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La duda de un prisionero

Textos de base: Mt 11, 2-15; Lc 7, 18-28.

Introducción:

 San Juan el Bautista, el mayor entre los nacidos de mujer, es conocido también en los evangelios como la voz pregonera de conversión y arrepentimiento en el desierto. Sus manos bautizaron al pueblo con agua del Jordán, mientras su alma confiaba y esperaba que llegaría el que bautizaría con fuego en el Espíritu Santo. La vocación de este hombre no tiene otro escenario que el desierto y su alimento es muy natural: saltamontes y miel; y sus ropas: piel de camello.

Y ahora, por encima de todo, Juan es el estorbo y la conciencia de Herodes con sus pecados adúlteros. La elocuencia de Juan es espada de doble filo que hiere el corazón y sacude las conciencias más adormiladas. Él ya tuvo la dicha de encontrarse con Jesús, ha visto su Rostro y además le ha bautizado, pero resulta que su tarea de espabilar la conciencia del rey Herodes no ha sido muy ventajosa, sino que, en cambio, le ha dado la cárcel y el olvido. Herodes es un individuo que no conoce otra manera de callar la voz de la conciencia que encadenándola en un calabozo. La voz que gritaba en el desierto ahora está encadenada y nadie le hace caso. Sin embargo, Juan, mientras guarda silencio, recuerda que se están cumpliendo sus mismas palabras proféticas de unos tiempos atrás: “oportet me minui et eum augere”.

Juan, el gran profeta que prepara el camino del Señor, ahora es parte del silencio y del abandono de una cárcel, mientras Jesús va de mil maravillas por las calles y por los pueblos llevando su mensaje y su salvación. Lo que más tarde escribirá el apóstol san Pablo es ahora la aurora que se levanta en el corazón de Juan el Bautista: “la Palabra de Dios no está encadenada” (1). Él está sufriendo las cadenas del egoísmo de un hombre mezquino y frívolo como Herodes y Jesús, el Verbo Único e Irrepetible de Dios Padre, está predicando, curando y amando a todos por las calles de Judea. Su prisión no es mera casualidad, es Voluntad de Dios que le señala los signos visibles de que su misión aquí en la tierra ya estaba terminada, pues el Mesías ya caminaba por los senderos que él se los había preparado.

  1. Sondeando un corazón en el océano de la duda:

¿Qué pasó por el corazón de San Juan dentro de aquella cárcel que le hizo dudar de Jesucristo? La cárcel de Juan- como las tantas cárceles de este mundo- no es hotel de cinco estrellas. Quizás la soledad del momento presente y el recuerdo del pasado glorioso, predicando y convirtiendo multitudes en el desierto, recuerdo rematado interiormente por un filón de fracaso y de angustia, hicieron zozobrar su fe en Cristo. Fue una noche oscura que invadió su alma. El insigne místico español del s. XVI, San Juan de la Cruz, es el que en una de sus obras canta a esa soledad y desolación del alma inmersa en las tinieblas más profundas de la noche. El Cántico Espiritual de san Juan de la Cruz, compuesto quizás en el horror de la cárcel de Toledo, muestra, a pesar de los pesares, un rayo de esperanza: “¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido? Como el ciervo huiste, habiéndome herido, salí tras ti clamando y eras ido. Pastores, los que fuéredes allá por las majadas al otero, si por ventura viéredes a Aquel que yo más quiero, decidle que adolezco, peno y muero”. ¡No es del todo desesperador, pues deja un poco de esperanza! ¡Encontrará al Amado! Pero San Juan el Bautista- ¡pobre hombre!- no pudo sacar de su alma un cántico semejante, estando él inmerso en el dolor y en el abandono. Son experiencias espirituales distintas y cronológicamente lejanas- las de san Juan el Bautista y las de san Juan de la Cruz- pero ambas atraviesan la misma soledad. San Juan el Bautista duda de Jesús y en su duda podemos interpretar análogamente lo que el místico plasmó en versos: “¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido?”– Juan se cuestionó internamente: “¿Por qué el Señor me ha abandonado justo ahora que más le necesito, dejándome sufrir en manos de ese zorro, Herodes?”.

