Las Obras de Misericordia (VI)

Luego del artículo anterior, donde reflexionamos sobre las últimas dos obras de misericordia corporales, pasamos ahora a reflexionar sobre las obras espirituales. Como puse en el tercer artículo de esta serie de escritos, “las obras espirituales, se centran en el perdón, la corrección fraterna, el consuelo, soportar el sufrimiento, etc.”, por lo tanto, se enfocan en lo íntimo de las personas, en su espíritu, cosa que muchas veces, las principales dificultades de la vida, las encontramos en este ámbito. Es por esto que la Iglesia nos propone vivir las siete obras de misericordia espirituales, pues como Madre, vela por el bien de cada uno de sus hijos y del mundo entero.

El Papa Francisco, en la bula de convocación del jubileo extraordinario de la misericordia, nos dice: “en este Año Santo, podremos realizar la experiencia de abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que con frecuencia, el mundo moderno dramáticamente crea” (Misericordiae Vultus, 15). Con estos artículos y las acciones de cada uno, nos estamos preparando para el año de la Misericordia, pues reflexionando y cumpliendo las obras de misericordia, estaremos llegando a esas “periferias existenciales” que nos habla el Papa: a los enfermos, hambrientos, sedientos, peregrinos, desnudos, encarcelados, difuntos, ignorantes, desorientados, cautivos, calumniadores, tristes, y las dos últimas obras espirituales nos incluye a todos: al prójimo, vivos y muertos.

En la Encíclica de san Juan Pablo II, Dives et Misericordia, encontramos un texto que nos habla de las obras de Cristo en la tierra, diciendo que éstas son “modelo del amor misericordioso hacia los demás”, es decir, todos estamos llamados a imitar las obras de Jesucristo, que son obras de misericordia, porque Él es la Misericordia; y de pasada, sabemos que al ayudar al prójimo, también lo hacemos a Cristo (cf. Mt 25,24), ganando méritos para el cielo.

¿De dónde vienen estas obras de misericordia espirituales? Al igual que las corporales, todas vienen de la Biblia, aunque debemos considerar que no son tan implícitas como las corporales. Sabemos, por artículos anteriores, que la Biblia se interpreta con la ayuda de la Tradición de la Iglesia; así, fueron los Padres de la Iglesia quienes fueron poniendo nombre a estas obras, basándose en el ejemplo de vida de los primeros cristianos, y, encontrando el fundamento bíblico en ambos Testamentos, para cada una de las obras espirituales. Además, a pesar de que Cristo no las haya listado así como lo hizo con las corporales, nos enseñó una actitud y una manera de vivir, promoviendo: el perdón, la corrección fraterna, el consuelo, soportando el sufrimiento, etc., actitudes que se ven reflejadas estas siete obras.

Con esta introducción, pasamos a reflexionar sobre la primera obra de misericordia espiritual: enseñar al que no sabe. Una de las bases bíblicas la encontramos en el Antiguo Testamento, cuando el profeta Daniel dice: “quien instruye a muchos para que sean justos, brillarán como estrellas en el firmamento” (Dan 12, 3b); y otra la sacamos de las palabras de Jesús: “el que cumpla y enseñe los mandamientos será grande en el Reino de los cielos” (Mt 5,19). Además, en los evangelios hay innumerables ocasiones en que Cristo enseña a la muchedumbre, encontrando frases como estas: “aún estaba Jesús hablando a la gente” (Mt 12,46), “Maestro, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano cuando me ofenda?” (Mt 18,21), e incluso nos previene de los falsos profetas: “tengan cuidado con los falsos profetas: se les acercan disfrazados de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces” (Mt 7,15).

Esta obra de misericordia nos invita a enseñar al ignorante sobre temas académicos, de actualidad y religión, es decir, todo tipo de enseñanzas; teniendo en cuenta que, utilizando la palabra “ignorantes”, me refiero a todos aquellos que no saben “algo sobre algo”, por lo tanto, aquí todos nos vemos incluidos. Por lo mismo, tenemos un gran margen de acción; y no es necesario ser profesor (quienes nos llevan la ventaja en esta obra), o ayudar a alguien con clases particulares (que está muy bien), sino que en el día a día podemos ayudar a muchas personas a ver la luz de la verdad. A veces, por respeto humano nos puede pasar que no nos atrevamos a decir lo que pensamos, lo que opinamos, y sin embargo, para el cristiano es fundamental (especialmente si se trata de enseñar la Doctrina Católica), pudiendo pecar de omisión, cuando por miedo o indiferencia, no compartimos nuestro saber al que lo necesita.

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