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La esponja cristiana

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Hace unos días recibí una esponja que necesitaba para limpiar mi cuarto. Llegaba recién comprada y aún estaba dentro de su bolsita plástica. La dejé arriba de mi mesa, sin abrirla. Al cabo de un rato la fui a abrir y de repente se me cruzó una idea. Esa esponja, así, dentro de su bolsita, es inútil. Hay que sacarla de su bolsita. La hicieron y la compraron para eso para enjuagar, para fregar, para limpiar.

Hay muchos sitios en casa en donde sólo ella puede meterse para despegar la indecorosa mugre acumulada desde tiempos inmemoriales. No hay otro que lo haga mejor que ella. Pero si no sale de su bolsita, ahí se va a quedar, dentro de la zona de su conforto e interés egoísta, y a su alrededor todo se va a ir ensuciando. Una esponja que no limpia no sirve.

Reza el dicho que “quien no vive para servir no sirve para vivir”. Este sujeto verde-amarillo encarna a la perfección el juego de palabras. Cada cristiano es una esponjita. Una esponjita que fue hecha para servir, para limpiar todo lo que toque y raspe. No va a dejar a la mugre en paz. No va a permitir que el polvo de la rutina y la suciedad del pecado se asienten y adhieran. Va a dar el brillo a pisos de valores y va enjuagar conciencias indiferentes. Pero si la persona no sale de la bolsita de sus intereses, la esponja va a continuar siendo inútil. Como el Papa Francisco siempre nos invita: salir afuera de uno mismo, de su propia bolsita.

Pero ojo. La esponja que friega muy bien debe empaparse con frecuencia para rendir al máximo. La esponja y el agua son grandes combinaciones. Si el agua del amor a Dios nos empapa, ahí sí limpiamos todo. El que la creó, la compró y la puso ahí fue Dios, y seguro que tuvo sus razones para que la esponja conviviera con cosas limpias y sucias, y también sabía que la esponja se podría ensuciar, endurecer o resquebrajar en sus faenas del día a día.

San Agustín decía: “Ama y has lo quieras”. Se podría parafrasear algo así como “llénate de agua y limpia lo que quieras”. La esencia del cristiano-esponja es esta: vivir empapado del amor de Dios e impregnar toda la jornada, cada situación, con el agua del amor, sobre todo cuando encontramos manchas de impotencia, pecado e indiferencias en mi prójimo. Para que nunca nos falte el agua suficiente de amor, Dios nos regaló tres grandes fuentes que siempre nos renuevan la frescura y suavidad de la esponja: la Eucaristía, la oración y la confesión.

Gracias a Dios la esponjita que recibí me está ayudando mucho. ¿Cuál es la bolsita que todavía te falta romper para que tu misión de esponja dé un brillo divino a tu jornada hoy?

Soy un seminarista argentino. Gracias a Dios y a la Legión de Cristo, he seguido mi camino de preparación al sacerdocio en Brasil, EE.UU y actualmente en Italia, donde estoy cursando la filosofía. Comparto varias pasiones con el Papa Francisco... como el fútbol y el mate, pero la que más nos une es el amor al Señor y a su Santa Iglesia. Por favor te pido que reces para que sea un santo sacerdote.

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