Y el evangelio relata qué actitud tomó Juan; mandó a sus discípulos a Jesús para que le preguntasen: “¿eres Tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”. Detrás de esta inquietud se esconde lo que siguen de los versos de San Juan de la Cruz: “Pastores, los que fuéredes allá por las majadas al otero, si por ventura viéredes a Aquel que yo más quiero, decidle que adolezco, peno y muero”. Juan el Bautista adolece, pena y muere, puesto que Aquel a quien tanto amó y de quien dio profundo testimonio, ahora está lejos y no le manda señales desde los afanes de su vida pública. La frustración de la cárcel llega a carcomer como un silencioso gusano incluso su fe en Jesucristo. Podríamos pensar que, si de veras creyese, no enviaría a sus discípulos para indagar al Maestro.

Sin embargo, no sólo San Juan de la Cruz pasó por el valle de la oscuridad y de la duda. Es curioso que también aquella a quien muchos tienen por la santa de la dulzura, de la infancia espiritual, patrona de las misiones y de un amor ardiente por Jesús atravesó la angustia de la prueba espiritual y lo que pocos no hablan es de la pasión que le permitió experimentar Dios nuestro Señor en la última parte de su corta vida. Estoy hablando nada más y nada menos que de Santa Teresa de Lisieux.

Me han impresionado estas palabras suyas: “creo haber nacido en un pueblo rodeado por una espesa niebla, nunca he contemplado el aspecto risueño de la naturaleza inundada, trasfigurada por el resplandor del sol;…a un cierto momento las tinieblas que me rodean se hacen más densas, penetran en mi alma y la envuelven de tal modo que ya no logro encontrar en ella la imagen tan dulce de mi Patria; ¡todo ha desaparecido! Cuando quiero reposar el corazón de las tinieblas que lo rodean, recordando el país luminoso al que aspiro, el tormento aumenta; me parece que las tinieblas, tomando la voz de los pecadores me dicen burlándose de mí: Tú sueñas la luz, una patria de perfumes más suaves, tú sueñas poseer eternamente al Creador de todas estas maravillas, crees que algún día saldrás de las oscuridades que te circundan. ¡Echa adelante! ¡Echa adelante! Alégrate de la muerte que te dará no ya lo que esperas, sino una noche más oscura, la noche de la nada”.

Y como si estas duras palabras fuesen pocas para nuestras reflexiones, he aquí lo que sigue describiendo la santa: “cuando canto la felicidad del Cielo, la posesión eterna de Dios no siento ninguna alegría, porque sencillamente canto lo que quiero creer. A veces, es verdad, baja un pequeño rayo a iluminar mi noche, entonces la prueba se interrumpe por un instante, pero inmediatamente después, el recuerdo de este rayo, en vez de alegrarme, hace más densas mis tinieblas”. Una hermana, compañera de santa Teresa de Lisieux, en el proceso de su beatificación atestiguó citando literalmente a la santa que: “si supieses en qué tinieblas me encuentro; no creo en la vida eterna, me parece que después de esta vida mortal no haya nada. Todo ha desaparecido para mí, no me queda nada más sino el amor”.

Es interesante notar que la santa ha perdido la fe, como San Juan Bautista en la cárcel, pero no ha perdido el amor, ama y simplemente ama. La noche oscura de los santos, a veces pueden ser también nuestras nochecitas oscuras y es cosa que no tiene que asustarnos. Si las palabras de Santa Teresa de Lisieux, gran doctora de la Iglesia, nos pueden dar algún consuelo, por más crudas que estén escritas, escuchemos lo que nos dice San Pablo de la Cruz, también profundamente inmerso en la duda en el camino de la fe: “hoy sentí ímpetus muy fuertes de irme disperso y prófugo por estas selvas, impulsado a echarme por una ventana– estamos hablando de tentaciones de suicidio, para que entienda bien el lector- la impresión de no tener ya más fe, ni esperanza, ni caridad, de sentirse como perdido en lo profundo de un mar en tempestad sin tener quien le alcance una tabla para salvarse del naufragio, ni del cielo ni de la tierra. No tiene ninguna luz de Dios, incapaz de un mínimo buen pensamiento, incapaz de tratar algún argumento de vida espiritual, desolado como los montes de Gelboe y enterrado en el hielo. En las mismas oraciones vocales no hago sino pasar los granos de la camándula”. Santos y santas que pasaron por la duda en el camino de la fe y que nos muestran cómo afrontar estas circunstancias que pueden llegar a cualquier alma (2).

