Las Obras de Misericordia (II)

Visitar a los enfermos

    Definimos las Obras de Misericordia como acciones cristianas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales. En este artículo veremos el origen de este listado de obras y explicaremos la primera obra corporal.

    Sabemos que Jesucristo quiere que los cristianos seamos reconocidos en cómo nos amamos, pero esto dependerá de cada bautizado. El mandato del amor no es secundario y lo debemos tomar en serio: “al atardecer de la vida, me examinarán del amor” (san Juan de la Cruz). El 16 de mayo de 2015, el Papa Francisco nos hablaba a los consagrados de Roma que “el amor es concreto”, es una acción. En palabras del P. Jorge Loring, “el amor no consiste en no hacer daño, sino sobre todo, en hacer el bien” (Libro “Para Salvarte”). Por lo tanto, todos estamos llamados al amor. Jesucristo es el primero que nos da ejemplo de ello: curaba enfermos, consolaba a los tristes, resucitaba muertos, daba de comer al hambriento. Sus palabras muestran amor, porque Dios es Amor.

    ¿De dónde sale la lista de las Obras de Misericordia? Todas vienen de la Sagrada Escritura, especialmente de los Evangelios. En la descripción del juicio final, por ejemplo, Jesucristo nos dice: “tuve hambre y me diste de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recibisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme” (Mt 25, 35-36). Basada en este texto, la Iglesia enumera las siete Obras de Misericordia Corporales, que se enfocan en las necesidades materiales del hombre. Las Obras Espirituales, que se centran en el perdón, la corrección fraterna, el consuelo y en soportar el sufrimiento, también son tomadas de diferentes pasajes de la Biblia.

    Luego de conocer el origen de estas obras, en este y en los siguientes artículos, profundizaremos en cada una de ellas. Comenzaremos por las Obras de Misericordia Corporales: dar de comer al hambriento y de beber al sediento; dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos.

    Profundizando en la primera obra: dar de comer al hambriento, podemos decir que es una obra muy completa, ya que en el enfermo, se manifiesta claramente la vulnerabilidad del hombre. Nos damos cuenta que somos débiles y que en cualquier momento podemos pasar a ser el necesitado. Además, decimos que completa, porque muchas veces el enfermo no sólo necesita cuidado sanitario, sino afecto, consuelo y elevación espiritual. Todo esto comprende visitar a un enfermo.

    Un obstáculo que podemos tener es visitarlos sólo como compromiso social, por cumplir. Pero no, esta Obra “de Misericordia” (pues no es sólo “obra”) requiere del cristiano un esfuerzo más y hacer de la visita una verdadera atención al prójimo. En mi opinión, el mejor ejemplo que encontramos en la Sagrada Escritura es la parábola del Buen Samaritano (Lc 10,30-37): un hombre que se encuentra con un herido, lo cura, lo lleva a la ciudad más cercana y al no poder cuidarle por sus ocupaciones, se preocupa de encontrarle lo necesario para que el herido siga su recuperación, se sienta acompañado y experimente ese amor que Jesucristo nos ha enseñado.

    Cuatro son las actitudes para visitar a un enfermo: humildad, amor de Dios, comprensión y generosidad interior. A veces no nos será fácil cuidar a los enfermos, ya sea por limitación personal o por el estado del que necesita nuestra cercanía. A veces requerirá mucha paciencia y perseverancia de nuestra parte; pero la motivación del cristiano está en Dios y lo que debemos buscar es ver a otros cristos en los demás. Por lo tanto, es esencial superar barreras, dar el primer paso, no dejarse llevar por la pereza o la indiferencia; debemos aprender a dar una palabra de aliento, un rato de compañía, mostrarse disponibles para ayudar a los enfermos. Alguien se podría contentar con decir: “yo doy dinero”, no está mal, pero lo esencial es darse a uno mismo, desvivirse por los demás, ya que, como dijo el Papa, “el amor es concreto”; sólo así recibiremos la recompensa: “en verdad os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos hermanos míos, aun a los más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40). ¿Cuándo fue la última vez que visitamos a un enfermo?

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