Leyendo los signos de la vida

“En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y gloria; enviará a los ángeles y reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo. Aprended de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis vosotros que esto sucede, sabed que él está cerca, a la puerta. En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. En cuanto al día y la hora, nadie lo conoce, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, solo el Padre.” (Mc 13,24-32 / XXXIII Domingo Ordinario B)

 

Si vemos cuatro aros entrelazados en fila, decimos “Audi“. Cuando alguien lleva una cartera o una maleta plagada de “LV”, sabemos que esa persona puede pagarse “Louis Vuitton“. Ya no digamos las clásicas: Nike, Adidas, Coca Cola, Pepsi, Amazon, Facebook, Twitter, McDonald’s, Xbox, MasterCard, Apple, Windows, Domino’s, Honda, LG… Para eso existen los símbolos y los logos. Nos muestran una cosa sencilla para que nosotros hagamos clic con algo mucho más grande y complejo. Todos preferimos decir “UNICEF” que “United Nations International Children’s Emergency Fund“.

También en la vida espiritual hay símbolos, señales, que nos pueden ir diciendo cómo vamos. El Señor nos dio una gran capacidad intelectual – a unos más que a otros, claro… pero a todos suficiente – para poder leer estos signos, para interpretarlos y actuar de la mejor manera. Hoy quiero mencionar uno: el primer signo o “muletilla” de la mediocridad, que nos presenta Mons. Munilla en su charla: “14 muletillas de la mediocridad“.

Cada vez, con más frecuencia, uno escucha esta frase: “Y ¿qué tiene de malo?”. Esperemos que hablen de lo que hablen, no tenga nada de malo. Puede ser que incluso se trate de algo que en sí puede ser bueno. Pero en la vida espiritual, en nuestro camino a la santidad, la cuestión no es evitar el mal, sino buscar el bien, buscar la perfección. La pregunta correcta sería muy diferente: “¿Qué gano con esto? ¿Me hace más santo? ¿Es el mejor camino hacia Dios, para mí, en este momento?

Por más mapas que tenga, por más señalado que esté el camino, si no sé leer e interpretar los signos, no voy a llegar a ninguna parte. Me voy a perder. En el mundo de hoy, muchas veces, nos perdemos por no leer e interpretar los signos de los tiempos y de la vida espiritual. Pero Él ya nos dio la solución: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6).

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