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La sinfonía de la vida: Andante con moto

Por César Pérez, LC

En una ocasión le preguntaron al compositor Franz Schubert,

                “¿Cuál ha sido su fuente de inspiración?” a lo que respondió: 

“Yo sólo he escuchado lo que ya existía”.

 

No pocos han parangonado la vida con diversas metáforas. Algunas de ellas llenas de aventura y emoción, “la vida es como un viaje en la mar”; otras llenas de azar e insatisfacción, “la vida es como una juego de ruleta rusa”. Las imágenes son interminables. Cada persona exprime sus “vivencias” de la vida definiéndola con sus propias palabras. En esta ocasión diré que la vida es como un movimiento en una sinfonía.

¿Qué es un movimiento? En primer lugar, una parte de una composición más amplia prevista para ser ejecutada en sucesión con otros y que incluye diversidad de instrumentos. Ya tenemos varios elementos. Por un lado, el hecho de ser una realidad en un gran todo. Por otro, un lugar donde muchos componentes se relacionan armónicamente entre sí.

Una realidad en un gran todo armónico. En el movimiento está presente la pequeñez y la grandeza. Su elemento constitutivo, una pequeña nota musical que rompe el silencio, puede verse como un evento minúsculo pero no puede eliminarse su ser como elemento insustituible de toda la partitura. En este sentido, es grande en el conjunto, justo en el lugar donde el compositor la ha colocado. Al escuchar decenas de ellas seguirse armónicamente se puede con razón afirmar: “cada una en su lugar forma un espléndido conjunto”. Si pudiésemos colocarnos en el lugar de una nota deberíamos reconocer con humildad esta verdad: que yo soy parte de un todo. No puedo ensoberbecerme, querer absolutizarme con arrogancia sobre los demás sin correr con el riesgo de eliminar la obra. Debo reconocer mi lugar. También el de los demás. Valorarlo. No puedo dejarme llevar por una tendencia al poder sobre el otro o a aparentar que todo está enfocado en mí. Una sola “nota” no hace un movimiento. La actitud debe ser la contraria. Reconocer mi pequeñez que es precisamente mi grandeza, porque soy importante e insustituible en el gran entramado. Precisamente reconociendo que soy pequeño, soy grande. Esto me ayuda también a aceptar la diversidad, salir de mí mismo, contemplar la armonía y ser agradecido. Por mí y por el otro. Lo mismo puede aplicarse si se considera la infinidad de instrumentos, cada uno de ellos es pensado y deseado, con un fin específico y un lugar esencial en la orquesta.

El movimiento es también una obra de variaciones. Momentos de grandeza con tonadas mayores, momentos de silencios, momentos de agudeza con tonadas menores. Se necesitan los silencios para apreciar los momentos de esplendor musical. También los momentos de mayor magnificencia que deberán diferenciarse de los más sencillos. Nuestras vidas también están llenas de momentos diversos. De alegría, de tristezas, de soledad. ¡Cuánta paz experimenta quien sabe apreciar cada uno de ellos en el todo! Los momentos de dificultad nos ayudan a sacar lo mejor de nosotros mismos. Los momentos de alegría fortalecen nuestro corazón. Los momentos de soledad nos permiten reflexionar nuestra realidad. El sufrimiento también se presenta como un momento indeseado e inesperado, pero presente en todo movimiento, en toda sinfonía. Debemos poder encontrar y apreciar la armonía. Mirar con sencillez y humildad las variaciones. Sacar lo mejor de ellas. Esta experiencia también nos permite descubrir que necesitamos una realidad que nos supere, una realidad que nos sostenga, un compositor o un director.

Un movimiento necesita un compositor que lo componga y un director que lo dirija. Lo más espléndido que puede presentarse en una espectáculo musical es que el director coincida con el compositor de la obra. Todos tenemos miedo del fracaso, miedo de ser un movimiento desafinado, inarmónico. Necesitamos esperanza y confianza; necesitamos vivirlas. En manos de un buen director – compositor no hay que temer. En sus manos seremos llevados a los aplausos. Necesitamos también docilidad, dejarse guiar, estar atentos a sus indicaciones, no perder el contacto. Él sabrá armonizarnos, dará seguridad en los momentos de dificultad, nos indicará el momento de actuar.

Así, un movimiento: una realidad en un gran todo armónico, una obra de variaciones que necesita un compositor y director. A este punto nos haría bien escuchar, con esta clave de lectura, una gran obra clásica. Podría ser el segundo movimiento de la quinta sinfonía de Beethoven. Tomar un tiempo para reflexionar y descansar. Disfrutar de las formas alternadas y variadas, de las tonalidades en la bemol mayor y en do menor, de las melodías al unísono por violas con acompañamiento de contrabajos, las armonías dadas por clarinetes, fagots, violines con el arpegio en tresillos en las violas y los bajos, pasar por el interludio en el cual la orquesta entera participa en un fortísimo y una serie de crescendos hasta el final de la obra. Es sólo un movimiento de una sinfonía. Pensado. Compuesto. Un espléndido andante con moto.

Legionario de Cristo por Misericordia de Dios, que anhela para todos el don de abrir el corazón a Cristo, plenitud de la vida.

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