  1. ¿Es lícito dudar en el camino de la fe?

La actitud de San Juan nos hace reflexionar y la primera pregunta de golpe podría ser: ¿es lícito dudar en el camino de la fe cuando aparentemente la luz de la fe se apaga? Seguramente la duda de San Juan fue una chispa instantánea de esa nostalgia de Dios que el hombre lleva dentro de sí o puede partir de una cierta frustración, es decir, “tanto tiempo he desgastado mi vida en el desierto, pasando hambre y corriendo peligros, gritando a todo pulmón que Tu vendrías y ahora todo se consume en la podredumbre de esta cárcel y en el doloroso olvido; ni a visitarme has querido… ¿de todo esto donde está el sentido?”.

¡No me vengan a decir que estos planteamientos no pasaron por la cabeza de San Juan el Bautista! No metamos en la cabeza de los demás- tampoco en las nuestras- que el que cree y de repente llega a un cierto punto de su vida dice: “¡tengo dudas!”, es un pecador, un desgraciado en el camino de la fe por el sólo hecho de depararse con la duda en medio de una dificultad cualquiera. No juzguemos jamás a nadie en este sentido, porque el acto de dudar de una persona es potencialidad en cada uno de nosotros, incluso de aquellos que piensan que son santos y nunca atravesaron el valle oscuro de la duda y de la prueba. ¡Nadie es perfecto! Por eso, qué tristeza cuando encontramos a cristianos que desprecian a aquellos que están zozobrando en la fe en Cristo y en su Iglesia. Si pasase por nuestra cabeza la mínima intención de juzgarlos, qué bueno sería que antes recordásemos siempre esto: “lo que es una actitud personal de esta persona, es algo en potencia dentro de mi corazón, porque todos somos débiles; así que, ¿Qué haré como cristiano? Escuchar, comprender, ayudar y amar”. Uno pensará que es una respuesta muy banal, cosas que dicen los curas en los púlpitos de las iglesias, pero cuando nos toca coger el toro por los cuernos, nos toca poner en práctica… La cosa no es así de coser y cantar.

  1. No es que hay que dudar…

¡Es lícito dudar en el camino de la fe! Pero, ¡atención! No estoy diciendo ¡hay que dudar! No estoy promoviendo una protesta con pancartas titulada: dudamos de Jesucristo y de su Buena Nueva. ¡No! No mal interpretemos este delicado argumento.

Cuando se afirma que es lícito dudar en el camino de la fe, es como si yo dijese que tú vas subiendo una montaña y de repente te deparas- después de muchas horas de camino- con un sendero que da hacia la izquierda y otro que da hacia la derecha, y si no conoces el camino, naturalmente te turbas un poco y dices: ¿y ahora? ¿Cuál es el camino correcto? Dudas, vacilas, tambaleas, preguntas, quieres una respuesta válida. Porque, en el fondo, el que sube la montaña, el que recorre el camino de la fe en Jesucristo y en su Iglesia, el que en este encuentro pudre en la cárcel, no son los ángeles, no son ellos los que se pudren en el calabozo de Herodes, no son ellos los que pasan por noches oscuras, por dudas interiores y entrañablemente personales, sino que son hombres, carne y hueso, cuerpo y alma, espíritu encarnado. Es el hombre creado a imagen y semejanza de Dios el que puede pasar por el océano de la duda: ¿eres Tú quien ha de venir o tenemos que esperar a otro?

