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Jugarse la vida a una carta: la vocación

Cuando dices “quiero un helado”, normalmente no quieres decir que el helado es el secreto de la felicidad, que podrías irte a una isla desierta y devorar Häagen-Dazs furiosamente por el resto de tu vida terrena, ni que ese pote gélido sabor de Strawberry Cheesecake contiene la última clave de tu existencia y la respuesta definitiva a tu búsqueda antropológica. Vamos, normalmente no. Por eso dice Ortega y Gasset que “querer” tiene dos significados. El primer significado, el más común, es el de desear un medio para alcanzar un fin. Quiero un helado para saciar mi hambre, para saciar mi antojo de ese placer momentáneo que me proporciona ese sabor a nueces de macadamia; quiero un helado porque es parte de ese rito social por el que debemos comer o fumar o beber para tener una excusa de hablar y estar juntos. Cosas ya sabidas, que hemos explorado en otros temas, como el “argumento del café”.

El segundo significado es querer en sentido fuerte: es afirmar un valor, es hacer algo que vale por sí mismo,  que merece ser hecho, algo que es un fin, no es sólo un medio para conseguir otra cosa. Cuando queremos algo de este modo, nos dice Ortega, unificamos toda nuestra personalidad:

Entra en ejercicio lo más profundo de nuestra personalidad, y reuniendo todos nuestros poderes dispersos, haciéndonos, por caso raro, solidarios con nosotros mismos, siendo entonces y sólo entonces verdaderamente nosotros, nos ligamos al objeto querido sin reservas ni temores. De suerte que no nos parecería soportable vivir nosotros en un mundo donde el objeto querido no existiera; nos veríamos como fantasmas de nosotros mismos, como infieles a nosotros mismos.

Y esto lo dice Ortega contemplando un cuadro del Greco, que representa a un grupo de mártires a punto de ser ejecutados. En la pintura uno de ellos, Mauricio, anima a sus compañeros a entregar la vida.  Y ése, según Ortega, es un ejemplo de qué significa querer algo de verdad: esos mártires, en un solo acto, hacen lo que el resto de los hombres hacen a lo largo de toda una vida, esto es, afirmar tu personalidad, decidir qué quieres, y, por tanto, quién eres.  Los mártires encarnan lo que Chesterton llama el valor cristiano, que consiste en despreciar la muerte; no el valor chino, que consiste en desdeñar la vida.

Pero bueno, eso sucede pocas veces. Muchas veces no queremos las cosas tan de verdad. Y esto, a veces, por superficialidad: vivimos dejándonos empujar por una cadena inacabable de ocupaciones y deseos dispersos, sin tomar con fuerza las riendas de nuestra vida. Otras veces, en cambio, no queremos así porque creemos sinceramente que nada merece tanto la pena: que todo vale igual e igual de poco, y que, por tanto, da igual en qué carta gastar las monedas de tu existencia. Es lo que dice Ortega del aventurero Don Juan Tenorio, al que “como todo le parece del mismo valor, consecuente con su corazón, está dispuesto a ponerla sobre cualquier cosa, por ejemplo, sobre este caballo de copas. Tal es la tragedia de Don Juan: el héroe sin finalidad

Y de eso va la vocación. La vocación de consagrarse totalmente a Dios es la respuesta a una invitación. Una invitación a jugárselo todo, como esos mártires, a una sola carta: Jesucristo. A creer que esa carta pueda ser la cifra de su realización personal, la clave de tu existencia, “el único Nombre”, el Rey de reyes que contiene y engloba todos los demás reyes y reinas de espadas, de oros, de corazones: la Luz en la que todos los colores se funden en uno, de la que procede toda la verdad, bondad y belleza de este mundo.

