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La lógica de Dios es misericordia

Textos de referencia: Mt 9, 10-13; Mc 2, 15-17; Lc 5, 29-32

Introducción:

Nuestro Dios es el Dios del encuentro que sale al encuentro del hombre caído, obra de sus manos. Y nos maravillamos con la locura de un Dios que siempre nos precede y nos sorprende.

La Encarnación de la Palabra única e irrepetible de Dios Padre no bajó en el vientre de María simplemente para emprender un viaje turístico en el país de los seres humanos, sin involucrarse y comprometerse con nosotros. Si sólo hubiese bajado para pasar por nuestras vidas como un turista que contempla pasivamente y se marcha indiferente, entonces su venida jamás hubiese trastocado radicalmente el curso de la historia humana.

Y el Verbo se hizo carne y armó su tienda entre nosotros” – es la traducción literal y fiel del original griego de san Lucas- “armó su tienda”, es decir, Dios no vino con pasaporte de turista, sino como uno de nosotros. No significa uno más en el contexto de la historia humana, sino se trata de Dios entre hombres, Dios hecho carne entre nosotros. Es la Kenosis, el despojamiento que le costó al Hijo Predilecto del Padre.

Sin embargo, contemplamos un despojamiento que tal vez todavía no nos ha llamado la atención y es precisamente esa Kenosis de atreverse a abajarse un poquito más y compartir la mesa con los pecadores. Cristo se adapta a todos para salvar a todos como más tarde expresará san Pablo y esta es la clave de meditación para sacar fruto de este encuentro sorprendente de Jesús con los pecadores y cómo Jesús a la vez se encuentra conmigo y con cada hombre en la mesa de cada día.

  1. Misericordia: el cielo toca el fango del pecado

Compartir la mesa, comer del mismo pan va mucho más allá del mero saciar el hambre corporal, pues implica y fomenta los valores y las virtudes más nobles en el corazón del hombre. Compartir la mesa es sinónimo de amistad, de cordialidad, de alegría, de unidad y en este contexto del evangelio es cuando Jesús, despojándose de su ser igual a Dios Padre, se mezcla entre pecadores, prostitutas, ladrones, sin dejar de ser Dios. El cielo toca el fango del pecado.

Pocas horas antes de que Jesús viniese a sentarse a la mesa de las descorazonadas de esa gente pecadora, su dedo había señalado con amor a uno de sus apóstoles, eligiéndolo y sacando su atención y su corazón del reluciente brillo de las monedas que rebosaban de su mesa de impuestos. Es Levi, ahora Mateo, quien años más tarde despertará en su memoria la chispa de aquella bella llamada y no hesitará en narrarla en su evangelio. Por tanto, Jesús está cenando en casa de Mateo. Y el encuentro con el Señor hiere su alma como una espada afilada, espada que le ayudó a convertirse, en una palabra: misericordia.

Puede parecer que el mundo de  hoy no es tan distinto del mundo de Mateo y quizás todavía nuestros corazones andan extraviados y no captan que Jesús es misericordia que viene y se sienta a la mesa de nuestras vidas, de nuestros deberes diarios, de nuestros problemas y sobretodo de nuestras descorazonadas. Recordar que Dios es misericordia y que somos mendigos de Dios es experimentar un suave bálsamo que escurre desde la punta del último cabello hasta los pies; es saberse querido por Dios. Porque es verdad que estamos heridos, constantemente podemos andar con heridas. ¡Cuántas heridas llevamos por la vida! Heridas causadas por nuestra culpa, heridas causadas por otros, por amigos, parientes, gente muy mala… Y Jesús con su misericordia viene para ser un bálsamo que cura nuestras heridas de pecado y de soledad para que podamos levantar otra vez la cabeza y seguir adelante en el largo camino de la vida.

  1. Misericordia: una lógica que escandaliza:

Una idea que siempre me viene al corazón es la de que todavía es difícil aceptar que Cristo vaya a comer con los peores pecadores, que se abaje tanto. Nuestro pecado y nuestro corazón endurecido, entre forcejeos llega a aceptar que Dios abrace a aquellas personas que- en nuestra opinión- no merecen tanto cariño y tanta cercanía de parte de Dios. Solemos ver el cuadro de la misericordia desde lejos, sin mucho compromiso, sin arriesgarnos a tocar la carne sufriente de Cristo en el hermano, y no nos acercamos, preferimos ver de lejos y pasar de largo indiferentes. “¿Por qué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores?”. Es el escándalo que fomentamos porque la lógica de Dios es aplastante. En nuestro interior grita la voz potente del “do ut mihi des”, mientras la Misericordia se dona a quienes nada pueden retribuir. En la fachada de nuestro corazón hemos colocado un letrero: “oculus pro oculo, dens pro dente”, mientras Jesús sale al paso de los que han caído repartiendo su perdón, ofreciendo a veces su mejilla, porque sabe que nosotros solemos olvidar nuestras buenas promesas de conversión y de cambio interior; sabe que sin su gracia y su Misericordia, lo que juramos en la luz, negamos en la oscuridad, porque somos pecadores.

