La verdadera humildad no teme glorificar al Señor

“Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando: «Con solo tocarle el manto curaré». Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió enseguida, en medio de la gente y preguntaba: «¿Quién me ha tocado el manto?». Los discípulos le contestaban: «Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: “¿Quién me ha tocado?”». Él seguía mirando alrededor, para ver a la que había hecho esto. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que le había ocurrido, se le echó a los pies y le confesó toda la verdad. Él le dice: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad».” (Mc 5,25-34 / XIII Domingo Ordinario B – Evangelio completo al final)

 

Siempre me ha impresionado este pasaje. Sobre todo, cuando Jesús se pone a preguntar “¿Quién me ha tocado?“… También los apóstoles se sorprendieron al oír esa pregunta, pero por motivos diferentes. Para ellos era una pregunta ilógica o, más bien, ridícula: entre tanta gente, todos te tocan. Es como ir caminando por el mercado central o intentar subirse a un bus o al metro sin tocar a nadie: ¡imposible! Para los apóstoles, a Jesús lo habían tocado más de 10 ó 15 personas en los últimos 3 segundos… ¡Cómo se le ocurría hacer esa pregunta!

A primera vista, también a nosotros nos puede parecer una pregunta ilógica o ridícula… pero por motivos un tanto diferentes. Quizá alguno sigue trabado en el dilema de los apóstoles… pero nosotros contamos con más información que ellos: nosotros sabemos que Jesús es Dios. No sólo tiene omnipotencia para hacer milagros y curar enfermedades: Jesús también lo sabe todo, incluso quién es la mujer que lo tocó y quedó curada. Entonces, ¿por qué la pregunta? Si él ya sabe, ¿por qué se detiene a preguntar?

Se supone que la fe y los milagros van de la mano de la humildad: no son para presumírselos a los demás, sino para disfrutarlos con Dios… Y, además, está perdiendo tiempo precioso para poder salvar la vida de la otra niña que está muy grave…

Pero allí está el error que solemos cometer: confundimos las cosas… y tiene que venir Jesús a recordarnos la verdad. En primer lugar, los milagros y las gracias que recibimos no son sólo para nosotros, sino para que, a través de nosotros, lleguen a muchas personas más. Dios me quiere pleno y feliz… y también quiere que todos sus otros hijos disfruten de las maravillas que Él comparte conmigo. Compartir una gracia con los demás no es cuestión de presumir, sino de vivir la humildad dando gloria a Dios por el bien recibido. Y, en segundo lugar, el Señor no tiene prisa por llegar donde la pequeña que está enferma: él ya sabe cuál es su situación… y para Dios, ¡no hay nada imposible!

 

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“Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor y se quedó junto al mar. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: «Mi niña está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella, para que se cure y viva». Se fue con él y lo seguía mucha gente que lo apretujaba. Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando: «Con solo tocarle el manto curaré». Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió enseguida, en medio de la gente y preguntaba: «¿Quién me ha tocado el manto?». Los discípulos le contestaban: «Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: “¿Quién me ha tocado?”». Él seguía mirando alrededor, para ver a la que había hecho esto. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que le había ocurrido, se le echó a los pies y le confesó toda la verdad. Él le dice: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad». Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?». Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: «No temas; basta que tengas fe». No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a casa del jefe de la sinagoga y encuentra el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos y después de entrar les dijo: «¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta; está dormida». Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: Talitha qumi (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»). La niña se levantó inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y quedaron fuera de sí llenos de estupor. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.” (Mc 5,21-43 / XIII Domingo Ordinario B)

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