Las plantitas de Dios

“Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.” (Jn 15,1-8 / V Domingo de Pascua B)

 

 

En mi casa, he plantado una vid. La planté hace un año. Yo no sé si lo que le falta es agua o abono o luz… pero ya no está creciendo. Y que ni se le pidan uvas… si apenas saca un par de hojas. Siendo yo el que la consiguió y la sembró, me siento algo triste y decepcionado. Yo ya quisiera verla grande y cargada de uvas.

Creo que algo así se ha de sentir Dios cuando nos ve a algunos de nosotros. Él nos ha sembrado en tierra fértil. Nos ha regado y abonado. Nos ha concedido su gracia, luz del sol para nuestra alma. Nos cuida día y noche. La diferencia entre Él y yo cuidando mi planta… es que Él sí sabe lo que hace, y lo hace muy bien.

Creo que todos hemos plantado una flor o un arbolito alguna vez. Lo hemos cuidado. Hemos esperado los frutos, los brotes de colores y aromas de esa rosa, esa orquídea, ese jazmín… Y sabemos que da cólera cuando lo único que encontramos son dos ramitas todas secas. Quizá yo no puedo hacer nada para salvar mi plantita… pero está en mis manos para que la plantita de Dios – ¡yo! –, dé fruto y lo dé en abundancia. Él ya puso todo de su parte: ¿qué voy a hacer yo de la mía?

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