que nos gusta el triunfo de la Ascensión o no conmueven de la misma forma que el nacimiento del Niño en Belén.

Y sin embargo, tras una atenta reflexión, podemos caer en la cuenta de que son ceremonias que tocan muy de lleno lo más íntimo de nuestra misma humanidad.

Un poco de filosofía. Lo que hace al hombre la criatura más compleja del universo (incluyendo tanto a los ángeles como a las rocas) es, precisamente, el hecho de que se encuentra en un horizonte entre dos mundos: el de la materia y el del espíritu.

Como seres corpóreos estamos sujetos a la corrupción, a la muerte. Y nuestra mente se consume reflexionando en el sentido de la vida; en su valor de cara al fin; en el peso de cada minuto, de cada segundo que se nos escapa de las manos y no vuelve. Poetas y filósofos han intentado desentrañar el misterio del tiempo y de la muerte, y todos han tenido que ceder ante el misterio.

Como seres espirituales, en cambio, experimentamos la capacidad de amar. Un amor que nos revela el mecanismo del gran tesoro de la naturaleza humana: la libertad. Un amor que nos hace capaces de cooperar en la creación de Dios, que nos hace capaces de dar un sentido a cada una de nuestras obras, de nuestras palabras. Otra vez tanto poetas como filósofos han tratado de agotar los recursos de esta fuente, encontrar el origen de la fuente de la felicidad y se han encontrado con un mar de horizontes infinitos y profundidades insondables.

Amor y muerte son las llaves que nos muestran el tercer pilar de la existencia humana: el paraíso, el “más allá” que ha atravesado todas las culturas y todas las épocas. El misterio de la muerte ilumina nuestro camino en busca del sentido de la vida, el misterio del amor nos guía hacia nuestra realización como hombres, hacia nuestra felicidad. Y sabemos que ambas cosas se encuentran en el umbral de esta tercera certeza misteriosa: más allá de la muerte se encuentra el Cielo.

Y la Cruz es, en este sentido, el culmen de la tragedia humana. Tras el pecado de Adán y Eva, el hombre recorre el mundo buscando el paraíso perdido, la luz abandonada en medio de la oscuridad. La humanidad se encontraba perdida, desde el Pueblo elegido, el de la Alianza hasta el último hombre de la última tribu en los confines del mundo entonces conocido.

Entonces ocurrió lo inconcebible: Dios se hizo hombre y murió por amor para abrirnos las puertas del Cielo.

Cristo es Dios y Dios es amor. Pero en su naturaleza humana el Verbo experimentó también la vacilación y la duda propias de la experiencia de la libertad humana. Experimentó la tentación. Lo observamos en ese momento apasionante del Huerto de los Olivos cuando gime bajo el peso del pecado de la humanidad a su Padre para que le libre de aquella tragedia. Y luego el mayor acto posible de libertad: la entrega de la propia libertad por amor… “Pero que no se haga mi voluntad sino la tuya”.

Y la Voluntad del Padre se cumplió. Y así vemos a Cristo atravesar cada uno de los episodios del Viernes Santo como el último de los héroes trágicos, el Héroe por excelencia: sometido a la farsa de un juicio injusto, sujeto de artimañas políticas y escarnio de la soldadesca y, por fin, cargando con el mismísimo instrumento de su muerte hacia lo alto del Calvario.

Quien haya visitado la basílica del Santo Sepulcro sabe que “lo alto del Calvario” no es, en realidad, tan alto. Parece casi como una burla, una imagen sarcástica del Sinaí y del Horeb, de las pirámides de Egipto y del Templo de Delfos: el hombre siempre ha subido al monte para encontrarse con Dios. El Viernes Santo es Dios el que sube al Monte para salvarnos, para que, de alguna forma, el hombre sea capaz de ir más allá de la cima y hasta el mismo cielo.

Y así Dios murió. Pura y llana verdad. Pero tremenda. La misma tierra se rebeló contra la muerte de su creador, como leemos en los Evangelios: terremotos, el velo del templo rasgado, la oscuridad que se cernió sobre la tierra.

Nuestras mentes también se rebelan. Pero en el fondo tiene mucho sentido. En la famosa Homilía de Sábado Santo, que se lee en las lecturas de ese día, el predicador anónimo nos narra cómo, al morir, Cristo desciende al hogar donde Adán descansa desde su muerte, esperando que alguien le abra la puerta del Paraíso. Que alguien encuentre la llave, una llave suficientemente poderosa como para contrarrestar la espada de fuego que protege el Edén. Cristo desciende a los infiernos, lo levanta y lo guía hacia su destino, el hogar que añora nuestro corazón, la esperanza que nos da sentido: el Paraíso.

Es el comienzo de la Victoria Final. El fin de la tragedia humana. No un fin meramente histórico, por supuesto. La tragedia humana ha logrado, de alguna forma, sobrevivir el paso de los siglos. Y a pesar de la naturaleza autodestructiva del mal, es un hecho que el pecado permanece en el mundo y a veces parece que su fuerza es más grande que nunca. Contra toda lógica humana. Pero no debemos dejarnos engañar. La tragedia ya ha sido superada, el pecado ha sido derrotado, nuestras vidas tienen sentido. Hemos conocido el Amor y el Amor nos ha abierto las puertas del cielo. Después de la muerte está la Vida.

Es en este sentido que la Pasión toca íntimamente el ADN del hombre, las tres columnas fundamentales que nos hacen hombres. Y esta es la bandera de nuestra esperanza, el sentido de la alegría del cristiano: el Héroe ha muerto para salvarnos, “el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres” (Salmo 125).

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