Los pobres salvarán el mundo

Recuerdo muy bien a Doña Mary. Vivía en Provincia uno de esos innumerables ranchos ubicados en el desierto del norte de México. Nos encontrábamos haciendo misiones en ese lugar y visitábamos casa por casa bajo el intenso sol del desierto. Recuerdo que era la última visita de la mañana antes de ir a comer.

Tocamos la puerta y nos recibió una señora, algo mayor, vestida con un delantal y con una discreta sonrisa nos invitó a entrar. Enseguida percibí algo distinto en su rostro: se notaba la presencia del dolor en su mirada. Tomamos asiento, nos ofreció un buen vaso de agua fresca que nos cayó de perlas y comenzó su historia.

¡Qué podíamos decir nosotros, los “grandes” misioneros ante semejante fe! Doña Mary nos contaba sobre su hija que padecía epilepsia y retraso mental. Ella se encontraba a su lado y parecía una niña de 40 años. Nos narró cómo decidió apostar la vida en vez de abortarla en medio del miedo y la presión que surgían por doquier. Además de todo esto, nos contó el dolor que le producía el látigo de la incredulidad y dureza de su esposo. Casi me salen las lágrimas cuando nos contó la historia de una pobre joven soltera, con tres niños, a quien ella preparaba de comer y regalaba, entre sus escasas pertenencias pues el esposo era obrero, alguna suma de dinero.

Dicen que la mejor manera de conocer la pobreza no es leyendo un manual de economía o viendo las fotos de las aldeas de África, sino experimentándola. Cuando salí de esa casa, turbado y a la vez sorprendido, me venían a la mente, una y otra vez, las palabras que el Señor pronunció arriba de una montaña:

“¡Bienaventurados los pobres […] porque de ellos es el Reino de los Cielos!”

¡Qué lejos estamos de esa bienaventuranza! De verdad somos ingenuos al creer que seremos nosotros la “vanguardia de la Iglesia”, los que con nuestros escritos, predicaciones y apostolado vamos a extender el Reino de Cristo. En realidad existe una fuerza oculta, anónima, que sostiene el mundo y que a pesar de su aparente invisibilidad, no disminuye su potencia. Me refiero a todas esas personas que, como doña Mary, viven el Evangelio en toda su simpleza. Que aman y se entregan sin ruido de trompetas. Que en su humildad y sencillez permiten a Dios habitar en sus corazones. Que no predican las palabras del Evangelio, pero sí lo anuncian con el libro de su vida.

Esos son los pobres, los pobres de Yahvé (Sof 3,11–13). Esos pobres son la riqueza de la Iglesia, los que sostienen al mundo, los que hacen presente el Reino, los que se han sabido hacerse niños y por eso de ellos es el Reino. Como bien lo percibió Bernanos:

“¿Queréis una sociedad sin pobres? Pues no tendréis más que una sociedad inhumana, o, más bien, la tenéis ya… El mundo moderno tiene dos enemigo, la infancia y la pobreza. ¿Que no tenéis mas necesidad de pobres que de santos, decís? Bien. Vais a estar viendo ya lo que podrá ser mañana una sociedad sin santos y sin pobres. Por cada pobre menos, tendréis cien monstruos y por cada santo menos, tendréis cien mil monstruos.”

Quizás de ahí el empeño del diablo en hacer lo menos conocido posible esta pobreza. Y yo ¿estoy dispuesto a volverme pobre?

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