El papa Benedicto XVI en la “Introducción al cristianismo” escribió sabiamente al respecto, dice: “el que colma toda nuestra espera, ¿eres realmente tú? Esta delicada pregunta ya ha sido formulada por nosotros en una hora oscura y como presagio de una tempestad por Juan el Bautista, el profeta que había enviado sus mismos discípulos al joven rabí de Nazaret, reconociéndolo luego como el más grande, como el que al cual él habría podido prestar sólo el humilde servicio de prepararle los caminos. ¿Eres realmente tú? El creyente experimentará siempre la oscura tiniebla en la que lo envuelve la contradicción de la incredulidad, encadenándolo como en una tetra prisión de la que no es posible evadir, y también la indiferencia del mundo que prosigue impertérrito como si nada hubiese sucedido, asumiendo incluso el aire burlón de quien no hace que pulla su esperanza. ¿Eres realmente tú? Este interrogativo debemos ponerlo no sólo por honestidad con relación al pensamiento y por sentido de responsabilidad hacia la razón, sino que también por obsequio a la íntima ley del amor, que desea conocer siempre más al que al cual dijo su “sí”, para estar en grado de amarlo más intensamente” (3).

Muy diferente de esto es “hay que dudar”. ¡Dios nos libere del escepticismo! El “hay que dudar” en el camino de la fe es como quien dice: “he entendido perfectamente la materia que ha expuesto la maestra en esta clase, pero me siento impulsado a formular alguna pregunta, aunque sea la más estúpida e insignificante; sí, nos lo ha explicado todo muy bien y está más claro que el día, pero, ¿qué pasa si no hago ni siquiera una pregunta? ¿Qué pensaran mis compañeros? A ver, ¡vamos! ¡Enredemos a la maestra, dudemos por dudar, echemos una canica al aire!”. Esto significa “hay que dudar”. San Juan no es uno de estos y muchos hermanos nuestros en la fe no lo son.

En el camino de la fe, en algún momento dudamos. Cuando a veces nos toca conocer a personas que están muy seguras de sí mismas, que se creen “inmaculadas” porque ya han recorrido un largo camino espiritual, cargado de experiencias y agraciadas por la fortaleza del Espíritu Santo, y vemos que comienzan a rechazar o a no comprender y aceptar a aquellos que son más débiles y más pequeños en el camino de la fe, quiere decir que algo no está bien. Si estas personas, que apuntan con el dedo inquisidor la flaqueza de los que flaquean y dudan, aún no han pasado por el valle oscuro de la duda, ¡bendito sea Dios!, pero si esto es motivo para que levantan su dedo inquisidor, entonces su fe no es real, es- disculpen la imagen- “maniquí de tienda”, no es real y sincero, sino falso y de adorno. La fe se forja también en la prueba y en la duda. Porque felices son los que perseveran con Jesús especialmente en la hora de la duda.

Sin embargo, Juan no es un resignado. La narración de este encuentro de corazón a corazón no finaliza con la amargura de quien un día- seguro de su misión- señaló con el dedo al Salvador de todo el género humano: “Este es el Cordero de Dios”, sino que la duda de un prisionero es el puntapié para el regreso a la fortaleza en el Espíritu. Todos sabemos que cuando la noche se hunde en las tinieblas más oscuras es la señal de que se acerca la aurora. Esto que puede parecer muy poético, es y no es. Fíjate en una noche cualquiera, más o menos por las cuatro o cinco de la madrugada, es la hora más profunda de la noche y es la esperanza cierta de que se avecina el sol. En nuestra vida sucede lo mismo. La duda más grande es el inicio de una fe más confiada y amorosa en la Persona Viva y Real de Jesucristo.

  1. El hombre que cree sabe quién es porque sabe quién es Dios:

Y los discípulos de Juan van donde Jesús. Le cuentan toda la incertidumbre de San Juan y la respuesta de Jesús es maravillosa: “Id y contad lo que veis y oís: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva; ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!”. Porque Juan en la cárcel lo que quiere son signos creíbles de que Jesús es el Mesías. Jesús pone a sus discípulos en movimiento: “id y contad”; los discípulos ven y oyen las maravillas realizadas por manos del Maestro.

