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Lo que Él hizo por sus enemigos

Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas. Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.” (Mt 5, 38-48 / VII domingo del tiempo ordinario A)

 

 

Resulta interesante la reflexión que nos propone el Pseudo-Crisóstomo: Sin este precepto, la ley no podría subsistir. Si siguiéramos al pie de la letra el antiguo proverbio – “ojo por ojo, diente por diente” – y devolviéramos mal por mal, todos terminaríamos siendo malos. En cambio, si según el precepto de Jesucristo, no ponemos oposición a lo malo, aunque los malos no se calmen, al menos los buenos continuarán siendo buenos. Si alguien me roba o me pega y yo le hago lo mismo de regreso: ¿él va a parar o va a tener más ganas de volverme a robar o pegar?

Como podemos ver, la lógica de Dios es siempre muy sencilla. El bien es positivo; el mal, negativo. El objetivo final: sumar la cantidad más alta posible. Claro que el Señor sabe que no siempre será fácil. Todos somos seres humanos débiles. Cuando vemos números rojos, nos ponemos rojos de furia y queremos pagar con la misma moneda. Pero eso sólo significa hundirse más en el hoyo. Pero él lo sabía… y por eso vino y nos dio el ejemplo.

San Pablo se dio cuenta de esto y nos lo dejó escrito: “Si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvados por su vida!” (Rom 5,10). Estábamos enemistados con Dios. Lo habíamos ofendido de la peor manera posible… a Él que es puro Bien. Y él no respondió con ira, fuego del cielo y castigos eternos. Dios nos mandó a su Hijo amado. Y se hizo hombre como nosotros. Nació escondido, rechazado por los hombres. Desde el día de su nacimiento sufrió la persecución. Y Él sólo nos amaba más… hasta el extremo (Jn 13,1).

Cristo no vino a ponernos retos imposibles. Tampoco nos pide cosas que él mismo no está dispuesto a dar. Por eso, no sólo puso su mejilla, sino todo su cuerpo, toda su vida, toda su humanidad y divinidad. No sólo caminó con nosotros hace 2,000 años, sino que sigue haciéndolo hoy, cada día, en la Eucaristía. Y antes que le pidamos algo, Él ya nos lo está dando. ¿Qué más podíamos pedir? Sólo nos queda dar. Porque amor, con más amor se paga… y como dice la canción: A steady beat goes 1, 2, 3, 4. A steady heart goes “I love you more”… (Treble Hear, Anna Graceman)

"Me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad!" (Sal 15,6) Nací en El Salvador. Sólo Dios sabe cómo llegué a la Legión: lo que importa es que ya estoy donde quiero estar. Ahora trabajo en la promoción vocacional en Centroamérica, mientras me acerco cada vez más al sacerdocio.

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