La verdadera fuerza

“Y entran en Cafarnaún y, al sábado siguiente, entra en la sinagoga a enseñar; estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas. Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar: «¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios». Jesús lo increpó: «¡Cállate y sal de él!». El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él. Todos se preguntaron estupefactos: «¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen». Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.” (Mc 1,21-28 / IV Domingo Ordinario B)

 

 

A veces creemos que el bullying es cosa de la escuela, pero el mundo entero está lleno de bullies. En el trabajo, en las fiestas, en los centros comerciales, al manejar… los encontramos en todas partes. Los bullies llegan a ser bullies por muchos motivos: porque quieren llamar la atención, porque ellos lo han sufrido, porque son maltratados en casa… Pero todos tienen algo en común: creen que el miedo, el parecer más fuertes que los demás, la capacidad de humillar a otros, los hace ser más, ser mejores, estar por encima, tener más poder. Nada más lejano de la realidad…

A lo largo del Evangelio, y de toda la Biblia, vemos a un Jesús, a un Dios, capaz de caminar sobre las aguas, de abrir el mar en dos, de convertir agua en vino o en sangre, de expulsar demonios, curar ciegos de nacimiento y hasta resucitar muertos. Eso es poder. Eso es autoridad. Y los judíos lo sabían… como lo sabían también los demonios. Pero ni los demonios ni muchos de los judíos siguieron a Jesús, no se hicieron sus discípulos, no lo amaron al punto de querer estar a su lado, al pie de su cruz… o de estar allá arriba, crucificado con Él.

A Jesús, en cambio, lo seguían los pobres, la gente sencilla, las prostitutas y los recaudadores de impuestos: gente que no llevaba la vida más santa, pero decidía morir a su pasado, para nacer a una vida nueva. ¿Qué veían estos en Jesús para realizar un cambio tan drástico en su forma de ser y proceder? ¿Qué se les escapaba a los otros y les impedía dar ese paso de conversión? ¡La respuesta es tan calara: el amor, la misericordia, que encontraban es ese Dios-hecho-hombre!

Este es el poder del amor. La fuerza humana hunde a los demás; la fuerza del amor, los levanta del lodo, los limpia y los eleva en un pedestal. La fuerza de los hombres conquista con miedo y provoca la rebelión; la fuerza de Dios conquista con amor y genera una adhesión total, hasta dar la vida por el amado. La fuerza de este mundo se acaba…; la fuerza del Reino de los Cielos dura para siempre. Pidámosle a Jesús que nos encontremos con su amor; que no lo sigamos por miedo, sino porque nos hemos sentido acogidos en su corazón. Y que la fuerza que nosotros usemos no sea la fuerza del mundo, del orgullo, del miedo… sino la fuerza de Dios, del amor, de la eternidad.

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