Una vez más resalta delante de nuestra inteligencia espiritual lo de “ver y oír”-visión y escucha. Son dos palabras muy cristianas y es un reto que se pone delante de cada cristiano. Ver las maravillas de Dios en toda la creación es posible sólo cuando la Luz inextinguible lanza sus rayos de amor y de bondad en lo creado, permitiendo que veamos con claridad el don del amor y de la vida. El hombre solo no puede contemplar la grandeza de Dios, si no es ayudado por el Espíritu Santo, que es Dios, porque es aquí “cuando el Espíritu viene en auxilio de nuestra debilidad” (4). Así como sin la luz del sol somos incapaces de ver los objetos materiales, así también sin la ayuda de lo alto, el hombre es incapaz de ver la grandeza de Dios reflejada en sus obras, pues es verdad que aún vemos como a través de un espejo, pero entonces veremos tal como es (5).

Un hombre sin Dios, ¿quién es? Es interesante que la búsqueda especulativa filosófica de todos los tiempos y de todas las culturas acerca del hombre jamás encuentra y jamás encontrará una respuesta satisfactoria y verdadera si el mismo hombre, siendo elevado verticalmente desde su condición horizontal por la gracia divina, no se da a sí mismo y a la racionalidad humana una respuesta que entraña en su misma formulación una pregunta subyacente perene y duradera que ningún ser humano puede dar solamente a través de sus propias fuerzas intelectuales, ¿quién es Dios? La respuesta al hombre de quién es el mismo hombre sólo puede ser dada desde la inquietud interior de todo hombre que precede a la inquietud de quién es el mismo hombre dentro del cosmos de la creación, y esta inquietud que todo lo precede es: ¿quién es Dios? No es necesario que el discípulo sea más que su Maestro, basta que el discípulo sea como su Maestro para contemplar y entender con los ojos del alma que Él es el Señor.

  1. La fe en Cristo es luz en nuestras tinieblas:

San Juan es el mayor entre los nacidos de mujer, pero no es mayor que Jesús, ha disminuido para que El creciese, y ahora, aunque no entre luz en su celda y ni exista una llama de luz en su alma, no ve nada, todo es duda y oscuridad, pero espera un respuesta del Maestro. Espera por la luz. Sin la Luz no hay nada que hacer. ¿Ya has experimentado caminar sin luz? No se camina, se tropieza y vas titubeando, pero no caminas bien, además corres el riesgo de tropezar y caer o estrellarte con algo o alguien. Sin luz no hay nada que hacer. Y es por eso que los discípulos de Juan son invitados por el Señor a ir a misionar delante de San Juan en la cárcel justamente porque ellos ven y ven porque está con ellos la Luz del mundo.

El tema de la luz y de la visión se presenta como un empuje a la misión: “id y contad”. No es un cuento del pasado, no es letra muerta dentro de la Sagrada Escritura, sino que es un “hoy” que no se cansa de espabilarnos, de sacudir nuestros corazones. Cuando no tenemos entusiasmo por ser misioneros, estemos donde estemos, hagamos lo que hagamos, desvirtuamos la esencia del cristianismo y otra vez es como se sucediese lo que escribe san Juan en su prólogo: “la Luz vino a los suyos, y los suyos no la recibieron”. De este modo, no hay visión porque no hay luz, no está Jesús, y así ¿adónde vamos? ¿De quién hablamos? ¿De nosotros mismos? Los discípulos de Juan se dejan imbuir de la visión de las maravillas operadas por Cristo, y esto es lo que luego ellos van a transmitir al prisionero inmerso en la duda.