Suena a locura. Y la opción suena aún más descabellada, si tenemos en cuenta que es una apuesta a una carta cubierta. Como en el final de la partida de póker en Maverick, de Mel Gibson, en el que su adversario se escandaliza y se indigna: “¿no vas a mirar la carta? ¿Vas a jugártelo todo a una carta cubierta? ¿a qué estás jugando?”

https://www.youtube.com/watch?v=BabqKVmYupY

Este escándalo, esta aparente locura, es también parte de la fuerza de la vocación, que es también una provocación, una profecía, que saca al mundo de sus categorías de egoísmos cotidianos y de sus cálculos de medios y de fines y te sugiere un “¿Y si tuviera razón? ¿Será verdad?”

En realidad, por otra parte, la vocación  no es un paso ciego…el que se decide a jugárselo todo por Cristo, ha encontrado muchos signos en su vida. Tantos, que a veces parece que si estos callasen, gritarían las piedras. Ha experimentado, al inicio de su vocación y durante su vida, muchos momentos de profunda experiencia de Dios, momentos en que se experimenta una presencia de una majestad,  belleza y amor sobrecogedores. Pero, estrictamente hablando, no hay evidencia. Nunca te podré demostrar que esa voz en mi alma no es producto de algún oscuro mecanismo inconsciente. En esta vida, nuestro encuentro con Dios se da siempre veladamente, “como en un espejo”. Y este velo es el que hace que esta carta del Rey de reyes, que debería hacer temblar a los montes con su presencia,  aparezca en cambio como el grano de mostaza, la más pequeña de todas las semillas; que aparezca como un crucificado en quien no había belleza para que le miráramos.

Así que sí, ciego: dicen que el amor es ciego. Será por eso, quizás, que en las leyendas de todos los tiempos se presenta a los ciegos como a los verdaderos videntes, los que ven más allá. También en el evangelio son los ciegos los primeros en llamar a Cristo Rey, en llamarlo “Hijo de David”. En realidad, sólo el amor conoce de verdad, sólo el amor penetra la realidad hasta su última verdad. Cuando un chico se enamora de una chica, y los demás no entienden “qué le ve”, los que están ciegos son ellos. Él ha descubierto un valor que siempre ha estado en ella, pero que no era accesible a todos, no era evidente. Sólo él conoce el valor real de esa perla. El consagrado a Dios es el hombre de lo invisible.

Por otra parte, también es verdad que esa experiencia le da al consagrado una nueva mirada sobre lo visible. Porque, como explicaba en otro artículo, citando a san Juan Pablo II,

Precisamente gracias al progresivo desapego de lo que en el mundo le impide lograr la comunión con su Señor el monje considera el mundo como lugar donde se refleja la belleza del Creador y el amor del Redentor (…)  Con esta actitud, a veces, el monje puede contemplar ese mundo ya transfigurado por la acción deificante de Cristo muerto y resucitado”.

Es decir; gracias a la libertad de espíritu que le da el no encadenarse a ninguna otra “carta”, el consagrado o consagrada puede amarlo todo, y disfrutar de todo: porque no le pide a ningún ser finito que le dé el Infinito que anhela, y porque sabe que la Realidad, el Universo entero es signo de la Belleza y Bien que irradia el rostro de Jesús de Nazaret. Es precisamente en y gracias a esta existencia crucificada, de renunciar a todo por amor a Él, que experimenta, como San Pablo, que “todo es vuestro”: los atardeceres, las montañas, la música, los pobres, la amistad, la belleza, las cervezas frías, el deporte, el arte, la poesía, las películas, la Filosofía, el dolor, el amor de todas las personas que encuentra en su camino…el Cielo, la Tierra, la Historia, ¡todo! Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios.

¿Cómo es esto posible? El que lo experimenta no sabe explicarlo, y el que no, es incapaz de comprenderlo. Hay que vivirlo.

#AntropologíaExistencial

Felizmente consagrado a Dios como religioso legionario de Cristo. INFJ, Libra, 0 negativo ;-) 2% práctico. Entre mis aficiones: amar a Dios, servir a los hombres, conquistar el mundo para Cristo.

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