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¿La vida o La Vida?

Por Gilberto Martínez, LC
Durante mi preparatoria, la clase que menos me gustaba era la de gramática española. Solía ser muy aburrida ya que nuestra maestra tenía una edad bastante avanzada y su voz era como un vals que me adormecía lentamente hasta que mi cabeza se apoyaba rendida en el pupitre de la banca.
Para evitar dormirme, -con el afán de aprovechar el tiempo- comenzaba a platicar con el Sama- uno de mis mejores amigos-, sobre temas que más le interesan a un joven de diecisiete años: la chica que a uno más le gusta, canciones de tu grupo favorito, el deporte, videojuegos, entre otras cosas, y en muchas ocasiones reflexionábamos -al inicio queriéndonos ver muy filósofos- sobre “la vida”.
-¿Qué es la vida?-, nos preguntábamos aspirando encontrar la respuesta en la biología, o en letras de músicos que daban un sentido más profundo a sus composiciones, sin poder encontrar una respuesta concreta que nos satisfaga. Tres años después, cuando ingresé al seminario, veo que hay otra persona que, como yo y Sama, se hacía la misma pregunta que nosotros: «Qué es la vida?, esa cosa misteriosa que tan íntimamente está unida a mis pensamientos, mis ambiciones, mis placeres, y mi destino; la vida, que a ratos parece tan emocionante y en otros tan triste; la vida, que a veces parece el más grande de todos mis dones, y en otras el más pesado de todos; la vida, que se introduce con un grito y se despide con un gemido; la vida, aquello que yo más conozco y que menos conozco, ¿qué es? ¿Dónde está?» (Fulton Sheen, “La filosofía de la vida”).
El que encuentra el fin y fundamento de la vida tiene en sus manos un tesoro y es la persona más rica y feliz del mundo. Cada uno de nosotros hace un recorrido en el mundo por descubrir lo que en verdad lleva a plenitud nuestra existencia. Unos buscan esa plenitud en el dinero o en el placer o en el poder o en el éxito; pero muchas veces -casi siempre-, fracasan en el intento.
Cuando yo me hice esta pregunta, y con el pasar de los años fui madurando, descubría que la vida no es algo, sino Alguien. Me di cuenta de eso cuando dejé de pensar en mí mismo y amplié mis horizontes hacia las demás personas. Todos hemos sentido esa paz y felicidad alguna vez. Repasemos en nuestra memoria y nuestro corazón. Palpamos la felicidad cuando compartimos lo poco o lo mucho que tenemos con el que lo necesita. Cuando dejamos de lado nuestros problemas y escuchamos los de nuestros compañeros apoyándoles en lo que esté a nuestro alcance.
Parece ser que en nuestro diccionario buscamos mal la palabra vida, ya que en verdad es Vida. Lo comprendí y encontré el tesoro más grande que un ser humano pueda tener: Conocí a Jesucristo y me mostró el camino por el que yo puedo no sólo encontrar el significado de la vida, sino también cómo poseerla en plenitud y cómo ayudar a los demás a que la encuentren. Si queremos encontrar el significado de la vida, el único diccionario que nos puede dar la respuesta es el del corazón de los hombres que más se han olvidado de sí mismos para darse a los demás. Y el que tiene el primer lugar –bien merecido- es Jesucristo que con mucha razón se llama “el camino, la verdad y LA VIDA” (cf. Jn. 14,6).
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