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Las joyas de la corona

Incontables pintores y escultores han competido por representar a la Virgen María lo más bella posible. Han puesto sus manos y su corazón en esta tarea, agotando todo su ingenio y creatividad en dar este homenaje para la Madre de Dios y Reina del cielo. Algunas de aquellas obras maestras marcaron la historia del arte y de los pueblos. Sin embargo, la más perfecta de las imágenes no se compara con la verdadera belleza de María. No hay color que se iguale al de sus ojos, no hay ninguna joya que imite su brillo. Más bien, todas las piedras preciosas son como cristales para conservar, al menos en pequeño, al menos una por una, las riquezas que hacen de María el tesoro más acabado y más perfecto que Dios ha labrado con sus manos.

 

¿Quién fue esta mujer en su vida mortal? Una mujer pobre y sencilla de un pueblo en la orilla de un imperio. Nada que ver con una reina de vestidos lujosos y corona deslumbrante. Porque no le hacían falta accesorios; su belleza relucía de modo natural. Concebida inmaculada por pura iniciativa de Dios, la gracia en ella encontró el jardín perfecto para desarrollarse y manifestar la belleza divina. Incluso su aspecto externo debió notarse especial. No con un atractivo vacío y fingido. San José habrá encontrado en su rostro algo difícil de describir con palabras, que brotaba del corazón y daba una forma encantadora a cada gesto y movimiento.

 

“Fíjense en los lirios: no hilan ni tejen; sin embargo, les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos.”(Lc 12, 27).

Toda la creación de Dios fue pensada para tener un esplendor propio. También el ser humano, cada hombre y mujer en este mundo, ha sido pensado desde toda la eternidad para reflejar algo de la belleza de su creador. Pero con el pecado entró la fealdad en el mundo. Con cada ofensa a Dios construimos un dique, detenemos el agua que da vida y llena de flores nuestro campo. Ahora bien, ¿qué pasaría si un alma desde su concepción carece de toda mancha y deja correr en abundancia el agua de la gracia? Que su corazón no tenga ningún tipo de egoísmo o soberbia; que su mente no esté desviada por el error o la mentira; que sus acciones brillen por su adhesión al bien… ¿Acaso no es esta el alma de María? La Madre de Dios merece ser llena de gracia. El Señor en su misericordia escogió a María, y por eso la vistió con vestidos que sólo el Rey del cielo puede confeccionar. Así, en virtud de su vocación tan particular, la Virgen María nació ya con una corona preciosísima que es su corazón, apta para el nacimiento del Rey de reyes.

 

La mejor corona de una madre son sus hijos. Por eso María tiene unas joyas únicas en su corona de Madre de Dios y Madre de la Iglesia. En primer lugar, su único Hijo según la carne y nacido por obra del Espíritu Santo, como un Sol que la llena de resplandor. Y en segundo lugar sus hijos según la fe, nacidos al pie del Calvario, el Cuerpo místico de Cristo, como estrellas alrededor de ella.

“Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza.” (Ap 12, 1)

Cada vez que dejamos crecer la gracia en nuestra alma, brillamos como joyas en la corona de María. Cada uno de nosotros puede cristalizar en su vida alguna cualidad o virtud de María. Este regalo a la Virgen vale más que cualquier obra de arte o piedra preciosa.

En este año 2017 que comienza, tomemos por ejemplo su fe; su confianza en Dios; su pureza de espíritu; su caridad y espíritu de servicio; su alegría y esperanza; su entrega y fidelidad a la voluntad de Dios; su paciencia,  su mansedumbre, su misericordia… ¡Qué mejor manera de empezar el año! ¡Y qué mejor modo de concluirlo, si al final nos parecemos más a nuestra madre! ¡Seamos joyas que adornan la corona de María!

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