Los discípulos de Juan regresan a la cárcel y ahora es Cristo el que lanza la pregunta a la multitud: “¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento?”. Jesús interroga a los que lo vieron y siguieron su mensaje. Porque, en realidad, los vestidos de púrpura y las pompas suntuosas están en los palacios, no hay que buscarlas en el desierto. Y Jesús bendice a Juan y su apostolado ahora cumplido con estas palabras: “Sí, os digo, él es más que un profeta. Es de quien está escrito: “he aquí que envío mi mensajero por delante de ti, que preparará tu camino por delante de ti”. Hasta hay una cierta armonía entre estos dos corazones, el de Jesús en la calle y el de Juan en la cárcel. Este último atraviesa el valle de la duda: “¿eres Tu o hay que esperar a otro?” y Jesús garantiza a San Juan que no ha fallado, que ha hecho bien y que le espera el Reino. San Juan fue un mensajero fiel, el que fue por delante poniendo todas sus cualidades para preparar la llegada del Mesías.

Y aunque físicamente no se produjo un encuentro, pues hubo otro encuentro estupendo que supera cualquier otro, y es el encuentro de dos corazones que laten por el Reino. El uno dejará de palpitar dentro de pocos días cuando sienta el golpe de la espada y el otro también dejará de latir sobre la cruz con un sofocante “Consumatum est” para resucitar en el tercer día. Encuentro entre dos corazones que nos enseña que la fe, la esperanza y el amor entrelazan dos corazones distantes físicamente, pero tan fundidos espiritualmente.

  1. ¿Creer en la libertad o ser libre para creer?

Percibimos que la duda en la fe no es un enorme obstáculo para el crecimiento en el amor a Cristo, sino todo lo contrario, ahora más que nunca, qué unidos están y esto se refleja en nuestra vida de todos los días, cuando aparentemente Dios parece estar lejos e indiferente a nuestra vida y nuestros trabajos. Cuando, al contrario de todo esto, nuestra vida se convierte en una “oración que no sube al Cielo, al Corazón de Dios”, que vanamente reza más o menos así: “¡Padre nuestro, que estás en los cielos… Sí; ¡que estás ahí tan tranquilo! Dios en el cielo y nosotros aquí en la tierra, ¿no?” Entonces, ¡qué triste es la vida! Qué sinsentido! Una vida que orase así, como si no tuviese nada que ver con Dios- y no digo que esto implique ateísmo, no creer en Dios- pues que sensación tan insoportable la de que Dios está lejos, ¿verdad? De esta manera, ¿Cómo vivir?

No podemos negar que la historia del mundo y del hombre a veces ha sido escrita con la pluma del egoísmo y de la soberbia humana. Dios no quiere el mal, pero lo permite y lo permite porque nos ha creado libres. Pero no podemos negar que la peor esclavitud de un hombre, es que siendo libre, no sabe qué hacer con su libertad. Y cuando nosotros, hijos suyos, le decimos: “Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde, porque me marcho de tu presencia”; entonces es cuando, al pedir la parte de la herencia- que es como decirle al Padre: “padre, ¿Por qué todavía estás vivo? ¿Por qué a lo mejor no mueres de una vez?”-, pues de la noche a la mañana nuestro corazón da un sopapo en Dios, quita su pluma de encima de las páginas de nuestra vida y le gritamos: “A ti el Cielo y a nosotros la tierra. Déjanos la herencia que nos toca, danos la tierra, danos el poder, danos el dinero, danos la técnica, danos la fama, danos la libertad de hacer lo que queramos, de gozar los pocos años que nos tocan vivir. ¡Vete al Cielo y déjanos la tierra!”.

Y enseguida comenzamos a escribir nosotros mismos nuestra historia, de nuestro puño y letra, y es aquí que las consecuencias a lo largo de la historia de la humanidad han demostrado que cuando ya no es Dios el que escribe la historia del mundo y de cada hombre, entonces comenzamos a dar nuestros plumazos y garabateos torcidos. La pluma del egoísmo y de la soberbia va dejando impresa en el papel de la existencia humana un río de sangre, de odio y de muerte, porque aunque nosotros queramos escribir solos nuestra historia y la historia de toda la humanidad, serán pocos los lectores que se sentirán a gusto para leer una historia escrita en la soledad del recinto de nuestro “yo”; será un libro escrito sin la pluma de Dios, que no merece otro destino que el olvido y el rechazo.

