La Biblia de los ateos y el argumento del café

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Hace poco me llamo la atención la noticia de que se iba a distribuir de forma gratuita en las escuelas británicas una “biblia para ateos”, escrita por un profesor de ciencias ex musulmán. El “Manual del joven ateo” pretende, según esto, ofrecer a los jóvenes un proyecto de vida sin recurrir a la religión, mostrándoles cómo ser feliz sin agarrarse a creencias religiosas.

La humorada se la debemos a la Asociación Humanista Británica (BAH, en inglés), que recogió la nada desdeñable suma de 18.000 dólares en donativos para que los jóvenes tengan “acceso a recursos que les permitan llegar a sus propias decisiones acerca de sus valores y creencias”.

No es la primera vez que esta Asociación nos sorprende con estas iniciativas. Muchos recordarán sin duda su sonada campaña de los “buses ateos”, que paseaban por varias ciudades europeas el eslogan “Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida”. En ambos casos, resulta interesante estudiar cómo está planteada la disyuntiva. O Dios o la felicidad. Dios como el enemigo de una vida plena. Un viejo con barba blanca, un juez que todo lo ve, y que se pasa su vida amargando la de los demás con mandamientos insoportables.

Yo diría que tampoco yo creería en ese Dios. Es decir, que Dios no es eso. Todo lo contrario. Recuerdo a este respecto una conversación que mantuve con unos amigos, hace ya algunos años, en la terraza trasera del bar Ra-La, en Barcelona. Filosofando entre cervezas y humo, arreglando el mundo y hablando de éste y de otros temas, le dije a uno de ellos:

  • Oye… no sé si te has dado cuenta de que, al echarle azúcar al café, acabas de demostrar que Dios existe…
  • Bah, ¡que te calles!
  • Que sí, que sí, “que te lo digo yo”…
  • A ver, a ver, ¿cómo está eso?
  • Bueno, al echarle azúcar al café, implícitamente estás diciendo que “el café es mejor con azúcar”, es “más bueno”: estás diciendo que echarle azúcar es un bien para ti.

Y en el fondo, cada acción que haces, la haces buscando algún bien: también el café lo has pedido porque es un bien para ti, sea que lo hayas hecho

  1. Porque te gusta el café
  2. Porque quieres estar despierto en clase de aquí a un rato
  3. Porque quieres tener “algo que hacer” mientras hablas conmigo
  4. Porque si no consumes te echan a patadas del bar

 Y dentro de esos bienes hay una jerarquía: nuestro amigo Fulanito, por ejemplo, ha pedido una coca-cola light (bien 1), que es asquerosa, porque alberga la ingenua ilusión de que así mantendrá la línea (bien 2) y así tendrá éxito con las chicas (bien 3).

 Lo curioso es que el hombre, por más que se pasa la vida persiguiendo esos bienes, nunca logra saciarse: nada es realmente, como decía U2, “what i’m looking for”. Siempre hay otro horizonte detrás. Ningún millonario ha podido decir sinceramente que ha logrado ser feliz; muchos en cambio se han pegado un tiro. Siempre necesitamos más. El universo nunca es suficiente.

 Esto hace del hombre un animal sumamente extraño: ¿conoces algún perro con depresión, algún gato frustrado? El animal nace, crece, come, duerme, se reproduce, muere. Basta. Cuando hace lo que su instinto le pide, está satisfecho: se duerme. No necesita más. El hombre, en cambio, no es así, es un eterno insatisfecho…

 Por ello, hemos de decir que:

  1. O el hombre es un animal absurdo, hecho para una felicidad que nunca podrá alcanzar…
  2. O existe un Bien infinito, capaz de saciar esa sed infinita, un Bien que será la fuente, el origen de todos los demás bienes con minúscula, la Luz que brilla en todas las luces …

 …y por eso es un error imaginarse a Dios como el viejo de barba blanca que sólo busca echarte mandamientos y castigarte: más bien puedes intuir un poco de ese Dios en cada cerveza fría, en cada canción, en cada amanecer, en la belleza de esa chica que cruza la calle, en cada acto de amor a tu seres queridos… que no son sino un destello, un reflejo de ese Bien infinito para el que ha sido hecho el hombre: “nos hiciste para Ti, Señor, e inquieto está mi corazón hasta que descanse en Ti…”.

 Puedo decir que así ha sido en mi vida. Puedo decir con sinceridad que para mí seguir a Cristo, lejos de degradar mi vida con no-sé-qué frustraciones y represiones existenciales, ha sido una fuente de alegría desbordante y gozosa, de profunda paz, de amor a mis hombres de cerca y de lejos. Una luz que nace de la certeza profunda de estar ocupando tu lugar, de estar cumpliendo tu misión en la Historia.

Por supuesto, es muy fácil decirlo. Hay que demostrarlo, y demostrarlo con la vida. Creo que fue Nietzsche el que echaba en cara a los cristianos “no tener rostro de resucitados”. Y en efecto, el mundo necesita razones para creer, pero necesita también, con más urgencia todavía, vidas luminosas que le griten que sólo la vida en Cristo Jesús es capaz de llenar totalmente su sed de felicidad. Que, como decía Benedicto XVI, Dios no quita nada, sino que lo da todo; no quita nada de lo que hace la vida grande, hermosa, digna de ser vivida. Ojalá puedas ser tú uno de ellos. Ojalá todos tengamos la valentía de abrirle a Cristo las puertas de nuestro corazón, y podamos así experimentar esa verdad. Aunque sea sólo para probarlo, para hacer la experiencia. Y nada, si no quedas satisfecho, te devolvemos tu dinero…

#AntropologíaExistencial

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3 Comments

  1. 26 noviembre, 2014 at 17:21 — Responder

    Me ha gustado mucho el artículo. ¿Quien puede negar desde el fondo de su corazón que no existe el bien en ningún campo ni materia? El que hace proselitismo del ateísmo demuestra que cree en el Bien, porque o bien pretende engañar a los demás, en cuyo caso cree en Dios, o cree que hace un bien a los demás, que les ayuda difundiendo sus ideas. La única alternativa a Dios es el absurdo.

  2. José María Díaz de San Pedro
    9 enero, 2015 at 22:59 — Responder

    Es mas, como decía Chesterton, un ateo no es un hombre que no cree en Dios, es un hombre capaz de creer en cualquier cosa… y cuando quitamos a Dios de la ecuación, retornan los brujos.

  3. […] (Variaciones en torno al “argumento del café”) […]

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