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Las Obras de Misericordia (III)

En este artículo seguiremos reflexionando sobre las obras de misericordia corporales, centrándonos ahora en dos: dar de comer al hambriento y dar de beber al sediento. Ambas pueden parecer iguales, sin embargo, el Catecismo las presenta por separado ya que son dos diversas necesidades básicas para el ser humano.

Si leemos la Parábola de los Talentos, donde cada uno recibe distinta cantidad de dones y cada quien es responsable de dar fruto, nos daremos cuenta que lo que tenemos materialmente se consigue gracias al esfuerzo y trabajo de cada uno, pero no podemos olvidar que Dios es el que da las fuerzas y las oportunidades para ello. Por la desigualdad social, el egoísmo y la ambición, no todos tienen la posibilidad de tener alimentos al alcance de la mano y por eso Jesús nos invita, como cristianos, a ser generosos y a compartir lo que tenemos.

No sé si hayan tenido alguna vez la experiencia de sentirse realmente necesitados de agua. Me pasó subiendo una montaña a los 16 años; calculamos mal y nos tomamos toda el agua de ida, sin pensar que la necesitaríamos en las cuatro horas de bajada, teniendo que caminar por los senderos secos y asoleados hasta llegar a la ciudad. A veces, cuando perdemos algo, recién nos damos cuenta de cuánto lo necesitamos. Por ejemplo, ¿qué sentimos cuando se corta la luz?, ¿o cuando el teléfono no funciona? Ciertamente no hay que esperar que dejemos de tener agua o comida para darnos cuenta de su necesidad vital. Y si nosotros lo necesitamos, ¿no podemos pensar en que otros seres humanos, iguales a nosotros, también tienen necesidad? Hagamos vida lo que escribió Pablo VI: “Los pueblos hambrientos interpelan hoy, con acento dramático, a los pueblos opulentos. La Iglesia sufre ante esta crisis de angustia, y llama a todos, para que respondan con amor al llamamiento de sus hermanos.” (Populorum Progressio, 3).

Dando de comer al hambriento, la Iglesia nos invita a abrir los ojos y a darnos cuenta que hay muchas personas necesitando nuestra generosidad. Seguramente todos hemos tenido la experiencia que nos pidan dinero en la calle, pero ¿cómo nos sentimos cuando esas personas nos piden, no dinero, sino comida? A ese punto se llega cuando no se alcanza a colmar lo básico para vivir. “Pero, ¡que trabaje!” – uno, fríamente, podría decir. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar a los demás? Quizás ese pobre hombre ha intentado miles de veces para que le den un trabajo, o simplemente no puede por incapacidad física. ¿Acaso no puede ser el mismo Cristo que se nos acerca para pedirnos algo de comer o de beber, como lo hizo con la Samaritana junto al pozo? Jesucristo habla claro en el Evangelio: “el que tenga dos capas dele una al que no tiene, y el que tenga alimento, comparta con el que no tiene” (Lc 3,11) y recompensa al que no sólo da de lo que le sobra: “esta viuda pobre ha dado más que todos los otros que echan dinero en los cofres; pues todos dan de lo que les sobra, pero ella, en su pobreza, ha dado todo lo que tenía para vivir” (Mc 12,43).

Dando de beber al sediento, somos invitados a darnos cuenta que hay gente que muere deshidratada cada día. ¿Al menos pensamos en ellos?, ¿o en los que se enferman por beber agua contaminada por no tener otra opción? El Papa Francisco, en su nueva encíclica nos dice: “en realidad, el acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico, fundamental y universal, porque determina la sobrevivencia de las personas, y por lo tanto es condición para el ejercicios de los demás derechos humanos” (Laudato Si, nº 30). Nos puede ayudar también la historia de Ryan Hreljac, el niño canadiense que con 6 años quedó impactado al ver el número de muertes por deshidratación en África, y se preguntaba, cómo podía llevar agua a esas personas. Al inicio consiguió 70 dólares ayudando a su madre en los trabajos de casa, que fue lo que le dijeron que costaría un pequeño pozo. Al entregar su donación a una organización, le dijeron que cada pozo costaba 2000 dólares. Él no se rindió, lo consiguió trabajando con la ayuda de sus parientes y amigos, y de ahí en adelante, no ha parado. Ahora tiene 19 años (nació en mayo de 1991) y, creando su propia fundación, lleva construidos 400 pozos en África, dando de beber a más de medio millón de africanos.

    Recordarán el “reto de la cubeta de agua fría” que desde hace unos meses invadió las redes sociales. En Facebook acabo de ver otro reto y consiste en regalar una cubeta llena de comida a alguien que lo necesite. ¿Tendrá esto más repercusión en los medios que una simple empapada de agua fría?

Soy chileno de la Congregación de los Legionarios de Cristo. Nací en el año 1986 en la ciudad de Santiago y estudié en el colegio Cumbres de Chile. A los 12 años me di cuenta que Dios me llamaba para el sacerdocio y a los 14 entré al Centro Estudiantil, para comenzar mi preparación sacerdotal. El 2005 fui a Brasil para hacer el Noviciado por dos años. Hice mi primera profesión de votos el día 25 de febrero de 2007. Por seis meses ayudé en la pastoral juvenil y en la promoción vocacional en Porto Alegre, visitando y dando charlas en diferentes ciudades. A mediados del 2007 viajé a Estados Unidos para estudiar un año de humanidades y ciencias clásicas en Cheshire, Connecticut. En septiembre de 2008 comencé la filosofía en Thornwood, Nueva York. Luego de conseguir el Bachillerato en Filosofía, en julio del año 2010 fui a España por tres años para trabajar en la pastoral juvenil de Sant Cugat y Barcelona, siendo también administrador de los clubes Faro de ambas ciudades. El 27 de marzo de 2012 hice mi Profesión Perpetua. Desde agosto del 2013 vivo en Roma, donde estudio Teología y colaboro en la administración en la Sede de la Dirección General.

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