“La fe no nace del milagro, sino el milagro de la fe”

Tengo una pregunta que siempre me ha causado curiosidad: ¿qué hubiera pasado si Cristo, mientras colgaba de la Cruz, hubiera accedido a los gritos y réplicas de los fariseos y triunfalmente hubiera bajado de ella. Ante tan gran prodigio, ¿hubieran creído? ¿o arrastrados por una rabia más grande lo hubieran acusado de brujo y secuaz de Satanás? Y no dejo de preguntarme si la resurrección constituye un milagro mayor que el descender del patíbulo. Sabemos por los Evangelios que, pese a no haber encontrado el cadáver en ninguna parte, los fariseos se empecinaron en no creer y su odio hacia ese Jesús sólo se acrecentó. Está probado: un milagro puede afianzar al creyente en su fe o al incrédulo en su escepticismo.

Hoy las réplicas de los fariseos se repiten sin césar a nuestro alrededor. Miles, alzando el puño en actitud desafiante exigen una prueba a Dios. En actitud rebelde, lanzan furiosos gritos reclamando una intervención directa del cielo. No pocos son los que se abstienen de creer hasta no ver una señal evidente. Y la pregunta sigue siendo la misma: aun cuando ese milagro llegase, ¿creerían?

Obviamente nuestra fe no puede basarse en milagros. Se basa, en última instancia, en la autoridad de Dios que se revela. Pero Él sabe que necesitamos algunas ayuditas que nos den alivio en el camino de la fe. Con esto, no quiero negar que existan los milagros; más bien, busco aumentarlos, hacerlos más claros. Descubrirlos.

Pues ¿cuál milagro es mayor, la curación de un enfermo o el don de la vida? ¿Que el sol se detenga un instante o que el universo, con toda su complejidad y sus dimensiones, exista? ¿Qué es más grande que alguien hable de repente lenguas o poder creer con certeza en Alguien a quien nunca hemos visto o tocado?

Vivimos rodeados de milagros y no nos damos cuenta. Y la Iglesia en este día del Corpus Christi nos invita a acordarnos de un milagro mayor que todas las curaciones o las apariciones juntas. El milagro más grande de nuestra fe y que no recibe atención mediática: la Eucaristía. Ese portento diario- y no por eso menos maravilloso- en el que el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre del Señor. La señal más clara, más cercana, más sencilla de la presencia de Dios. ¡Dios mismo! Y no nos percatamos, encerrados como siempre en nuestro mundito, de que el cielo en ese momento sublime baja durante media hora a nuestras vidas.

Lo que pasa es que nos hemos arrutinado tanto que hemos perdido la capacidad de asombro, vivimos tan agobiados que olvidamos el consuelo de su Presencia Eucarística, tan ciegos que su luz ya no nos encandila. Hace falta fe para descubrirlo, para desempolvar la grandeza de este gran regalo. Ya que, como escribió Dostoievski: “la fe no nace del milagro, sino el milagro de la fe”.

Ya no necesitamos exigir la presencia de Dios. Él ya está en medio de nosotros. Ha tendido un puente entre su mundo y el nuestro. Ni es necesario que construyamos una torre para acceder al misterio divino. Éste baja hasta nosotros para entrar en lo más profundo del alma dándose a sí mismo como alimento. No hace falta ir a los lugares más remotos, buscar los escondrijos más ocultos para entrar en su Presencia. Basta con que vayas a la esquina de la calle, allí donde está la Iglesia de tu barrio. En ese Tabernáculo a veces tan solitario, sin duda lo hallarás.

El milagro ya se ha realizado. Un portento indescriptible se abre ante nuestros ojos. Y la pregunta sigue siendo la misma: ¿lo crees?

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