La voz del silencio

Somos hombres. Y como hombres sentimos la necesidad de encontrar certezas y seguridades que se puedan ver, tocar y escuchar claramente, como cuando oímos la voz de personas concretas, con promesas concretas. Esto es una tendencia natural a la cual se dirige nuestro buscar. Pero, nos encontramos en un realidad entre dos mundos: Lo espiritual y lo material; tenemos un cuerpo y, al mismo tiempo, tenemos un alma que anhela lo trascendental. Ésta es la realidad del hombre, una doble realidad.

Dado que estamos en esta frontera, podemos tener la intención de escuchar a Dios igual que a nuestros padres, hermanos o amigos que, al hablar, atraen hacia sí toda nuestra atención. Al mantener una relación con personas que reaccionan inmediatamente, tenemos la certeza que nos escuchan, pues sus miradas comunican la atención que mantienen sobre lo que se dice, sus facciones transmiten su interés. Incluso, cuando esas personas hablan, no se necesita de gran fe para saber que se dirigen a nosotros.

Podemos esperar esto de Dios, pero Él tiene una forma de comunicarse a un nivel más profundo. Para escucharle, hay que ser sinceros con uno mismo, guardar silencio por dentro, en medio de la tempestad, de los problemas personales y de todo lo que nos aturde. El arte de escuchar y escuchar sin palabras. Si le logramos poner atención, puede surgir en nosotros tanto temor como fortaleza, tanto alegría como tristeza; podemos tener miedo de escuchar lo que no queremos. Pero, por encima de nuestra reacción, sin importar los sentimientos que puedan surgir, debemos tener presente que el que nos habla… el que me habla es Dios. Muchas veces olvidamos que Él siempre buscará lo mejor para nosotros.

Esto genera un encuentro, y entre más le sepamos escuchar en medio del ruido podremos saber cuál es su voluntad. Es difícil, pero cuando logramos entrar en este ambiente de silencio podremos valorar y escuchar claramente lo que Dios nos quiere decir. Esta es la voz que se escucha en el silencio y que nos da la oportunidad de entender lo que Él nos pide. Si escuchamos con claridad, no tendremos miedo de actuar, responder y hacer su voluntad. Podremos tener la certeza de que Dios lo quiere, una certeza que solo se obtiene a la luz de la fe.

 

 

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