El siglo XX, por ejemplo, ha sido un siglo trastocado por esta triste experiencia humana, de la cual conocemos las infaustas consecuencias. Los hombres que prescinden de Dios, que dan descaradamente un sopapo a Dios, van por mal camino. Porque el camino de los malvados acaba mal (6). Porque ellos aunque busquen poder y fama en esta tierra, escribiendo con su limitada pluma el libro de sus vidas y de tantas otras vidas, pues nunca serán leídos por nadie. Y ¿sabes cuál es el chiste de todo esto? Que ellos escriben sus libros con sangre ajena que cae por tierra a causa del odio, mientras que Cristo, el Hijo de Dios Creador, escribe su libro con su propia sangre vertida sobre el madero la cruz por amor hacia todos los hombres. Y, además, Dios no solamente escribe buenos libros con excelentes historias, sino que crea también a sus lectores, aún a los que rechazan leer su libro de creación y de redención.

  1. Una misión cumplida y una fe anclada en el cielo:

Una última consideración de este bellísimo encuentro está condensada en las palabras de Jesús tras elogiar a san Juan diciendo que “desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan”. En otro pasaje Jesús dice que “el Reino de los Cielos es de los esforzados”. Sin embargo, a la invitación del Señor, “el que tenga oídos, que oiga”, queremos saber ¿qué significa eso de “los violentos y esforzados lo arrebatan”?.

Para comenzar a reflexionar sobre ello, recordemos no más el buen ladrón y su acto valeroso para la eternidad; ¡se robó el Paraíso! Él es un violento, es un esforzado, no porque se esforzó para entrar a dosis de puños para entrar en el Paraíso, sino que reconociéndose pecador y alabando la Majestad de Jesucristo, entró en el Cielo. El Reino de Dios se consigue con la fuerza del amor y de la misericordia y es al mismo tiempo un impulso del corazón para la misión evangelizadora de nuestro tiempo.

La voz pregonera de arrepentimiento y conversión de San Juan el Bautista aún hace eco en nuestros días a través de la Redención de Jesucristo, de quien dio testimonio. Delante de sus incómodas palabras muchos le abrieron las puertas de sus corazones y fueron bautizados. Herodes también quiso abrirle algo, quiso abrirle las rejas de su mazmorra y la historia evangelizadora de San Juan con puntos reticentes hallará su cumbre en la cruz salvadora de su primo, Cristo. Juan será decapitado, después de una noche de fiesta en el suntuoso palacio de Herodes, donde una corista bailará y seducirá con su baile el corazón frívolo de Herodes y el Reino será de un esforzado más después que la espada de Herodes corte de un tajo su cabeza y la lleve de regalo en un plato a la seductora bailarina de la noche. Juan cruzó el valle de la duda en su camino de fe. De la duda a la esperanza que es certeza de quien espera en el amor el Reino de Dios y su justicia.

 Conclusión:

Mi deseo es que con la contemplación de este encuentro nuestro corazón, siguiendo las huellas del Bautista y latiendo con el corazón de Jesús, al pasar por el valle oscuro alguna vez en la vida, reconozcamos que sólo Jesús es el Señor y podamos señalar con el dedo y a la luz de la fe a toda la humanidad: ¡He aquí el Cordero de Dios!

Bibliografía:

  1. 2 Timoteo 2,8.
  2. Estos relatos de Santa Teresa de Lisieux y de San Pablo de la Cruz están extraídos del libro: “Las confesiones de San Pablo-meditaciones del Card. Carlo Maria Martini”, Ediciones Paulinas, Segunda edición, 1984, “Passio Pauli, Passio Christi”, La pasión del cristiano, pág. 115-117.
  3. JOSEPH RATZINGER, Introducción al cristianismo, introducción: “Yo creo…amen”; cap.:1: ¿Es todavía posible creer en el mundo actual? 6: “Yo creo en ti”.
  1. Rm 8,26.

5.1 Cor 13,12.

  1. Salmo 1,6.
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