Archivos

La verdadera grandeza

“Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte». Jesús se volvió y dijo a Pedro: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios». Entonces dijo a los discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta. En verdad os digo que algunos de los aquí presentes no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre en su reino».” (Mt 16,21-27/ XXII Domingo Ordinario A)

 

 

A veces estamos tan acostumbrados a ciertas cosas que las damos por descontado, cuando en realidad todo podría se diferente. El sol siempre sale, bien puntual, al este; sube hasta su zenit, y se pone al oeste, creando maravilloso paisajes que dejan a un Van Gogh, a un Rembrandt o a un Dalí en el reino de los novatos. ¿Cuántos empiezan su día con una taza de café bien caliente? ¿Y cuántos de ellos consideran la variedad enorme de granos de café, los cientos de modos de prepararlo, las diversas formas de acompañarlo… ¡el mero hecho de poder preparar una bebida tan suculenta al moler unos granos tostados y dejar que el poder de la infusión desarrolle su magia! Y así podríamos seguir descubriendo maravillas cada segundo de nuestro día si pusiéramos un poquito de más atención.

Por eso, volvamos sobre el Evangelio y leamos de nuevo, con ojo analítico, la primera oración: “Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día”. No sé si hemos entendido bien lo que Jesús les estaba diciendo: el “tenía que” hacer algo… ¿Y… no vemos el problema? A ver: Jesús es Dios, ¿cierto? Y nadie puede obligar a Dios a que haga algo, ¿o sí? Él es totalmente libre y omnipotente: sería ridículo que un Dios así estuviera constringido a hacer esto o aquello. Y de todas maneras, Jesús nos dice que tiene que ir a Jerusalén, tiene que padecer, tiene que morir y tiene que resucitar. ¿Qué!

Pues sí, este es nuestro Dios… Pero el tener que hacer todo eso, no lo hace menos… sino más. La verdadera y mayor grandeza no se encuentra en dominarlo todo desde arriba, sino en ser capaz de hacerse pequeño, al grado de poder elevar al menor de todos hasta la cima. Si Jesús se ve obligado a ir, sufrir, morir y resucitar… a humillarse de tal manera, es por un solo motivo: porque Él ha querido que así sea, porque nos ama y ha decidido derramar su amor sobre nosotros de esa manera, porque cuando Él se compromete con algo o con alguien, no falla. A eso sí se le puede llamar “grande”… grande y loco de amor, como sólo Dios podría serlo.

"Me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad!" (Sal 15,6) Nací en El Salvador. Sólo Dios sabe cómo llegué a la Legión: lo que importa es que ya estoy donde quiero estar. Ahora trabajo en la promoción vocacional en Centroamérica, mientras me acerco cada vez más al sacerdocio.

Loading Facebook Comments ...

Deja un comentario