Lectio Divina «… Os habéis revestido del hombre nuevo…»

«No os mintáis unos a otros, pues despojados del hombre viejo con sus obras, os habéis revestido del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador, donde no hay griego y judío; circuncisión e incircuncisión; bárbaro, escita, esclavo, libre, sino que Cristo es todo y en todos». (Col 3, 9-11).

Lectio

(¿Qué dice el texto?)

Un primer elemento que nos ayuda a entrever el mensaje que este texto nos quiere transmitir, lo encontramos observando su lugar dentro de ésta misma carta a los cristianos de Colosas. Antes de estas palabras, San Pablo ha hecho una exposición doctrinal para responder a algunos posibles errores que amenazaban la fe en Cristo de aquella región. En concreto, atañe a ciertas doctrinas que de alguna forma parecían disminuir el valor de Cristo y por ello de su acción redentora, concibiéndolo como un ser de tipo angélico o humano especialmente favorecido, pero no como Dios, condicionando, por ello, también su obra salvífica. Para responder a ello, Pablo hace una magnífica profesión de fe en Cristo “Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas” (Col 1, 15-16). Cristo, que es Dios “es también la cabeza del cuerpo de la Iglesia: Él es el Principio, el primogénito de entre los muertos, para que sea él el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la plenitud, y reconciliar por él y para él todas las cosas” (Col 1, 18-19).

De la “reconciliación en Cristo de todas las cosas” con su entrega en la cruz, se deriva el nuevo status de vida para el creyente en Cristo: “Os ha reconciliado ahora, por medio de su muerte en su cuerpo de carne, para presentaros santos, inmaculados e irreprensibles ante Él” (Col 1, 22). De hecho nos recuerda que los cristianos hemos sido asociados a su muerte por el bautismo: “Sepultados con él en el bautismo, con él también habéis resucitado por la fe” (Col 2, 12). Cancelando así “la nota de embargo que había contra nosotros” Precisamente “clavándola en la cruz” (Col 2, 14).

Ello nos hace ver que para San Pablo el “hombre nuevo” tiene su fundamento en Cristo, en su amor por nosotros, en la entrega con la que nos ha salvado.

Una segunda mirada al texto la podemos fijar en las consecuencias que ésta condición de “hombres nuevos” implica para los destinatarios de ésta carta de San Pablo. Colosas fue una ciudad de la Frigia, vecina de Laodicea y Gerapolis, en buena comunicación con Éfeso de la que no distaba más de 200 kilómetros. En aquel tiempo, esta zona de Asia menor estaba poblada de diversas razas y religiones, por lo que además del sincretismo que Pablo busca combatir, se daban situaciones de obvios contrastes sociales y culturales. Es a estos cristianos que Pablo dirige la carta, que incluso pide se lea también a los hermanos de Laodicea (Cfr, Col 4, 16). De cara a esta variopinta situación cultural, que parece reflejar más bien nuestra época, el apóstol exhorta a superar las divisiones: que no haya ya griego o judío; circunciso o incircunciso, bárbaro, escita, esclavo o libre, sino que Cristo sea todo en todos (Cfr Col 3, 11). Es una llamada a la unidad, al amor, “que es el broche de la perfección” (Col 3, 14). Pero a un amor que nace de la vida en Cristo, la nueva vida del cristiano. Una forma de vida, frente a otras, pero que es camino de verdadera plenitud, en Cristo, pues “cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él” (Col 3, 4). De esta forma, San Pablo “deduce”, de la sublimidad de Cristo, la perfección de la vida cristiana a la que estamos llamados.

Un tercer encuadre de enfoque lo tomamos con relación al corpus paulinum y a otros textos de la sagrada escritura. Sin pretender ser exhaustivos, podemos ver cómo, en relación a ellos, es una idea que adquiere perspectiva, por decirlo de algún modo. Por ejemplo, ¿a qué se refiere Pablo al hablar de nueva vida? ¿De dónde nace? ¿Qué la cambia?

