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Mejía y Tenorio: la Apuesta Infinita

(Paranoia onírico-poética-romántica-existencialista de sabor ligeramente gnóstico)

“Más, más, necesito más” “No me basta, todavía no me basta” “El universo nunca es suficiente”

Eran dos amigos. Se habían separado en una noche de luna llena, tras hablar durante horas. Hablaron de fiestas, de chicas, del futuro. Pasaron cigarros, cervezas, se movieron las estrellas. Y al final, hablaron de la vida:

“Después de una noche entera bailando, después de haber besado a la chica más guapa de la fiesta, volviendo a casa haciéndole caballitos en moto a la luna llena, todavía con la música en el cuerpo…creí que lo estaba rozando, que lo tenía….hasta que se esfumó, se rompió, se fue… ¿Qué es la vida? ¿Qué es la felicidad? La vida es sed, es un fuego que devora todo y luego no queda nada. La tragedia de elegir es renunciar. Yo no renunciaría. Mi corazón tiene pies para recorrer mil caminos, los infinitos senderos que ofrece la vida. Todos son amables y hermosos, y yo gastaría mil botas antes de saciar mis anhelos. Correría y correría hasta la Muerte, única frontera que puede detener mi corazón. Yo sería pastor, poeta, violinista y general, soldado, atleta, marinero, abogado y trotamundos, profeta y pintor, político, profesor. Sólo Infinito es suficiente, sólo basta el Absoluto”.

El joven exhaló otra calada, y el humo sonó como un signo de interrogación.

“Partiré. Recorreré el mundo viajando, buscando la música, el Arte, mujeres, poesía, Naturaleza, allá donde esté la belleza….y al final, si es cierto que la felicidad es una manta que te deja siempre los pies fríos, si la vida no tiene sentido y el hombre no es más que un lobo aullándole a la luna llena, moriré como un héroe romántico de un tiro en la boca”.

Su amigo respondió:

“Yo no sé si la vida tiene un sentido. Sólo sé que no merezco vivirla si no logro cambiar el mundo, si no logro desviar el Universo siquiera un milímetro de su órbita de maldad, de dolor, de podredumbre. Los hombres sufren, los niños mueren, vivir sin luchar, ¿será de verdad vivir? Buscaré una verdad, un amor, una causa por la que sudar, sangrar, morir, por la que justificar mi paso por la Humanidad.”

El otro asintió:

“La vida es una flecha. No sabemos dónde va, pero ¡corramos! Si algo compartimos, si de algo estamos seguros, es que no queremos vivir y morir como burgueses encadenados a un sofá”

Entonces los dos amigos se separaron, jurando por todo lo que había de sagrado sobre la Tierra y bajo la Luna, encontrarse de nuevo, de noche, en el mismo lugar, bajo las mismas estrellas, a orillas del Mediterráneo.

Pasaron días, años, generaciones. Transcurrieron infinitos universos, y los dos amigos (¿o eran hermanos?) volvieron a encontrarse de nuevo, de noche, en el mismo lugar, bajo las mismas estrellas, a orillas del Mediterráneo.

(No se sabe por qué designio misterioso los Hados, las Parcas les permitieron continuar su búsqueda durante sucesivas existencias. Y así vivieron más y más vidas, como un fuego imposible de apagar. Y es que la inmortalidad parecía la única respuesta lógica a esos corazones heridos de infinito. Fueron consumiendo existencias, como una serpiente que cambia pieles, como una diligencia que cambia caballos en postas de paso de pueblos desiertos, del Lejano Oeste, o quizás de la Siberia de Strogoff… pero fueron las suyas historias siempre breves, muy breves, como consumidas por una luz y un calor demasiado intensos).

Y al fin se encontraron los dos mitológicos hermanos (¿Cástor y Pólux, Mejía y Tenorio, Abel y Caín?). Se sentaron en torno al fuego, en silencio. Los dos se miraron. No sé cuánto tiempo pasó, ni quién habló primero, o cuál de los dos mostró antes sus cartas, revelando su juego en la apuesta infinita. Pero por fin uno rompió el silencio:

“Ya nada me falta, todo lo he visto, ya todo lo he sido. Poetas bohemios del Sena: Montmartre; los valses de Viena; rockeros aullando en fiestas perpetuas. Platón, la Academia. He brindado con Byron, también con Horacio. He escalado las cumbres más altas que existen. He explorado las selvas, cazado bisontes, cruzado los mares… y no he hallado nunca la Paz que mi alma anhelaba.

No hay nada bajo la luna que pueda apagar esta sed. Mi corazón es una garganta sin fondo. He amado a una mujer en mil rostros, mil nombres, siempre fugaces, distintos, mudables…me he suicidado cientos de veces, para despertar a continuación, lloroso y jadeante, en la misma habitación, joven y envejecido; vigoroso, pero encorvado por el peso de las Edades.”

Se hizo un silencio. Una mirada, una pregunta. El otro meneó la cabeza, y sumó al de su hermano el fantástico resoconto de su viaje:

“El hombre es malo, es malo, es malo. Es un ser contradictorio. Me he enfrentado con muchos molinos de viento y no he rescatado ninguna princesa. He combatido mil guerras con bárbaros y romanos, y no he visto aún bandera limpia de pecado y de oscuridad. Combatí por Troya, luché por Antígona, morí con Espartaco. Caí defendiendo las murallas de Roma. He sido caballero andante, cruzado, filósofo y navegante. No existe el buen salvaje. En viento y en nada he gastado mis fuerzas. Todos los hombres pagan su tributo al pecado, a la ignorancia y al error. Pero entonces…-su rostro se contrajo- ¿pero entonces por qué? ¿Por qué me duele esta Luz, como un brazo amputado que debiera tener?  ¿Sabría el ciego que es ciego, si todos lo fueran?

Los dos hermanos se miraron de nuevo, desalentados -(pero, ¿eran realmente dos? ¿No era sólo uno, el Hombre, el que soñaba?)- y susurró: “¿será acaso la vida un enigma sin clave, un mal sin respuesta, una balsa a la deriva en el mar de la Historia?”

Y entonces él (¿o era yo?) empecé a sollozar, porque no había quien pudiera romper el hechizo, el séptimo sello, y porque supe que la clepsidra giraba, y todo empezaba, de nuevo: la noche, la apuesta y el juego infinito, las almas en pena que buscan a tientas respuestas, y tú releyendo de nuevo esta historia, el círculo odioso, el Eterno Retorno, la rueda de Kim y los elfos hastiados que anhelan la Patria, la mujer que va y vuelve del pozo en Samaria, que busca y no encuentra aquel Agua que sacia; como un Libro infinito aguardando al que llegue diciendo la justa Palabra que pueda salvarme, que pueda salvarte, el único Nombre [1]

[1] Jn 4, 13-15; Jn 7, 37-39; Jn 19, 34; Hechos 4,12.

Felizmente consagrado a Dios como religioso legionario de Cristo. INFJ, Libra, 0 negativo ;-) 2% práctico. Entre mis aficiones: amar a Dios, servir a los hombres, conquistar el mundo para Cristo.

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