Las Obras de Misericordia (IX)

Con este artículo catequético damos fin a la secuencia de nueve escritos sobre las obras de misericordia. Tengo la esperanza que estos nos hayan ayudado a profundizar en estas formas de caridad y de entrega al prójimo. Hemos aprendido que obras se pueden hacer muchas, pero no necesariamente son todas espiritualmente buenas. Es por esto que la Iglesia nos invita a unir ambas palabras: obras  y misericordia. El misericordioso es el que se conmueve por las miserias de los demás, por sus sufrimientos y necesidades. Así como obras de “caridad” sin misericordia no sirven para acercarnos a Dios, tampoco la misericordia sin obras. Es por esto que la Iglesia nos invita a que ante la conmoción, haya también acción y que cada cristiano viva las obras de misericordia.

En esta ocasión hablaremos de las dos últimas obras de misericordia espirituales que aún no hemos tratado: sufrir con paciencia los defectos del prójimo y rogar a Dios por vivos y muertos. Entrando en el sufrir con paciencia los defectos del prójimo, encontramos a san Pablo que motivaba a los cristianos de Éfeso a vivir una vida digna y que con “toda humildad, mansedumbre y paciencia, se soporten unos a otros por amor” (Ef 4,2). San Pablo habla de soportar, pues sabemos que no es fácil tener paciencia con alguien que nos incomoda, pero no olvidemos la última palabra: por amor. Para cumplir esta obra de misericordia debemos elevar nuestra mirada a Dios y saber verle a Él en el prójimo, en aquel que nos está molestando. De otra forma, sólo se quedaría en obra, en un soportar meramente humano, en el ser paciente por ninguna razón sobrenatural. Ante esto, podemos pensar en un enemigo e incluso en alguien cercano que esté enfermo o anciano. No siempre es fácil vivir esta obra de misericordia, pues a veces es más fácil ver la paja en el ojo del prójimo y no ver la viga que hay en el nuestro; sin embargo, siempre buscando lo mejor a nivel espiritual, no debemos olvidarnos de las otras obras de misericordia. Si ese intentar sufrir con amor los defectos del otro, se torna un verdadero obstáculo para amar a Dios, es mejor, por ejemplo, acudir a la otra obra de misericordia espiritual, corregir a los demás, sin dejar de cumplir también la que veremos a continuación: rezar por estas personas.

Orar por vivos y muertos. San Pablo nos ayuda a fundamentar esta obra en la Sagrada Escritura., recomendándonos orar unos por otros, sin distinción; también por gobernantes y personas de responsabilidad (Cf. 1 Tim 2, 2). El valor de la oración es inmenso. Rezar unos por otros es propio del cristianismo, pues sabemos que Dios nos escucha cuando oramos, intercediendo por su misericordia. Cuando hacemos votaciones, muchas veces se pone la regla de no votar por uno mismo. En la vida de oración esto no se aplica, pero sí es cierto que la oración por los demás, puede ser más fructífera, pues es señal de que nos estamos olvidando a nosotros mismos y estamos pensando en los demás. Esta obra de misericordia también nos invita a rezar por los difuntos, por las almas del Purgatorio, pues haciéndolo, podemos ayudarlas a sufrir menos y entrar más rápido al cielo: “por eso mandó hacer este sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado” (2 Mac 12,46). Jesucristo nos invita a orar unos por otros para mantenernos firmes en la fe.

Es cierto que son 14 las obras de misericordia, pero muchos autores no se limitan a ello. Por ejemplo, el Papa Juan Pablo I, en una de sus pocas intervenciones dijo “el elenco no está completo y haría falta ponerlo al día”. También, el famoso escritor de espiritualidad, Royo Marín, dice en su libro de Teología Moral para Seglares: “no se vaya a creer que las obras de misericordia no son ni más ni menos que las catorce indicadas. Son, indudablemente, muchas más – todo cuanto se haga por el prójimo a impulsos de la caridad y de la compasión, señalándose esas catorce únicamente por vida de ejemplo” (p. 474). En otras palabras, tenemos muchas oportunidades para amar y hacer el bien al prójimo. Toda obra, que es acción, hecha por los demás buscando el bien ajeno y no el propio, es obra de misericordia.

Terminemos esta serie de artículos como empezamos, es decir, citando el n. 15 de la Bula Misericordiae Vultus del Papa Francisco, con la que proclamó el Jubileo extraordinario de la Misericordia:

No podemos escapar a las palabras del Señor y en base a ellas seremos juzgados: si dimos de comer al hambriento y de beber al sediento. Si acogimos al extranjero y vestimos al desnudo. Si dedicamos tiempo para acompañar al que estaba enfermo o prisionero (cfr Mt 25,31-45). Igualmente se nos preguntará si ayudamos a superar la duda, que hace caer en el miedo y en ocasiones es fuente de soledad; si fuimos capaces de vencer la ignorancia en la que viven millones de personas, sobre todo los niños privados de la ayuda necesaria para ser rescatados de la pobreza; si fuimos capaces de ser cercanos a quien estaba solo y afligido; si perdonamos a quien nos ofendió y rechazamos cualquier forma de rencor o de violencia que conduce a la violencia; si tuvimos paciencia siguiendo el ejemplo de Dios que es tan paciente con nosotros; finalmente, si encomendamos al Señor en la oración nuestros hermanos y hermanas. En cada uno de estos “más pequeños” está presente Cristo mismo. Su carne se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga… para que nosotros los reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado. No olvidemos las palabras de san Juan de la Cruz: «en el ocaso de nuestras vidas, seremos juzgados en el amor».

 

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