Estas preguntas ya nos tocan personalmente a cada uno de nosotros y de cara a la vida de Saulo de Tarso es obvio que nos adentramos en lo más profundo de la motivación misionera del gran apóstol de las gentes. El cambio para él no suponía dejar una vida inmoral o poco religiosa, no fue una conversión “catártica”, de esas que tocan fondo y, como no se puede seguir bajando más, provocan un cambio. La vida nueva para el converso del camino de Damasco, suponía dejar una vida de la que uno se podía sentir orgulloso: fiel observancia a ley, prestigio, fama ganada dentro del judaísmo… ¿por qué cambiar vida si todo era tan bueno? No puede ser sino por un encuentro con Alguien que toca de lleno la vida, tan a fondo que San Pablo expresó así: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Esta vida en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí” (Gal 2, 20). A Saulo, orgullosamente fariseo, cumplidor estricto de la ley, lo cambió el Amor que le salió al camino. La experiencia del Aquel que dijo: “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15, 13). La nueva vida es por ello el morir al pecado para vivir en Cristo Jesús (Cfr. Rm 6, 11). Pero no un simple trabajo en negativo, sino una llamada a amar con Cristo, una llamada a entregar la vida como él y con él, pues “Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él” (Rm 6, 8). La exhortación paulina a revestirnos del “hombre nuevo”, es una invitación a vivir y dar la vida en el Amor, ese amor que supera toda división y distinción, y que es camino de la mayor plenitud posible: la vida en Cristo.

Meditatio

(¿Qué ME dice el texto?)

1) Preguntar: ¿Qué me quieres decir Señor? ¿Acaso me llamas una vez más a volver al amor primero, a un amor real que te encuentra en el que me rodea? Tal vez en palabras del Papa Francisco me quieres decir que “salga a la periferia”, que me atreva a superar mi círculo personal y, superando las naturales divisiones, me atreva a “demostrar con obras mi fe” (Cfr. St 2, 18). Recordándome que has dado la vida por mí, tú que eres la cabeza de un cuerpo, tú que eres la plenitud de la creación, ¿no es que pretendes decirme como aquel día “ve y haz tú lo mismo”? Me invitas a ahondar en mi vida la convicción de que la fe no va separada de las obras. A mí como bautizado, como seguidor tuyo, como llamado por ti, me haces ver que el seguimiento coherente de ti implica subir a la cruz contigo y dar la vida en tu amor.

2) Personalizar: Y es que este texto que resuena en mí, no puede ser sino una llamada a mí, a obrar yo, a entregarme yo, a seguirte yo. Y si resuena hoy, es porque te importa mi vida actual, la situación por la que paso en este momento y me hablas, no para terminar de sofocarme con un requisito más, sino porque quieres ser respuesta a los anhelos, ilusiones y necesidades que tengo en este momento. “Tu palabra Señor es luz para mis pasos” (Salmo 118) y si me la das ahora, en este momento, es para para iluminar un recodo de mi vida que tal vez pasa desapercibido y que quieres tu colorear. Tu voz viene a mi vida en este momento para romper una soledad que no quieres que sufra… tu palabra una vez más es de amor, me recuerdas que a la base de todo, no está lo que yo puedo hacer por ti, ni lo mucho de lo que me pueda sentir orgulloso, sino lo que tú has hecho por mí, como San Pablo. Buscas llamar mi atención para recordarme que tú, Primogénito de toda Creatura, por el que fueron creadas todas las cosas… cuando todas ellas se creaban, tú pensabas en mí. Es por ello que te diriges a mí en este momento, para recordarme que mi grandeza es tu amor por mí.

3) Confrontar: Sin embargo, Señor, tu palabra no es nueva en mi vida. Ahí, en el fondo de mí, hay un eco de ella. La comprendo, la acepto, la creo, pero no termina de encenderme. Cuántas veces he intentado responder a tu voz que me busca en el jardín en el que me has puesto, pero algo ha cambiado en el hombre, algo ha sido dañado y mi voz no puede oírse. Todos mis intentos son vanos, quiero volver a ti, pero no tengo las fuerzas suficientes. Quisiera dar la vida por los demás, pero siempre termino salvando lo propio. “Me complazco en la ley de Dios (…) pero advierto otra ley en mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte? ¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor!” (Rm 7, 23-25).

Oratio

(¿Qué le digo al texto? ¿A Dios que me ha hablado en el texto?)

