La pregunta más tonta…

“Se fueron de allí y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará». Pero no entendían lo que decía, y les daba miedo preguntarle. Llegaron a Cafarnaún, y una vez en casa, les preguntó: «¿De qué discutíais por el camino?». Ellos callaban, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Se sentó, llamó a los Doce y les dijo: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos». Y tomando un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: «El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado».” (Mc 9,30-37 / XXV Domingo Ordinario B)

 

 

Me encanta ver cómo los seres humanos, en muchas cosas, somos todos iguales. No importa la edad, el país, la cultura: hay cosas que todos compartimos. A veces, compartimos cualidades nobles, como la preocupación por un ser querido. A veces, lo que nos une no es tan bueno que digamos. Y otras veces, lo que tenemos en común me saca una buena carcajada. Como cuando estoy hablando con alguien o dando una charla o acompañando a un grupo en una formación… siempre está el típico que quiere hacer una pregunta, pero cree que es demasiado tonta. En ese momento, hago una pausa y les pongo la siguiente pregunta: “¿Cuál es la pregunta más tonta?” Quien me conoce, ya sabe la respuesta: ¡La que no se hace!

Dios nos dio inteligencia para pensar, para preguntar, para aprender. Él quiere que preguntemos, que investiguemos, que pongamos las cosas a juicio para descubrir la verdad. Esta cabeza que tenemos no sirve sólo para hacer quesadillas o meter goles de cabeza en el partido de fut: está hecha para pensar, para preguntar, para conocer la verdad.

Qué no nos pase como a los apóstoles, que tenían miedo de preguntar. Nadie nace sabiendo y entendiendo todo: hay que aprender. Y la mejor forma de hacerlo es preguntando: el no y la ignorancia ya los tengo asegurados. No tengo nada que perder y todo por ganar. No dejemos pasar esas oportunidades magnificas que pasa por nuestras vidas. Y el primer lugar donde debo hacer preguntas es en mi vida espiritual. ¿Conozco a Jesús? ¿Entiendo lo que Él me dice y lo que quiere para mí? ¿Cómo puedo pretender amar y seguir lo que no conozco? Jesús mismo lo decía: “Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre” (Mt 7,7-8).

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