Recuerdo una ocasión en que pude ver que realmente a nosotros muchas veces nos hace falta abrirnos a la gracia y al sentido divino del perdón y de la misericordia. Terminaba yo mi segundo año de noviciado en Colombia. Era un recién profeso de votos temporales salido de la cuna espiritual del noviciado. De ida al aeropuerto-iba a visitar a mi familia en Brasil-el taxista comenzó a platicar conmigo y me dijo que creía firmemente en Dios y en su amor, que el Señor nunca lo había olvidado, pues se sentía feliz y bendecido con muchas gracias. Tenía una esposa maravillosa y dos niños encantadores. Su trabajo iba de mil maravillas y siempre se había esforzado por ser una buena persona y un buen cristiano. Sim embargo, en un determinado momento de la conversación me dijo: “padre, ¡me cuesta entender y aceptar que exista tanta gente mala en este mundo y que, además, las cosas les vayan bien! Es que no se las merecen. Son malos y a veces, ¿Por qué Dios permite que tengan más éxito y vivan mejor que nosotros que nos esforzamos por vivir honestamente, por ganar nuestro dinero y nuestro pan con el sudor de nuestra frente, por tener siempre una conciencia recta?”.

Sentí que era muy cierto lo que decía aquel taxista. La mentalidad humana es como lo que pasó en la parábola de los que fueron llamados a trabajar en la viña; al final de la jornada el Señor pagó igualmente a todos, tanto los que trabajaron todo el día como los que trabajaron sólo una pequeña parte de la jornada. Eso provocó la queja y el descontento de quienes madrugaron en la viña del Señor: “¿Cómo es posible que aquellos que trabajaron bien poco ganan igual que nosotros que nos hemos fatigado en tu viña?”. La queja de aquel taxista era semejante a los de la parábola. Luego me pasó por la mente la parábola del hijo pródigo. Es la misma queja racionalista que sale del corazón del hijo mayor, una vez que llega a casa, oye música, se entera de que hay fiesta porque ha regresado su hermano menor, y por tanto se indigna y se queja. “Padre, tantos años te sirvo y nunca me diste un cabrito para festejar con mis amigos. Ahora que vuelve ese hijo tuyo que derrochó toda tu herencia con prostitutas, ¿le matas un novillo cebado y haces fiesta?”. ¡Es la indignación del taxista! ¡La misma! “Padre, ¿Por qué bendice a la gente mala?”. Resulta que humanamente estoy de acuerdo con el taxista.

Sin embargo, la cuestión es que la causa de nuestras quejas e incomprensiones ante la infinita misericordia de Dios hacia los pecadores es que a veces trabajamos y nos entregamos totalmente en la viña del Señor, pero no trabajamos y nos entregamos con amor y desinterés al Señor de la viña. Optamos por servir con fidelidad en la casa paterna que se traduce en nuestra parroquia, en nuestra comunidad, en casa, en el hospital, en el trabajo, en el colegio, pero no optamos por servir al Padre de la casa, es decir, servir solamente a Dios nuestro Señor. Nos afanan y nos interesan las cosas de Dios, pero no a Dios mismo, que es Misericordia y es por ello que no comprendemos con los ojos del Padre el regreso del caído y el encuentro del que estaba perdido. Nos preocupa el salario al final de la jornada y el Señor de la viña no es más que un patrón para nosotros. Nos apremian el dinero y los bienes del Padre, pero el Padre, no. Y este es el motivo principal por el que, inclusive estando en la casa del Padre, siendo buenos cristianos, seguidores y cumplidores fieles de los mandamientos, hombres y mujeres de Iglesia y de sacramentos frecuentes, no entramos en sintonía con la misericordia de Jesús hacia los peores pecadores; porque si de verdad nuestro único tesoro fuese Jesús, no brotaría jamás de nuestro corazón quejas como las del evangelio:“¿Por qué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores?”; quejas como las del taxista: “¿Por qué Dios bendice y tiene compasión de esa mala gente?”. Estamos hablando- en síntesis- de esta lucha constante que se traba en el vasto campo de batalla del corazón de cada hombre. ¿Amar u odiar? ¿Perdonar o vengarse? ¿Ayudar o cruzarse los brazos?