Señor oigo tus palabras, tu voz que me vuelve a llamar, que no pierde la confianza en mí. Pero en el fondo sé que soy débil, sé que te fallo y sabes lo que nos cuesta seguirte. Por ello en estos momentos me vienen a los labios las palabras que yo sólo no sé dirigirte y que pronuncio con toda la Iglesia: “Oh Dios, que desde el principio del mundo haces cuanto nos conviene, para que seamos santos como tú mismo eres Santo, mira a tu Pueblo y derrama la fuerza de tu Espíritu por la entrega de tu amado Hijo Jesucristo, en quien nosotros somos hijos tuyos. Pues cuando nosotros estábamos perdidos y éramos incapaces de volver a ti, nos amaste hasta el extremo. Tu hijo, que es el único justo, se entregó a sí mismo en nuestras manos para ser clavado en la cruz. Él, con sus brazos extendidos entre el cielo y la tierra, trazó el signo indeleble de tu alianza, reconciliando todas las cosas en sí mismo por su sangre derramada en la cruz. Así, pues, por su recuerdo, mira con amor, Padre de bondad, a quienes llamas a unirse a ti, y concédeles que, participando del único sacrificio de Cristo, formen, por la fuerza del Espíritu Santo, un solo cuerpo, en el que no haya ninguna división” (Cfr. Plegaria Eucarística sobre la reconciliación I).

Ayúdame Señor a permanecer en ti. Creo que estar en ti significa ser creatura nueva (Cfr. 2 Cor 5, 17). Tu invitación a volver al primer amor toca de lleno mi vida, comprendo la grandeza de tu llamada y no puedo sino pedirte una vez más: “¡Hazme volver Señor y volveré!” (Cfr. Lam 5, 21).

Hoy me has salido al encuentro en mi camino para decirme que las obras te importan, pero que aún más te importo yo. Tú le das sentido a mis acciones y proyectos, me haces ver que todo es hueco y vano si no parte de ti, del encuentro con tu amor, con tu misericordia. Tu respuesta a mis necesidades es tu entrega, hasta el extremo, por mí. Sabes que si no comprendo en mi vida todo el amor que me tienes, difícilmente lo podré transmitir a los demás. Quieres cambiar mi legalismo, mi “corazón de piedra” en un “corazón de carne”, un corazón que obra por amor a Dios. Toca mi vida Señor, pues sólo si experimento tu amor podré amar como tú me has amado (Cfr. Jn 13, 13).

Contemplatio

(¡Muéstrame tu rostro, Señor!)

Ante tu cruz, “signo indeleble de tu alianza”, me pongo para adorar tu majestad. Para honorar al Rey que ha querido venir a reinar en nuestra vida con tal amor. A darte gracias porque lo que valgo es sólo por ti, porque el Rey del universo se ha fijado en mí (Cfr. Salmo 45); porque en mi miseria me has mirado, te has detenido, me has recogido, cuidado y lo que soy, lo soy por ti (Cfr. Ez 16). No puedo sino luchar por ti, para que tú reines en el corazón de los hombres, y ante ti, pongo mi vida para entregarla por este ideal. Tal amor no nace de mí, tú eres la fuente, tú amor total en la cruz me recuerda que reinar es estar clavado aquí contigo ¡¿Cuánto falta para estar plenamente contigo?! ¡Que venga tu Reino, Señor!.

Operatio

(¿Cómo deseas que lo lleve a la vida, Señor?)

“La palabra que sale de tu boca no volverá a ti vacía” (Cfr. Is 55, 10-11). Ha llegado a mi vida y me gustaría no esconder tu talento y tener fruto a tu regreso. Por ello, personalmente, buscaré más contacto con tu palabra en la Sagrada Escritura y más tiempo a tu lado en la Eucaristía. Para que tu amor inflame mi vida y la contemplación de ti, me mueva a obrar en favor de mis hermanos.

Que en mi vida diaria, la cruz que llevo, me recuerde siempre que tú has dado la vida por mí y sea el estímulo para poder entregarme también yo por los demás.

Consciente de tus palabras “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 13, 34) y de ese amor con el que te revelas a tus amigos: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn. 15, 13), he de acoger la invitación de San Pablo a superar la división para que tú seas todo en todos. De forma particular, esforzándome en “perdonar de corazón” según la virtud que me has dado en el patrono para este año, buscando revestirme de entrañas de misericordia, de bondad, de humildad, mansedumbre, paciencia (…) del amor, que es el broche de la perfección (…), perdonando como el Señor me perdonó (Cfr. Col 3, 12-14).

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