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Las Obras de Misericordia (V)

Reflexionando en las dos Obras de Misericordia que veremos en este artículo, daremos fin a la serie de escritos sobre las obras corporales, para luego pasar a las espirituales. Las corporales, como hablan del cuerpo, cubren las necesidades básicas del ser humano y es importante que toda la sociedad las tome en cuenta porque se tratan de algo sagrado: la dignidad humana. Hablaremos ahora sobre redimir al cautivo y enterrar a los muertos.

El diccionario de la lengua española define “cautivo” como un prisionero de guerra, aunque también lo relaciona con aquellos cristianos, que en momentos de persecución, son tomados como prisioneros por los infieles. La Iglesia vincula esta Obra de Misericordia también con la visita a los encarcelados, pues sin importarnos ahora lo que hicieron, siguen siendo humanos y requieren la dignidad como tal. Acertado es el dicho que reza: “se condena el pecado, no al pecador”. Es así, cómo la Iglesia enfrenta a los que se desvían del camino del bien, no aprobando sus obras, pero respetándolos como humanos y buscando ayudarles en su vida material y espiritual. Todos necesitamos de cariño y amor, y a veces, el que erra, necesita de mayor ayuda, pues puede sentirse sólo, con las consecuencias propias de esta situación. Podríamos decir: ― ¡pero él activó la bomba que mató a centenares, ¿qué dignidad merece?! ―, de nuevo, la Iglesia no está aquí para condenar, sino para ayudar a que todos los hombres se rediman, se arrepientan y encuentren el perdón de Dios. Conste que hablamos un idioma espiritual, que el mundo difícilmente lo entiende y sólo la fe nos permite ver más allá.

Visitar a los presos significa buscar la forma de ayudarles materialmente (ropa, comida, etc.), pero el cristiano, sobretodo, está llamado a buscar el bien espiritual de esas personas para ayudarles a enmendarse y ser buenos al terminar su condena. Los que lo hemos intentado, podemos decir que no es fácil entrar en una cárcel para tener contacto directo con los presos, pero siempre hay instituciones que lo hacen y si les ayudamos, estaremos ayudando, aunque sea indirectamente a estos seres humanos. Además, tenemos la gran responsabilidad de orar por ellos: ― ¡es que mató a mi hijo! ―, situaciones así no son nada fáciles, pero el cristiano no debe juzgar y debe procurar la salvación de todos los hombres: “el que esté sin pecado, que tire la primera piedra” (Jn 8,7).

Por otro lado, todavía vinculada a esta obra, y como bien nos ha recordado el Papa Francisco en múltiples discursos, existen formas de esclavitud desasociada a la cárcel. ¿Cuántas personas conocemos que son casi adictas o lo son, a la televisión, a las redes sociales, al alcohol, a las drogas o simplemente están esclavizadas por las horas abusivas de trabajo que cargan sobre sus espaldas? A ellos también es necesario visitarles, rezar por ellos, y procurarles esa ayuda espiritual que necesitan para sentirse acogidos y amados por Dios.

Pasando a la siguiente y última Obra de Misericordia corporal: enterrar a los muertos, podemos decir que se basa en la necesidad de cuidar el cuerpo, porque somos “templos del Espíritu Santo” (1 Cor 6, 19). Quizás nos puede parecer superflua esta obra, pues ¿quién no entierra a sus muertos? Pero si está escrito, es porque pasa y muchos cuerpos no reciben una digna sepultura. Es sólo pensar en las guerras: ¡cuántos soldados o personas inocentes quedan donde reciben el impacto final! ¿Cuántas culturas no ven mal tirar el cuerpo al agua, siendo sumergidos, pero no sepultados? El cuerpo, al ser regalo de Dios, merece el respeto de una digna sepultura, y no sólo eso, deberíamos los cristianos mantener en buen estado los cementerios y visitar a nuestros seres queridos al menos una vez al año. Esta visita puede ser dentro de la octava del día de los fieles difuntos (2 de noviembre), cosa que nos puede dar una indulgencia plenaria si cumplimos los demás requisitos, y también, se podrían visitar el día del aniversario de muerte. Ciertamente los cementerios tienen horarios amplios de apertura, y están dispuestos a acoger a todos los que quieran cumplir con esta obra de caridad en cualquier día del año.

Otro tema concurrente, asociado a la obra que estamos reflexionando, es la cremación y las cenizas. ¿Qué dice la Iglesia sobre eso? Ella no se opone: “permite la incineración cuando con ella no se cuestionan la fe en la resurrección del cuerpo” (CIC 2301), pero es importante hacer todo lo posible para que el cuerpo del difunto esté presente en los ritos fúnebres. En el caso que sea imposible, es necesario presentar las cenizas en un recipiente digno, las cuales recibirán el mismo trato respetuoso como si estuviera el cuerpo presente. Ahora, “la práctica de esparcir los restos incinerados en el mar, desde el aire o en la tierra, o de conservarlo en el hogar de la familia del difunto, no es la forma respetuosa que la Iglesia espera y requiere para sus miembros” (Orden de Funerales Cristianos, apéndice 2, incineración, n. 417).

Explicando y reflexionando sobre estas Obras de Misericordia, ojalá nos lleve a tomar mayor conciencia de la misión que tenemos en la tierra, y que por las obras buena que hagamos, podamos ayudar a muchas almas a conocer o acercarse a Dios.

Soy chileno de la Congregación de los Legionarios de Cristo. Nací en el año 1986 en la ciudad de Santiago y estudié en el colegio Cumbres de Chile. A los 12 años me di cuenta que Dios me llamaba para el sacerdocio y a los 14 entré al Centro Estudiantil, para comenzar mi preparación sacerdotal. El 2005 fui a Brasil para hacer el Noviciado por dos años. Hice mi primera profesión de votos el día 25 de febrero de 2007. Por seis meses ayudé en la pastoral juvenil y en la promoción vocacional en Porto Alegre, visitando y dando charlas en diferentes ciudades. A mediados del 2007 viajé a Estados Unidos para estudiar un año de humanidades y ciencias clásicas en Cheshire, Connecticut. En septiembre de 2008 comencé la filosofía en Thornwood, Nueva York. Luego de conseguir el Bachillerato en Filosofía, en julio del año 2010 fui a España por tres años para trabajar en la pastoral juvenil de Sant Cugat y Barcelona, siendo también administrador de los clubes Faro de ambas ciudades. El 27 de marzo de 2012 hice mi Profesión Perpetua. Desde agosto del 2013 vivo en Roma, donde estudio Teología y colaboro en la administración en la Sede de la Dirección General.

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