Cuando nos acecha la tentación de pensar o decir que los peores pecadores merecen el debido castigo por sus delitos- pensemos a los que están en las cárceles- no caigamos tan fácilmente en esta tentación, porque pecadores somos todos. Bien expresó el papa Francisco en una audiencia general al tocar el tema de visitar a los encarcelados: “ellos no son peores que nosotros, ya que todos nosotros también somos capaces de equivocarnos en la vida” (1). La tarea del cristiano es mirar con ojos de misericordia y el mundo podrá entonces reconocer que Jesucristo es el Señor y es Amor, es bálsamo que sana nuestras heridas.

  1. Misericordia: un médico que no se rinde:

La segunda reflexión que nos deja este encuentro sale precisamente de la boca de Jesús hacia los que criticaban su actitud desde lejos: “no necesitan médico los que están fuertes sino los que están enfermos. Id, pues, a aprender qué significa misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido para llamar a justos, sino a pecadores”. Esta respuesta de Cristo es la condensación de su misión, de su Kenosis, es el programa a ser seguido por todos los que deseen seguirle más de cerca, aprender de Él que es manso y humilde de corazón.

En otras circunstancias de su vida pública Jesús mostró su identidad a la humanidad usando símbolos e imagines bellísimas, muy humanas -es la Luz, el Camino, el Buen Pastor-aquí en este encuentro Jesús se presenta como médico-“Yo soy el Médico”-puede ser la traducción de sus mismas palabras: “no son los fuertes que necesitan médico, sino los pecadores”. El pecado es una enfermedad que nos acompaña siempre y es por eso que Jesús ha querido encontrarse con cada hombre, para cuidarle, para que no sucumba y, desde luego, para que viva. Y la medicina de toda la vida que Él aplica siempre en nuestro corazón es la Misericordia.

Cristo abraza y unta nuestro corazón con el refrescante bálsamo de su amor incondicional. Jesús es Médico que nos sana con un corazón traspasado desde el patíbulo de la cruz, diciéndonos que la vida cristiana es un gozo sólo cuando nos adentramos en esa dinámica de misericordia capaz de cambiar el mundo. ¡Qué bien experimentar que Jesucristo es Médico y que su única medicina es la Misericordia! Ya que por sus gloriosas llagas hemos sido curados. No nos cura cruzándose los brazos, como cualquier médico de esta tierra que, tras hacer todo lo posible e incluso lo imposible para salvar al enfermo, se rinde delante de su impotencia y del misterio insondable de la muerte. Jesús, en cambio, abre sus brazos y se deja clavar en el madero para que la sangre caiga de su cuerpo herido y torturado por el peso de nuestros pecados regando la infertilidad de nuestra tierra tocada por el pecado y por el mal. Así nos sana y nos purifica.

Por ello, los cristianos no veneramos cualquier cruz, sino que veneramos la gloriosa cruz de Jesucristo. Las crucecitas que componen nuestro peregrinar por este mundo-el dolor, el sufrimiento, la persecución, el hambre, la guerra, la muerte, la incomprensión, el rechazo, el cansancio, nuestra infidelidades-solamente hallan sentido y plenitud cuando miramos y adoramos a Jesucristo Crucificado que, con su ejemplo, nos invita a esparcir amor y misericordia en todos los rincones de la tierra. Eso es ser cristiano, lo demás es cuento bonito.

