La Iglesia en salida: crónica de una misión

Por Javier Gaxiola, LC

Quisiera decir una cosa: ¿qué es lo que espero como consecuencia de la Jornada de la Juventud? Espero lío. Que acá adentro va a haber lío, va a haber. Que acá en Río va a haber lío, va a haber. Pero quiero lío en las diócesis, quiero que se salga afuera… Quiero que la Iglesia salga a la calle, quiero que nos defendamos de todo lo que sea mundanidad, de lo que sea instalación, de lo que sea comodidad, de lo que sea clericalismo, de lo que sea estar encerrados en nosotros mismos.

Papa Francisco, 25 de julio de 2013

 

Te diré una palabra y me tendrás que decir lo primero que te viene a la mente. ¿Listo? Va… MISIONES. ¿Qué pensaste? A ver si adivino: África, tribus, selva. Si no eres creyente tal vez pensaste en las misiones de un juego de Playstation.

Bueno. Esta es la crónica de una misión. Una misión corta y sencilla, pero no por ello menos relevante y trascendente.

¿Has visto alguna vez a 150 jóvenes juntos? Bien. Seguramente sí: en algún estadio o concierto. Ahora imagínatelos en camisa clerical. Vestidos de curas, para entendernos. Bien. Ahora gritando y cantando, haciendo lío por las calles de Roma. Llevando a cientos de personas a confesarse y a adorar un rato al Santísimo Sacramento. Un espectáculo.

La gente de hoy prejuzga a los seminaristas. En el fondo, los prejuicios están pintados sobre una creencia base: son chavales que han muerto para el mundo. Están  muertos. Hablan de otro mundo, de cosas raras. Entran muy jóvenes al seminario. Hablan en chino. No nos entienden. El mundo vive, y ellos… simplemente están muertos. Además dan pena. No saben nada de la vida. Se han creído su propia publicidad. Seguro se van de padres por miedo e ingenuidad. Dan lástima.

Podría darte respuestas. Debatir. Y mira que me dan ganas. Lo que he dicho ha sido pronunciado o al menos pensado por miles de bocas y mentes.  Por esta vez, prefiero callar. Mi pluma será la que describa algo de lo que se está viviendo estos días en Roma. Quizás cambies de opinión. Quizás los seminaristas tengan algo de vida después de todo.

Todo empezó cuando la semana pasada el padre rector nos anunció que un grupo de hermanos habían hecho una propuesta. Saldríamos a las calles los dos días previos a la canonización de Juan XXIII Y Juan Pablo II. ¿Razón? Salir al encuentro de hombres y mujeres para anunciarles que Cristo resucitado los ama y llevarlos al encuentro con ÉL. Todo esto aprovechando el “pretexto” de dos hermanos nuestros que “ya la hicieron”. Dos testimonios de que la santidad es posible y no sólo una buena y platónica idea…

El rector aceptó el reto. Apoyó la propuesta. La hizo bola con las manos y la reviró al auditorio lleno de sotanas sentadas, provocando nuevas ideas que nutrirían el proyecto inicial. Nuevos métodos de evangelización. Sobre esto dos cosas: 1) La nueva evangelización es todo un reto. ¿Cómo le dices a un joven de hoy que Cristo lo ama y que sería bueno confesarse de vez en cuando? ¿Cómo haces que una chica vaya con sus amigas a misa o a rezar un rato a la Iglesia? ¿Cómo propones la vocación religiosa y consagrada de un modo atractivo y a la vez respetuoso? 2) El rector no sabía lo que hacía. No esperaba lo que sucedió. Se echó al ruedo sin ver bien el tamaño del animal.

25 y 26 de abril. Cerca de 150 seminaristas salen a las calles de Roma, atestando los medios públicos de la estación Aurelia. Interrumpen sus actividades formativas y académicas, incluso renunciando a algo de descanso. La Iglesia en salida; saliendo al encuentro del hombre que busca y no encuentra. El hombre que pregunta y nadie le responde. Cada uno de esos seminaristas llevaba respuestas preparadas que se resumían todas en una sola palabra. Perdón. En una sola persona. Cristo. Sólo que lo envolvían de maneras distintas. Envolturas originales y algo locas que sólo pueden salir de las cabezas de seminaristas locos. Ahí les va.

Unos (en su mayoría brasileños) cantaban y bailaban en las plazas canciones cristianas con ritmo de zamba. Empiezo con esto porque estoy impactado. No sabía que mis compañeros pudiesen bailar tan bien hasta ayer. El caso es que la gente curiosa se acercaba, mordía el santo anzuelo, y mientras se divertían otros aprovechaban el momento y los invitaban a la iglesia y a la confesión.

Otros imprimieron fotografías tamaño natural de los santos Juan XXIII Y Juan Pablo II, para ofrecer selfies gratis con los Papas. Miles de grupos se tomaron su selfie y después recibieron frases de los santos que sólo Dios sabe en donde terminaron. “Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto, algunas semillas a ciento por uno, otras a sesenta y otras a treinta.”

Otros seminaristas tocaban música con instrumentos de todo tipo, haciendo competencia a la destreza de los malabaristas y bailarines de las plazas. Algunos más tallaron cruces de madera y las iban cargando por la ciudad, para que la gente clavara sus intenciones y pudiéramos después orar por ellos. No falto quien montó alguna mini-cancha de fútbol e invitaba a los niños a “retar al cura”.

 

Las conversaciones pasaban del inglés al español, pasando por el portugués, francés y alemán. Casi siempre terminaban en caras y gestos. Lo importante era comunicarse.

Miles de personas observaban todo esto con unos ojazos de estupefacta sorpresa. A otros, sólo entrar, les corrían las lágrimas hasta la boca. Pronto la Iglesia estuvo llena. Gente entrando con manos vacías y hombros cargados, quién sabe de qué tanto. Salían aparentemente iguales. Las manos vacías, tal vez. Pero si te asomabas por la mirada, y mira que soy curioso, veías lo mucho que se les había ensanchado el corazón y los rostros de resucitados. Sí, lo veías por los ojos. Por que son como ventanas del interior. Por lo demás no podías ver la diferencia.

Confieso que mientras veía todo esto, recordé la cantidad de veces que me había encontrado en esas calles. Eran caminos y plazas que ya conocía. Navona, Panteón, Trastevere, Sant Angelo y San Pedro… Había paseado muchas veces, también vestido de cura. Muchas veces tan cerca de la gente y a la vez tan lejos. ¿No seré un bicho raro? ¿Por qué la gente se me queda viendo y a la vez le saca la vuelta a mi mirada? ¿Será que piensan en Dios alguna vez? Ayer me dí cuenta de algo. Lo que vemos por fuera es fachada. Es montaje. Detrás de eso, está siempre un corazón de carne que late y busca a Dios. Por más alto e infranqueable que parezca el muro, estamos llamados por Dios a derribarlo, con el arma que Dios usa: su misericordia.

No falta quien se molesta del alboroto. Pero al menos déjame que te pregunte, ¿crees que el seminarista es raro? Te podría dar mis opiniones y comenzar mi apología. Pero el corazón no se cura con razones. Yo sólo puedo decir que nunca he amado a los hombres como en mis años de seminarista. Hubiera sido más fácil para mi ser otra cosa. Pero ayer mientras me encontraba con la gente en las calles, sentí que el hombre de hoy necesita que me siga poniendo la sotana, y que siga gritando que Dios no sólo está arriba. Que lo diga cantando, haciendo lío, orando, conversando o simplemente paseándome por las calles.

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