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La felicidad en el sufrimiento

“Si yo tuviera más dinero ahí sí que yo sería feliz.” Si yo no tuviera esa enfermedad seguramente podría ser libre. Si esta persona no trabajara conmigo, seguramente tendría paz…  Cuando uno sufre la privación de algo que le gustaría tener frases como esas pueden naturalmente brotar en nuestra consciencia, pues todos buscamos la felicidad, libertad y paz. Y sí, es verdad: somos felices a la medida que tenemos paz y libertad y lo mismo si intercambiemos los tres conceptos. Pero lo que nos impide de desfrutar de tal felicidad es que muchas veces tenemos una concepción equivocada de libertad.

La felicidad no viene de la medida que tenemos menos circunstancias contrarias a esa, pero en la medida en que vivemos libres interiormente. Una persona que ha sido secuestrada por ejemplo, normalmente carece de libertad exterior, porque muchos de sus actos voluntarios son impedidos de ser realizados por los secuestradores, como por ejemplo: regresar a casa, ir adonde quiere o  hablar con quién quiere. Sin embargo hasta en tal situación extrema esa persona tiene un rincón de libertad que nada ni nadie se le puede quitar: su libertad interior la cual ultrapasa los limites exteriores y permite  que uno se viva libre, feliz y en paz.

Según P. Ramón Lucas Lucas, podemos definir la libertad como “la capacidad del ser humano de hacer algo según su voluntad deliberadamente sin ser obligado”. Eso quiere decir que en nuestro interior hay un espacio que solo nosotros mismos juntos y Dios podemos acceder, y por la presencia de tal libertad es que millares de personas fueran capaces de dar la vida voluntariamente por su fe mientras podían haber escogido negarla pero tuvieron el control de su voluntad y decidieron cual actitud tener frente a las dificultades exteriores. Jacques Philipe va más allá y afirma que “La libertad interior es la que en cualquier circunstancia y gracias a la asistencia del Espíritu Santo, que viene en ayuda de nuestra debilidad (Rm 8,26) cuenta con la posibilidad de  creer, de esperar  y de amar.”

Lo bello de todo eso es que nuestra felicidad y paz no depende de las circunstancias exteriores, y muchas veces esas son mucho más una ayuda para que uno se desapegue de las seguridad que tiene en el exterior y se vuelva al interior, pues es ahí donde vive Dios y donde el Espíritu Santo suele actuar en la vida del ser humano. Consecuentemente cuanto más uno se vuelve al interior para buscar a Dios en su sufrimiento más Dios se hace más presente en su vida y lo colma con su presencia dando el tan deseado fruto de la paz y felicidad.

Eso no quiere decir que hay que minimizar el sufrimiento presente en el exterior, sí existen situaciones en que una presencia de más libertad exterior contribuye para la felicidad y la paz, pues  ciertamente el que ha sido secuestrado puede desear su liberación, un enfermo debe buscar su curación, así como un padre de familia tiene el derecho de buscar un empleo en que la situación económica no sea un obstáculo para el conforto de su familia.  Pero el problema se encuentra en querer solucionar la situación externa como se esa fuera la causa de la insatisfacción interior que uno experimenta, pero no, pudiera uno ser puesto en libertad, curarse, o hasta ganar en la lotería que, si no busca la libertad fundada en la presencia de Dios, dentro la sed por libertad permanecerá allí, pero de una manera diferente.

Además si analizamos bien nuestras privaciones del día a día, salvo algunas personas que si sufren de verdad como ya hemos dicho,  veremos que generalmente se limitan a cosas que nos molestan y que debemos aceptar pues no las queremos cambiar. Uno por ejemplo puede sentir que no se siente confortable en su empleo porque no se lleva bien con sus compañeros, pero eso no puede ser una excusa para que uno viva la vida amargado, sí es una dificultad real que está ahí, pero no puede robar la felicidad, pues esa depende de cómo uno enfrenta tal dificultad. Uno puede resignarse a sufrir la situación o buscar medios para relacionarse mejor con los otros, y hasta rezar y ser paciente mismo cuando de la otra parte no hay correspondencia, pero esa gracia solo se logra a la medida de nuestra unión interior con Dios en la oración. En ese caso solución no es esperar que los otros tomen la iniciativa de resolver el problema. Así como en ese caso normalmente solo aprenderemos a tener paz en el sufrimiento cuando la  iniciativa debe venir de nuestro interior hacia afuera de tal manera que busquemos cambiar nuestra actitud ante las dificultades y así vamos saber cómo cargar con paz muchos de nuestros sufrimientos, mismo que no los quitemos.

Por eso si en el momento del sufrimiento, no dejemos de buscar a Dios pues Él quiere estar con nosotros en ese rincón privilegiado, quiere confortarnos en nuestros sufrimientos y sobretodo quiere sufrir con nosotros, pues en la cruz experimentó la insatisfacción que experimentamos cuando somos privados de nuestra libertad y quiere darnos la paz y felicidad de haber cargado su cruz por amor. Él es el primero en querer nuestra felicidad.

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