Las Obras de Misericordia (I)

Pieter Brueghel el Joven.
Las obras de misericordia (Pieter Brueghel, el joven).

“Por amor a Vos [a Dios], amo al prójimo. Estamos aquí ante dos amores que son `hermanos gemelos` e inseparables”. (S.S. Juan Pablo I, Audiencia General, 27/09/1978). Jesús nos dice en el Evangelio que debemos amarle en el prójimo y no sólo con sentimientos, sino también con obras: “¿me habéis dado de comer cuando estaba hambriento?, ¿me habéis visitado cuando estaba enfermo?” (Cf. Mt 25,24).

Con esta serie de artículos haremos nuestros los deseos del Papa Francisco: “es mi vivo deseo que el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales” (SS. Francisco, Bula Misericordiae Vultus, n. 15). Así, hasta diciembre, mes en que inicia el año jubilar, podremos, además de reflexionar, coger herramientas para hacerlas vida.

La palabra “misericordia” viene del latín “misereor, misereri” (miseria, necesidad), “cor, cordis” (corazón), por lo tanto, es la disposición a compadecerse de las miserias o necesidades de los demás. Ser amable, asistir al necesitado, perdonar y reconciliarse, son verbos que nos ilustran cómo debe ser nuestro corazón. Jesús debe ser nuestro modelo: “yo soy el amor y la misericordia misma […] El alma que confía en mi misericordia es la más feliz porque yo mismo tengo cuidado de ella” (Diario Sor Faustina, 1273).

El Catecismo define las obras de misericordia como “acciones cristianas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidad corporales y espirituales” (CIC, 2447) y el Compendio del Catecismo, lista como obras de misericordia corporales: el visitar y cuidar a los enfermos, dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, dar posada al peregrino, vestir al desnudo, redimir al cautivo, enterrar a los muertos. Como obras de misericordia espirituales, encontramos: enseñar al que no sabe, dar bueno consejo al que lo necesita, corregir al que yerra, perdonar las injurias, consolar al triste, sufrir con paciencia los defectos del prójimo, rogar a Dios por vivos y muertos.

Sabemos que “Dios preparó las obras de misericordia para que les sirvan al hombre como merecimiento para su justificación” (Cf. S.S. Adriano, Carta Institutio universalis, año 785). Además, su cumplimiento nos “ofrecen un testimonio magnífico   de   vida cristiana” (Decreto Apostolicam Actuositatem, 31), y Cristo dijo: “felices los misericordiosos, alcanzarán misericordia” (Mt 5,7). Reflexionar en ellas, “será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina.” (S.S. Francisco, Bula Misericordiae Vultus, 15).

 

 

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