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Los platillos favoritos de Dios

Pasó enero, y ya casi febrero. Y ya se nos olvidaron los propósitos de año nuevo. Posiblemente ni los hicimos, o simplemente se quedaron en el tintero, junto con las ganas que teníamos de hacerlos realidad. Y es normal, o al menos comprensible.

La Iglesia Católica es madre y maestra. Conoce perfectamente nuestros despistes más o menos culposos. Y dos meses después del año nuevo, nos ofrece un tiempo especial llamado cuaresma, para recordar y ahora sí ponernos las pilas.

Digo cuaresma, y pienso en pescado, en ceniza, y en no comer dulces. Además, no sé porque, pero en los viernes de cuaresma se antoja más un buen filete de carne asada. Más que los viernes comunes y corrientes. Pero bueno, esa es otra historia. El hecho es que pensamos en sacrificio, que no está mal. Pero ¿qué necesidad de sacrificio? ¿Qué es lo que está detrás?

El Papa Francisco nos invita en su mensaje cuaresmal de este año a renovarnos. Hacer nuevas las cosas. Revivirlas. Recordar por qué vivimos, de dónde venimos, a dónde vamos, y qué nos mueve a vivir nuestra vida con pasión. Renovar nuestros propósitos. Recordarlos y concretarlos. Y si no los tenemos, ponernos delante de Dios para vernos como nos ve Él y buscar agradarle un poco más en lo que nos esté alejando de Él y de su plan original. En realidad el Papa está yendo a la raíz. No empezó por el sacrificio, ni si quiera por la conversión. En el fondo por la lógica misma de la dinámica de la gracia: no hay cambio alguno si no sabemos en qué o a quién tenemos que convertirnos. El cristianismo no es seguir ideas, decía Benedicto XVI, sino a una Persona.

El lugar privilegiado de la renovación interior es el desierto. Ahí pasó el Señor cuarenta días. Porque el desierto para los judíos era encontrarse con Dios. Fue el lugar en dónde Dios salvó a su Pueblo del faraón de Egipto y sus soldados. Fue donde selló su alianza con ellos. Fue donde los israelitas sintieron hambre, y se dieron cuenta que no sólo de pan vivía el hombre. Fue la escuela en dónde Dios le enseñó a su Pueblo que para sobrevivir y alcanzar la tierra prometida, se tenía que vaciar de Él mismo, para llenarse de lo único importante.

El profeta Isaías en el capítulo 58 nos ofrece ideas para el ayuno, cuando Dios le hace ver el tipo de ayuno que le agrada más a Dios: “El ayuno que yo quiero es éste: abrir las prisiones injustas, desatar las coyundas de los yugos, dejar libres a los oprimidos, romper todas las cadenas; partir el pan con el que tiene hambre, dar hospedaje a los pobres que no tienen techo; cuando veas a alguien desnudo, cúbrelo, y no desprecies a tu semejante.” Con esto, ya tenemos bastantes ideas para sacrificios de cuaresma. Ayunos agradables al corazón de Dios. Sus platillos favoritos.

Hoy, en el 2015, nos falta desierto. Vivimos un empache de ruido, un trajín de emociones y quehaceres sin fin, una indigestión de pseudo necesidades generadas por nosotros mismos que nos hacen olvidar las esenciales. Sólo si nos adentramos voluntariamente en una experiencia de desierto de esos ruidos, de imágenes, de malos hábitos, de críticas, de envidias o de indiferencia hacia los demás y hacia Dios, podremos encontrarnos con nuestra esencia. Y ahí en el desierto renovaremos nuestra propia imagen, y seremos semejantes a Dios. En ese desierto personal sucederán milagros que ni te imaginas. Dios te hará más fuerte. Sólo falta que le entres.

“Cuando destierres de ti los yugos, el gesto amenazante y las malas intenciones; cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, entonces brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía” (Is 58)

Soy mexicano. Me gusta tocar el piano y comer rico. Me encanta escribir y compartir experiencias con amigos. Me gusta viajar y conocer gente nueva. Estoy enamorado de Cristo y la Iglesia Católica por quien vivo y a quien busco servir con todo mi corazón. Soy Legionario de Cristo en formación.

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