Cuentos de Navidad 2014 – La música de Cristo.

Me llamo Manuel y tengo  treinta y cinco años. En Febrero, si Dios quiere, mi esposa y yo cumpliremos seis años de casados. Somos muy felices. Tenemos un hijo, Rubén, de tres años. Soy ingeniero en mecatrónica y ahora me dedico a la automatización de procesos industriales. No me falta nada, me siento realizado. De no haber sido por Juan, aquel hombre que me salvó la vida, no tendría yo ésta, no seguiría viviendo.

Sucedió cuando tenía quince años. Me encontraba de camino hacia mi casa, después de estar toda la mañana en el colegio. Era la hora pico, por lo que el tráfico era muy fuerte. Opté por irme caminando a mi casa, total: tan sólo eran veinte minutos caminando. Coloqué dentro de mis oídos un par de audífonos para escuchar un poco de música y así disfrutar más de mi recorrido. Puse muy alto el volumen, me gusta así. Debido a ello no escuchaba ningún sonido del exterior.

Sin poner atención a los señalamientos dirigidos a los peatones, iba cruzando las calles. Marchaba con la cabeza baja, en mi mundo, en mi burbuja, desconectado del exterior. Pensaba en llegar a casa, en comer, en prepararme después, en regresar al colegio para el entrenamiento de fútbol. Traía clavada en la mente a mi novia, los problemas que había en casa, la crisis económica, la beca que tenía que mantener, el trabajo de fin de semana que debía cubrir, el trabajo de química que tenía que entregar…

Ahora, me hallaba cruzando la calzada Del Valle. Casi al terminar, sentí una fuerza brutal que me empujaba hacia adelante y me enviaba directo al duro suelo de asfalto. Tropecé con mi propio pie y caí estrepitosamente, lastimándome el antebrazo y ambas muñecas. Estaba molesto. Le destrozaría la cara al idiota que me hizo eso. ¿Quién habrá sido? Me levanté. Posé mi mirada sobre el pavimento de la carretera: estaba lleno de sangre. Fui recorriendo con los ojos su fluyente, hasta que localicé su fuente originaria: un cuerpo humano.

Estaba totalmente aturdido, en shock. No me había percatado de que todavía tenía los audífonos puestos en las orejas. Me los quité. Al instante, como si hubiera entrado en otra dimensión, la del mundo real, empecé a escuchar un coro dramático de gritos de todas las direcciones; escuchaba cláxones de coches, ladridos y groserías de conductores dirigidas hacia mí. Tanto ruido, tanto caos, me causaba vértigo. Por si fuera poco, un señor se baja de su carro, en plena vía. Se dirige hacia mí. Los ojos estaban por salírseles de su órbita. Expelía de su boca tanta rabia que parecía un perro: «Eres un imbécil», me dijo tomándome del brazo derecho con fuerza:  «¿Qué no te fijas por dónde caminas? ¿Ves todo lo que has causado?».

Yo lo escuchaba a medias. Lo veía sin verlo: tenía como fondo aquel cuerpo inerte. No podía apartar mi mirada de él, tendido,  boca-abajo, con los brazos abiertos como queriendo tomar consigo toda la extensión de la calzada en su pequeña extensión humana. «Al menos no fui el único que cruzó la calle sin fijarse», me dije hacia mis adentros, todavía influenciado por el shock. «Entonces, ¿quién rayos me empujó?».

Vinieron la ambulancia, la policía y los forenses. El hombre que estaba tirado seguía sin moverse un milímetro. Los forenses tomaron acta, cubrieron el cuerpo y lo introdujeron en la camioneta en la que venían. Estaba muerto. Los policías vinieron conmigo. Me pidieron declaraciones al respecto. Yo les decía que no sabía qué había pasado, les decía que yo sólo me había visto rodando por el suelo, siendo empujado por alguien de espaldas, adolorido de mi cabeza, de mi antebrazo, de mis muñecas.

Continuaron la investigación con otros testigos. Yo me encontraba sentado en la parte trasera de la ambulancia. Estaba siendo atendido por los paramédicos. Veía los policías, veía los testigos. Mi mirada se posó sobre los labios de aquéllos que daban su testimonio. Alcancé a distinguir lo que decía uno de ellos, señalando el vehículo de la policía forense que se alejaba poco a poco: «Él lo empujó, él le salvó la vida». Se refería a la persona muerta. Alcancé a escuchar su nombre: Juan.

Ahora estaba entendiendo: Un coche vendría en exceso de velocidad. Éste se encontraría conmigo irremediablemente casi el finalizar la calle. Al verme cruzar negligentemente el paso peatonal, aquél hombre corrió hacia mí. Quizás me gritó, me habría avisado; habría sentido que no lo escuchaba y, con toda su fuerza, me habría empujado hacia el alzapié que comenzaba del otro lado, recibiendo en su cuerpo el impacto del vehículo. Me acerqué al señor que había  declarado ante los investigadores y le pregunté la verdadera versión. Me dijo:  «El señor, viendo que te iban a atropellar, sacrificó su vida por ti y te empujó hacia la banqueta».

Después de relacionar los hechos, de sentir mi muerte tan cercana y de no abrazarla, de presenciar la de una persona cerca de mí, dando su vida para salvar la mía; despidiéndose así de su familia, del amor y la felicidad con querida esposa, del cariño de sus hijos… por mí. Después de reflexionar esto, me vinieron unas inmensas ganas de verlo vivo, para agradecerle lo que hizo por mí, de abrazarlo, de pedirle perdón por mi estupidez, por no fijarme, por estar imbuido en mi mundo, en mis problemas, en mis cosas.

Lloré amargamente. Lloré mi idiotez, mi rutinaria vida que vivía hasta ese momento. Éstos sentimientos los tuve por un buen tiempo. Tenía que hablarlo con alguien. Pasé por una Iglesia. Decidí entrar en ella, y lo primero con lo que me topo es con Cristo Crucificado. En el altar, estaba la siguiente inscripción sacada del Evangelio: “Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos, ustedes son mis amigos”. Se me abrieron los ojos y los oídos: acababa de experimentar algo parecido a lo que Cristo había hecho por mí. Ambos hechos son reales, el sacrificio de Juan y el de Cristo. Ambos sacrificaron sus vidas por mí. Sólo hay una diferencia: a Juan no puedo agradecerle su sacrificio, aunque quisiera; en cambio, a Cristo sí. Él vive por siempre y para siempre. Él murió por mí y resucitó también por mí. Ahora, mi vida es un constante agradecimiento. Desde ese momento en la Iglesia, escucharía no tanto la música que brotaba de mis audífonos. No: ahora, escucharía aquélla que sale de mi alma, la música del amor que se encarna en el sacrificio. La música de la gratitud. Desde ese momento, comensaría a escuchar la música de Cristo.

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