La luz del mundo

Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos.” (Mt 5, 13-16 / V domingo del tiempo ordinario A)

 

 

Una vela pequeña es bastante insignificante. Apenas alumbra. Dura poco. No se ve para nada especial: sólo un poco de cera blanca y una mecha… Ni siquiera se puede usar para que el viento no se lleve los papeles, porque no pesa nada y se la llevaría el viento también. Por eso, una vela pequeña es muy insignificante. Una vela pequeña… Una vela…

Pero, quizá dos alumbran un poco más. Y con unas quinientas, puedo hacer que dure toda la noche. La luz de mil velitas en la penumbra, puede ser una vista sublime. Y ya quisiera ver que el viento intentara mover un millón de ellas. Una velita pequeña, no es nada… pero millones de velitas juntas no pueden pasar desapercibidas.

Cada cristiano ha recibido la luz de Cristo en su bautismo. Vos y yo llevamos una velita pequeña encendida en nuestro corazón. Esa vela tiene que iluminar las tinieblas que acechan el mundo actual. Cristo, la luz que vino al mundo para alumbrar a todo hombre (Jn 1,9), habita en nuestros corazones. Él quiere brillar a través de nosotros. Pero es fácil sentirse pequeño e insignificante. ¡De hecho lo somos! Nosotros solos no podemos. Somos sólo una velita pequeña en medio de la oscuridad.

Cuando intentamos alumbrar solos, nos comen las tinieblas del mundo. La llama se nos consume en un instante. No atraemos a nadie. Terminamos siendo hojas en el viento de las pasiones y las tentaciones del mundo y de la carne. Eso nos pasa porque somos sólo una velita pequeña e insignificante.

Yo solo no puedo nada… pero si somos dos, o tres, o cien, o mil… ¡o un millón! Eso sería muy diferente. El mundo brillaría con nuestra luz. No necesitaríamos la luz del sol (o de otras cosas que pasan…) porque el Señor Dios irradiaría su luz sobre el mundo (Ap 22,5). Quizá si la gente me ve a mí, no les impresione tanto… Pero si nos ven a todos los cristianos viviendo con intensidad y con gran amor, no pueden ser indiferentes. Por eso somos Iglesia. Por eso somos el Cuerpo de Cristo. Por eso, el Señor, antes de morir, le pidió al Padre: “¡Que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí!” (Jn 17,23).

 

Foto: Tealight candle lit-up by Mohammad reza Fathian

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