La enseñanza de la filosofía en los seminarios, ¿problema con solución?

Por Gerardo de Jesús Buitrago Ballesteros, LC
¿Podemos considerar el estudio de la Filosofía en los Seminarios como algo anticuado? ¿Incluimos esta materia en el basurero intelectual de los estudios inútiles? Con estos interrogantes podemos resumir el problema del primer capítulo del texto publicado por la Sagrada Congregación para la Educación Católica del 20 de enero de 1972 con el título “La enseñanza de la filosofía en los seminarios”.
Después de 40 años de este texto encontramos una sociedad sumida en las mismas circunstancias y con las mismas problemáticas de entonces. ¿Qué podemos hacer? ¿Hay solución? En dicho texto nos topamos con varias objeciones que se hacen a la filosofía considerándola como «cosa arcaica y destinada a ser superada» (La enseñanza de la filosofía en los seminarios, I). Se evidencia, además, un ambiente hostil a la filosofía en varias esferas de la sociedad.
La primera es la de aquellos que por su practicidad y conocimientos empíricos consideran a la filosofía como «absorbida y sustituida por las ciencias positivas, naturales y humanas, las cuales afrontan los problemas verdaderos y reales, estudiándolos con la ayuda de los únicos métodos reconocidos hoy como válidos». Así dejamos a la filosofía como la ciencia abstracta que no nos da las respuestas a lo que buscamos -en un ámbito meramente materialista e inmediato-. La más pura de las ciencias reducida a la menos útil de entre ellas. La reina de la sabiduría y madre del pensamiento abajada al rango de sierva inservible.

Aparecería a nuestros ojos que los eclesiásticos serían los defensores más acérrimos de la filosofía. Pero con sorpresa notamos que la segunda esfera hostil a la filosofía es nada menos que los teólogos, que deciden «desprenderse de la especulación filosófica como de un inútil juego de palabras» (La enseñanza de la filosofía en los seminarios, I). Y como si fuera poco «ciertos teólogos consideran la filosofía inútil e incluso perniciosa para la formación sacerdotal» (idem). La sierva de la teología es despedida tras dos mil años de un trabajo lleno de logros, éxitos, búsquedas… que nos ha llevado al puerto de la verdad.
Por último, nos encontramos «con un alumnado no siempre suficientemente interesado y preparado» (La enseñanza de la filosofía en los seminarios, I). La tercera esfera que «aun cuando muestran interés por ciertos problemas vivos que afectan al hombre y a la sociedad, no se sienten por lo general estimulados a los estudios filosóficos» (idem). Dado el pluralismo filosófico actual, la gran cantidad de autores, con sus tecnicismos y términos particulares, el «clima cultural de nuestro tiempo -más propenso a las imágenes que a la reflexión-» y la preparación de índole práctico de los estudiantes, no acostumbrados a pensar sino a recibir resultados inmediatos, hemos perdido la capacidad de entrar en problemas que permeen la interioridad del hombre.
¿Cómo resolver entonces las preguntas que hicimos al inicio? ¿Vale la pena? ¿No estaremos tirando en saco roto lo más valioso que tenemos? Juan Pablo II nos hablaba en la encíclica Fides et Ratio de que «Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo».
¿No es esto lo que busca la Filosofía? ¿Es necesario atribuirle tareas que no le corresponden? Para el seminarista y el sacerdote católico lo importante es hacer la verdad de su vida para ingresar en Aquel que es la Verdad. Lo importante para el seminarista es encontrar el fin para poder aplicar los medios. Si no conoce el hombre sus “porqués” nunca podrá alcanzar la plena auto realización. A este respecto el segundo capítulo (del texto de 1972) nos habla sobre la insaciable búsqueda del hombre por encontrar un sentido a su vida cuando dice:

