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La única respuesta correcta

Por Miguel Subirachs, L.C.

Desde pequeños la vida se nos presenta como un juego de Trivial con cantidad de preguntas que tenemos que responder. Comenzamos preguntando por todo lo que está a nuestro alrededor y acabamos cuestionándonos conceptos como infinito, eternidad, el sentido de la vida o de la muerte…

Es humano. Queremos saber, tener instrucciones para todo, soluciones sencillas y claras, googlear las palabras claves de nuestra duda y encontrar al instante la respuesta. Esto nos sucede porque las preguntas generan en nosotros cierto miedo como si se trataran de puertas abiertas a lo desconocido que nos inquietan y asustan. Por ello buscamos instintivamente cerrar las puertas de la duda cuanto antes para recobrar la seguridad y el control de la situación.

Con los años las preguntas se hacen complejas llegando a cuestionar los aspectos más profundos de nuestra existencia. Debido a la inquietante incertidumbre, respondemos con frases gastadas, carentes de profundidad existencial, creyendo que así nos quitamos la turbación. Pero nos damos cuenta que a fin de cuentas es difícil mantener la seguridad en las respuestas que hemos aprendido con excelente memoria pero que no hemos experimentado.

También es un hecho que ante la dificultad de las preguntas, muchas quedan ignoradas y generan en nosotros vacíos de sentido que buscamos rellenar con gratificaciones inmediatas. Estamos olvidando el SENTIDO de la pregunta y perdemos la oportunidad de intimar con ella. Por eso, es necesario hacer frente a estos vacíos con el sentido profundo de las preguntas existenciales.

Hay preguntas que no podemos resolver de golpe. Exigen ser vividas pacientemente. Requieren tener el valor, por pocos aconsejado, de detenerse frente al misterio. Situarse de cara al porqué. Sufrir la falta de respuesta evidente y entrar en el abandono de lo humano para intuir lo divino. San Agustín dice que Dios se encuentra en el intimor intimo meo, en lo más íntimo de mi interioridad. Ahí podremos encontrar la profundidad existencial. ¿No será que estas preguntas surgen precisamente para sensibilizar nuestro corazón y estimularnos a la búsqueda?

Si nos dejamos conmover por las preguntas que surgen, buscando con sinceridad y tesón, podremos descubrir que lejos de un impersonal interrogante que nos amenaza, encontramos la voz del que quiere compartir su propia vida con nosotros. En ese desafío descubriremos que las preguntas existenciales sólo pueden ser resueltas con respuestas existenciales, es decir, respuestas personales que abarquen toda nuestra existencia. Entonces, nuestra propia vida será la respuesta continua a esas preguntas sincronizando creencias, valores y acciones. Allí encontraremos el sentido profundo a nuestras preguntas y cada quien podrá dar la única respuesta correcta.

Cuando pensemos que ya no tenemos preguntas que resolver significará que ya no hay motivos para vivir o que nuestro corazón ha dejado de latir. O ambas.

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