La orquídea, el colibrí y un rostro de mujer

Por H. Guillermo Flores, LC

En estos días acabo de ver tres cosas, dos de éstas eran unas de las escenas más hermosas de mi vida. La otra, el rostro de una mujer proabortista. Lamentablemente su rostro no me contagiaba ni frescura ni paz, sino tristeza interior, un vacío no saciado. Esto me llevó a rezar por ella, y a pedirle a Dios que le dé luz y alegría, que le conceda la gracia de caminar por la senda del amor y la verdad.

Después de mis clases me detuve frente al balcón del edificio contiguo, allí hay una gran buganvilia muy bien podada. Mi mirada se posó en sus flores y descubrí entre sus ramas un minúsculo nido y en el minúsculo nido un colibrí. No dejaba de mirar las flores, estaba inmóvil como una roca, y al verlo así reflexioné en lo inmenso y sagrado que es la vida. Si un colibrí actúa así, con cuánta razón un padre y una madre han de custodiar y defender la vida como un don, una responsabilidad y un misterio tan profundo y tan cercano. Muchas cosas pensé en ese momento y no me cansaba de descansar mi mente y el cuerpo contemplando tan grande misterio. Instinto, ¿sólo eso? No. Tiene que haber algo más… Alguien más.

He visto, también,  el crecimiento de una orquídea que pusimos delante de una imagen de la Virgen María. Perfecta, hermosa, colorida, una obra de arte que te ayuda a elevar la mirada al Creador. Fue ocasión de espanto cuando los tallos perdieron la flor. Pensé que había muerto, pero no, era el ciclo de vida que así lo determina. Y después, el resurgir de unas tiernas y frágiles ramitas. Tan indefensas, tan pequeñas. Todo esto en el silencio, en el tiempo, semana tras semana. Discreta y cautelosa tejía sus ramitas y los capullos se empezaban a asomar por las extremidades. Una total prueba de paciencia para mí, en un mundo y en una agenda tan movida y apretada que no da tiempo de respirar. Estar ahí con María y ver las orquídeas eran momentos inolvidables. Los capullos crecían y comenzaban a tener color. Era todo tan increíble y tan perfecto. No creí que fueran reales. Pero ahí estaban. Una perfecta creación de Dios. A los pocos días fue cuando conocí el nido en la buganvilia. La naturaleza me enseñaba tanto.

Lamentablemente, algo le pasó al colibrí que no volvió al nido y algo a la orquídea que  comenzó a secarse. Sí, un sentimiento de frustración me visitó, y algo de tristeza. Pero lo que más lamentaba era que creaturas más perfectas y más bellas que los colibríes y las orquídeas, como los seres humanos, son rechazados a diario. Desgraciadamente, y por nuestra responsabilidad, día a día no se están logrando nacer y ver la luz de la vida. Son aquellos bebés  abortados, con vida, dignidad y derechos como las personas que son. Ahí los tenemos, hombres y mujeres con una riqueza que aportar al mundo, con un futuro por delante y una felicidad por luchar. Si supiéramos, si supiéramos… Y me duele… La orquídea se está recuperando; los huevecillos no lo lograron, y no pasa nada realmente. Pero cuando una madre rechaza a su hijo voluntariamente y se olvida de él… eso sí es triste, ¡triste! ¡Desgarrador! Va en contra de nuestra naturaleza, del amor. Y cuando olvidamos el amor, lo sagrado del amor y de la vida, cuando dejamos de lado una libertad responsable… lo olvidamos todo, porque olvidamos lo más importante. Andaremos tristes y vacíos. A pesar de todo, siempre estará la mano poderosa de Dios que nos ayudará a ser responsables, a seguir caminando, a convertir nuestro corazón y a poner nuestra mirada y confianza en Dios. Sólo en Dios.

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