“Los problemas filosóficos más fundamentales se encuentran hoy como nunca al centro de las preocupaciones de los hombres de nuestro tiempo, y ello hasta el punto de invadir todos los campos de la cultura […] En ellos se encuentran constantemente evocados los eternos temas del pensamiento humano: el sentido de la vida y de la muerte, el sentido del bien y del mal, el fundamento de los valores, la dignidad y los derechos de la persona humana, la confrontación de las culturas y de su patrimonio espiritual, el escándalo del sufrimiento, de la injusticia, de la opresión, de la violencia, la naturaleza y las leyes del amor, el orden y el desorden en la naturaleza, los problemas relativos a la educación, a la autoridad, a la libertad, el sentido de la historia y del progreso, el misterio del más allá, y finalmente, sobre el fondo de estos problemas, Dios, su existencia, su carácter personal y su providencia” (La enseñanza de la filosofía en los seminarios, II).

No es casualidad que ninguna de estas preguntas puedan solucionarlas la física, la matemática o la biología sin darnos la impresión de ser ridículos, dando, quizá, una ecuación algebraica para encontrar la respuesta al sentido del bien y del mal; algún telescopio o radar que pueda ver la dignidad de la persona; o encontrando la combinación correcta de elementos químicos que den como resultado la clave del dolor… ¿Estos no son los “reales problemas” de nuestra sociedad? Para esto solamente una ciencia encuentra solución y es aquella que Aristóteles llamó “la ciencia divina” que no es otra sino la filosofía.
Y es que la filosofía no se queda en lo superficial. Ella se presenta como «autónoma y de máxima importancia para el hombre, el cual siente interés no sólo por observar, describir y ordenar los varios fenómenos, sino también y sobre todo por comprender su verdadero valor y su más hondo sentido». Estas preguntas no se verán solucionadas, pero encontrarán una explicación en el ser del hombre, en su comportamiento ético, en su manera de pensar o de juzgar el bien de sus actos aunque muchas veces no lo veamos con toda la diafanidad que nos gustaría. A este respecto acertó el profesor Víctor Manuel Tirado (Facultad de filosofía de la universidad eclesiástica de San Dámaso en Madrid) cuando dijo:

Nuestra razón se sabe ya instalada en la verdad, pero no ve con diafanidad cómo es esto y cómo pueda ser posible, porque sabe que si mira atentamente, podrá ‘verlo’ con más claridad y profundidad, pues tiene el instrumento para ello: ella misma que es la que ‘ve’. Precisamente por ello es por lo que intenta esta dilucidación radical de su naturaleza y de sus fundamentos. Y al hacerlo descubre a la vez algo que ya sabía, pero oscuramente, de manera velada, a saber: que su ser (el de cada cual), en el que va incluida la razón, esto es, la originaria y constitutiva inserción en la verdad, es un don, un regalo de Dios (V.M. Tirado San Juan, Magisterio de la Iglesia y enseñanza de la filosofía, Madrid, abril del 2010, p. 5).

Ahí está la clave, el reconocernos capaces de alcanzar la verdad y no perder el impulso que nos da el verlo todo como don de Dios. Somos hombres, buscadores de la verdad. Somos cristianos y necesitamos ayudarnos de esta ciencia que nos dará las bases para dialogar con otras culturas que, como la nuestra, sienten la necesidad de conocer los problemas que los rodean; que buscan como nosotros los “porqués” de su vida y sienten en su carne el dolor, la muerte, la violencia…
La filosofía es la única ciencia que nos abre la puerta a un humanismo equilibrado, al verdadero sentido del progreso, de la naturaleza; en definitiva, a una recta jerarquía de valores que nos enseñen a guiarnos por el don de la razón que hemos recibido de Dios.
Previous post
Midnight in Paris, la edad de oro y el suspiro de la vida
Next post
María, la verdadera Estatua de la Libertad

No Comment

Deja un comentario

Back
SHARE

La enseñanza de la filosofía en los seminarios, ¿problema con solución?