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La sinfonía de la vida: lo difícil

Por César Pérez, LC
Preguntando una vez a Tales de Mileto
¿qué era lo más difícil?, respondió: “conocerse a sí mismo”.
Luego, ¿qué era lo más fácil?, “dar consejos a los demás”.
Y añadió: “Toma para ti los consejos que das a otros”
Cuando un compositor comienza a escribir una obra maestra necesita conocer bien los instrumentos que tiene a disposición, los sonidos que pueden producir, la armonía de las notas. Por ejemplo, es reconocido  que Beethoven al escribir la novena sinfonía estaba ya completamente sordo. Algunos se acercaron a él diciendo – ¿cómo puedes componer? ¡estás sordo! – a lo que respondió – conozco muy bien cada instrumento, incluso cada sonido, cada nota –. El resultado de su composición es una de las piezas más emblemáticas de toda la historia de la música, una obra de arte que revolucionó todo lo que se había realizado a la época. Lo mismo puede aplicarse a nosotros. ¿Conoces las herramientas que tienes a disposición para alcanzar tus metas?, o incluso mejor, ¿conoces cuáles son tus metas?
 
Si alguien nos preguntase – “¿Cuándo fue la última vez que te viste a ti mismo desde fuera?” – la respuesta sería un – “¿desde fuera? ¿qué quieres decir? ¡Es imposible!” – Pues, ¿cuándo has preguntado a una persona cercana qué te ve de malo?”. Algunos jamás lo hemos hecho. Ni queremos hacerlo. Se necesita valentía. Quizás porque en el fondo sabemos que nos los dirán; de la misma manera, sabemos que aquello que nos dirán no nos va a gustar e incluso la amistad podría entrar en riesgo. 
 
Conócete a ti mismo. Este  es uno de los conocimientos que incluso el mayor desarrollo de la ciencias de hoy no nos puede dar. ¿Cuántas veces hemos escuchado? –  “Qué impaciente eres” o “¿Por qué estás enojado otra vez?”. Si nuestra respuesta ha sido – “Yo no estoy impaciente. Yo no estoy enojado. ¡No! ¡Por supuesto que no!” –  Entonces es muy probable que no nos conocemos. Es necesario conocerse. Conocer nuestros grandes dones y potencias, también nuestros límites y debilidades, los defectos dominantes que nos hacen tropezar.
 
Existen grandes oportunidades para conocerse. Para desentrañar las virtudes adquiridas, el temperamento, los vicios. Y entonces, ¿por qué no me conozco?. Muchas veces, y en especial en nuestros días, estamos totalmente proyectados hacia afuera, hacemos infinidad de cosas para evitar escucharnos a nosotros mismos. Con sólo pensar el terror que tenemos en ocasiones de estar simplemente en silencio, sin ver nada gráfico o sin escuchar alguna canción. ¿Qué decir del tiempo que dedicamos a estar en oración – un lugar estupendo para conocerse – ? ¡Qué largo pasan los minutos, parecen horas! Sí, es cierto, hoy podemos decir como decía hace siglos el filósofo Tales de Mileto, “lo difícil es conocerse a sí mismo”.
 
Por el contrario, con mucha facilidad nos consideramos capaces de dar consejos, de presumir de saber más que los demás, de conocer el verdadero sendero que conduce a la plenitud. Pero, ¿hemos encontrado esta plenitud que predicamos a los demás?
 
Cuando en la ciudad algún extranjero o visitante bajando la ventanilla del auto nos pregunta – ¿Sabes dónde está la calle Madrid? – Hay varios tipos de respuesta. La primera es la de quien con sinceridad reconoce que no sabe – Señor, no sabría qué decir, no lo sé –. La segunda es la de quien con rodeos intenta dar una respuesta para no parecer un ignorante – Creo que se llega por aquella vía. Sí… Sí…. escuché una vez que así se llegaba a la calle Madrid –. La tercera es la de quien sabe el camino justo – Dos calles más y deberá cruzar a la izquierda. No hay pérdida, llegará sin problemas –. ¿Qué tipo de respuestas das a los demás?
 
Conócete a ti mismo. El sólo hecho de poner tu esfuerzo en cumplir esta tarea te dará una visión diversa de tu vida. Te abrirá la puerta a la superación personal. Será un camino de humildad y sencillez, posiblemente doloroso al inicio, pero luego se convierta en tu “carta bajo la manga”. Conociéndote bien a ti, entenderás mejor a los demás. Es difícil pero vale la pena. Arriésgate.  

Legionario de Cristo por Misericordia de Dios, que anhela para todos el don de abrir el corazón a Cristo, plenitud de la vida.

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