Dicen que la sabiduría popular suele ser muy cierta-y valga la redundancia- muy sabia. Quienes hayan leído “el Lazarillo de Tormes”, sabrán que es una novelita muy picaresca, con toques de picardía por  doquier. Pero conlleva al mismo tiempo un enorme bagaje de sabiduría vivencial. La obra española del s. XVI cuenta las aventuras de un muchacho pobre, pícaro y vagabundo llamado Lazarillo, el cual va sirviendo durante temporadas a diversos amos, quienes a su vez le ofrecen protección y el sustento material. Cierta temporada de su adolescencia, el muchacho fue a vivir con un amo que era ciego. Y a menudo el cieguito se tomaba unas jarras de vino muy bueno y ni siquiera ofrecía un trago al pobre muchacho. Entonces el Lazarillo decidió hacer una trampa. Hizo un agujero en la parte inferior del jarrón y con una especie de caña para sorber tomaba un poco de vino. El ciego se sentaba medio de cuclillas y el chico se ponía silencioso por debajo de su jarrón y disfrutaba del delicioso vino sin que el ciego se diera cuenta. Un día el ciego tocó la parte inferior del jarrón y pilló la trampa. Llenó el recipiente y comenzó a beber. Cuando el Lazarillo puso su cara debajo de la jarra, el ciego soltó la jarra partiéndola sobre la cara del muchacho, la cual sangró al rato. Luego, para curarle las heridas que le provocó en la cara el ciego aplicó vino y dirigiéndose al chico pícaro dijo: “el vino que te partió la cara, ahora te cura” (2). ¡Esta es una grande lección! El mensaje, en forma de analogía respecto a nuestra redención- está claro dentro del contexto de la misericordia del Padre que envía a su Unigénito al mundo. El fruto del árbol que nos hizo pecar, ahora en Jesucristo, fruto bendito del vientre de María, que yace en la cruz, del mismo árbol nos viene la salvación y cura las heridas de nuestras “pillerías” y de nuestros pecados como el mismo vino que partió la cara del Lazarillo le curó las heridas. Nuestras heridas las cura solamente la dulce misericordia de Dios.

  1. Misericordia: cómo inscribirse en esta escuela:

La invitación de Jesús es que nos inscribamos en la escuela de la misericordia, donde podemos melificar nuestro corazón de piedra. “Id, pues, a aprender qué significa Misericordia quiero, y no sacrificio”. Primeramente está el verbo “ir”, que nos interpela, nos pone en movimiento, nos sacude de nuestras comodidades. Para ser misericordiosos es necesario poner a prueba nuestro corazón, pues se trata de un aprendizaje siempre en salida al encuentro del prójimo.

En la escuela de la misericordia los exámenes se superan saliendo de nosotros mismos, yendo por las calles y las periferias existenciales- de las que tanto habla el papa Francisco- y tocando el dolor y enjugando las lágrimas de tantos hermanos nuestros. Es cómodo y elocuente predicar o escuchar “misericordia quiero, no sacrificio” dentro de la parroquia, en las reuniones selectivas y cerradas de nuestras comunidades, pero esto no basta. Si la misericordia nace de las entrañas amorosas de Dios, el cristiano está llamado a compadecerse y a sufrir con los que sufren y lloran, a perdonar contemplando como ejemplo las entrañas misericordiosas de Cristo. En la escuela de la misericordia la única definición obligatoria para el examen es: “perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

Misericordia, no sacrificio. Jesús en esta respuesta sabia a los criticones que sólo miran de lejos y juzgan, cita al profeta Oseas que escribió: “porque yo quiero amor, no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos”. El contexto del profeta Oseas es el mismo de Cristo entre las críticas y el mismo de nuestro mundo de hoy. Dios no es un coleccionador de sacrificios y holocaustos, Dios acepta y bendice los sacrificios untados por una auténtica misericordia, por un verdadero amor. El sacrificio por el sacrificio es una locura; el sacrificio hecho con amor y con entrañas de misericordia es el que posee un sentido salvífico. ¡Basta contemplar al que traspasaron!

El sacrificio del cristiano que no llega a la fecundidad y a dar frutos de paz interior, de sincera alegría, de virtudes teologales en el alma es un masoquismo, porque no conlleva misericordia y amor. Vivir así se traduce en un infierno aquí en la tierra. El termómetro para medir si estoy sacrificándome gozosamente por el otro es la misericordia, es ver si el corazón late al ritmo del amor del que nos amó primero. Y si no, estamos viviendo un engaño.

 

Conclusión:

Este ha sido el encuentro de la misericordia. Seguramente después de este encuentro de Dios con cada hombre pecador, en esa kenosis hasta el extremo de la cruz que entraña amor y sacrificio de Dios por nosotros, solamente queremos pedirle al Señor que nos llene de su misericordia para que así seamos canales fieles de su presencia en el mundo y testigos auténticos de su infinita misericordia.

    Bibliografía:

  1. PAPA FRANCISCO, Audiencia General, Plaza San Pedro, 10 de septiembre de 2014.
  2. LA VIDA DEL LAZARILLO DE TORMES, Espasa-Calpe, S.A., Madrid, 1949, Tratado primero: cuenta Lázaro su vida y cuyo hijo fue; pag.86-88.
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