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Las vírgenes luchadoras

“Entonces se parecerá el reino de los cielos a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes. Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: “¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!”. Entonces se despertaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: “Dadnos de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas”. Pero las prudentes contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis”. Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo: “Señor, señor, ábrenos”. Pero él respondió: “En verdad os digo que no os conozco”. Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora».” (Mt 25,1-13 / XXXII Domingo Ordinario A)

 

 

Todos hemos sido testigos, en algún punto de nuestra vida, de la diferencia entre quien estudia para el examen y quien estudia para la vida. El primero non suele poner mucha atención en clase, estudia la noche antes del examen (o en la mañanita, al llegar al cole) y suele ir raspando cada materia… a menos que lo único que le importe sea que los demás lo vean como inteligente y capaz: entonces, hace todo al revés y saca las mejores notas, pero por los motivos equivocados.

El segundo, en cambio, puede saber mucho o poco, puede sacar 100 o apenas ir pasando, puede bastarle una mirada al libro o tener que invertirle día tras día de repaso… pero lo que aprende, lo lleva inscrito en el corazón. Sabe que después del examen, la vida sigue adelante. Cada detalle, cada pedazo de información que recibe puede serle útil en el futuro.

He tenido la gracia de compartir escritorio de escuela y de universidad con cientos de personas. He visto de todo… Pero los que más me han impresionado, son los luchadores. Quizá para algunos las matemáticas resultan fáciles, quizá algunos aman la historia y la literatura, quizá algunos podrían filosofar mientras se toman el café de la mañana. Pero no todos la tienen tan fácil. Cada quien tiene sus luchas, sus dificultades.

A quien encuentra dificultad en el estudio, se le abren varias posibilidades. Podría intentar pasar, como pelota de Pinball, aguantando cada golpe. Podría tomar el atajo y copiarle a alguien más o llevarse la copia escrita en el pañuelo. Podría incluso rendirse… O podría ser valiente, tomar la espada en mano y enfrentar al dragón. Los demás evitan el problema; sólo este lo vence.

Uno que lucha sabe que no se puede rendir. Tiene que estar listo para todo. Su vida vale más que un examen: no puede dejarse ganar. Pero tampoco estudia para sacar la mejor nota, para que lo vean y le aplaudan. Un luchador aprende porque la información es poder, porque “más vale adquirir sabiduría que oro, mejor poseer inteligencia que plata” (Prov 16,16). Saber o no saber algo puede ser decisivo en una oportunidad futura o la diferencia entre vida y muerte.

Delante de un entrevistador para una oportunidad de trabajo, no importa cuántos exámenes pasé con 10, sino lo que sé hacer con lo que aprendí. Ante un posible inversionista o bienhechor, no importan los aplausos y las medallas, sino la humanidad y la pasión que le inspiren a confiarme su dinero. Ante un desastre natural, un accidente, no importa lo escrito con tinta en boletas de papel, sino lo escrito con sangre y sudor en el corazón.

Las vírgenes prudentes del evangelio son luchadoras. Estaban listas para el único examen que cuenta: el examen final de la vida. Las otras se la pasaron de arriba para abajo, disfrutando de lo superficial de la vida, viviendo del momento… y a la hora de las horas, no estaban listas. Para las vírgenes prudentes no fue fácil, se lo aseguro… pero no se rindieron en su lucha: mantuvieron siempre su luz encendida. Trabajar duro, guardado las cosas en su interior. Quien vive para ser visto, para el aplauso de los hombres, ya ha recibido su paga en esta vida (cf. Mt 6,1-6); quien vive para el Bien, quien vive para Dios, tiene una gran recompensa esperándole: el ciento por uno y la vida eterna (cf. Mc 10,28-30).

"Me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad!" (Sal 15,6) Nací en El Salvador. Sólo Dios sabe cómo llegué a la Legión: lo que importa es que ya estoy donde quiero estar. Ahora trabajo en la promoción vocacional en Centroamérica, mientras me acerco cada vez más al sacerdocio.

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